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Daniel del Pino. Especialidad, Chopin
Por Víctor Valenzuela
Este joven pianista español, nacido accidentalmente en Beirut, es una de las promesas más sólidas del pianismo español, junto a otros nombres quizás algo más conocidos aquí, como Iván Martín o Alessio Bax. Con este último comparte el placer de haber trabajado junto al gran Joaquín Achúcarro, quien, por fortuna para todos, está creando una importante escuela en la Southern Methodist University en Dallas (Estados Unidos); el propio Achúcarro nos ha hablado en alguna ocasión de las grandísimas cualidades de estos dos jóvenes pianistas. Daniel del Pino cuenta con seis Primeros Premios en concursos nacionales (Ciutat de Carlet, Ciudad de Albacete, Permanente de Juventudes Musicales de España, Marisa Montiel, Ciudad de Melilla y Frechilla-Zuloaga) y cuatro Primeros Premios en los concursos internacionales “Nueva Acrópolis” (Madrid, 1992), “Fundación Guerrero”, “Ciudad de Ferrol” (ambos celebrados en 1999) y Concours International de Jeunes pianistes” (Marruecos, 2002). Su interpretación de la música española y de la música de Chopin ha sido elogiada y reconocida en numerosas ocasiones habiendo recibido el Premio Extraordinario Fundación Guerrero en 1995, Premio al mejor intérprete de música española en los concursos internacionales de "Ciudad de Ferrol” y de Jóvenes Pianistas de Marruecos en 1998, así como en el de “Fundación Guerrero” en 1999 y los Premios Especiales al mejor intérprete de la obra de Chopin en el Concurso Internacional de Piano “José Iturbi” y en el Concurso de Jóvenes Pianistas de Meknes (Marruecos). Aunque vive en la sierra de Madrid, se le ve con mucha más frecuencia fuera que dentro de nuestro país, algo que debería cambiar, por nuestro bien.
Aunque eres español por los cuatro costados, naciste en Beirut (Líbano), según consta en las biografías que podemos leer en los programas de mano de tus conciertos.
Nací en Beirut porque mi padre, que es periodista, estaba en ese momento trabajando allí para El País. Pasé en el Líbano los tres primeros años de mi vida y no tengo ningún recuerdo, ni he podido volver nunca, por desgracia. El trabajo de mi padre, que es especialista en Oriente Medio y el Mundo árabe, me llevó posteriormente a Marruecos durante unos años, país en el que, casualmente, he ganado hace poco un concurso internacional de piano bastante importante.
A pesar de tu notable palmarés de premios nacionales e internacionales desde bastante joven, tengo entendido que tu caso no es el del típico niño prodigio...
Lo cierto es que no empecé con seis o siete años, como la mayoría de los pianistas. En mi casa siempre se ha oído mucha música clásica y mi padre también toca el piano; sin embargo no empecé hasta los once años, con un piano eléctrico. Cuando mis padres comprobaron que se me daba bien, me compraron el primer piano vertical y comencé los estudios en Marruecos.
Pero tus estudios, antes de pasar a la fase de perfeccionamiento, se desarrollan principalmente en España, ¿no?
Sí. Cuando llegué a Madrid pasé al principio unos años malos. Tenía un nivel en piano muy superior al de otras asignaturas. Me encontré un poco perdido durante un par de años, hasta que realicé la prueba de ingreso y, aunque me dijeron que estaba para séptimo en piano, tuve que matricularme en cuarto para cumplir correctamente el plan de estudios.
¿En qué momento te das cuenta de que vas a dedicarte profesionalmente al piano?
Pienso que siempre lo había sabido, pero realmente no me dediqué de lleno hasta que terminé el colegio. Es entonces cuando me presento a los primeros concursos; recuerdo el primero, en Madrid, en 1992, nada más salir del instituto. Hasta ese momento no había tocado nunca un concierto, ni había hecho nada fuera del conservatorio. Sin embargo, resulté ganador, me presenté al Carlet en 1993 y también lo gané; entonces me invitaron a una pequeña gira y así pude dar mi primer concierto; para entonces ya tenía veintiún años. Desde ese momento ya no he parado e dar conciertos...o ganar concursos.
Uno de esos últimos logros, en ese terreno, ha sido el tercer puesto en el prestigioso concurso de Jaén, que en 2003 declaró desierto el primer premio...
Sí, los finalistas quedamos un poco sorprendidos de la decisión del jurado de dejar el primero desierto. En cualquier caso es, como dices, un concurso muy prestigioso y además proporciona también la ocasión de realizar algunos conciertos; así, en enero, tengo que tocar en Jaén, en agosto en el Festival de Ayamonte, y el próximo año en el Festival de úbeda y el de Jimena de la Frontera, todo ello gracias a la Junta de Andalucía.
¿Qué programa tocarás en Ayamonte, que es el más inmediato?
Haré mi obra favorita, los “Estudios opus 10” de Chopin, “Goyescas” de Granados (siempre me gusta tocar música española) y algo de Poulenc y de Mozart
Esa obra favorita te ha dado muchas alegrías, ya que tu especialización en Chopin te ha llevado a ganar premios especiales sobre este músico, como el del Iturbi o el de Marruecos. ¿A qué se debe esta predilección?
Desde que era pequeño, en Marruecos, escuchaba a diario un disco en el que Pollini interpretaba el opus 10 de Chopin. Mi padre ponía la cinta en el coche una y otra vez cada vez que salíamos de viaje. De hecho, yo entonces no iba todavía al conservatorio, como he dicho antes, ni sabía leer música; mi padre me daba la partitura de esa obra y me enseñaba la correspondencia entre las notas del pentagrama y las teclas del piano, así que, mientras escuchaba el disco de Pollini, yo iba siguiendo, intuitivamente, la partitura de los “Estudios”, hasta que acabé por comprender todo aquello. Por supuesto que yo no era capaz de tocarlo todavía, pero sí podía seguir la partitura mientras lo escuchaba. Esto ha convertido esa obra en algo muy especial para mí.
¿Influyó también en tu interpretación la de Pollini o tienes otros pianistas a los que prefieres emular?
Creo que, en lo que se refiere a los “Estudios opus 10”, es imposible negar la influencia de Pollini; aunque no quisiera, es lógico que, inconscientemente, tenga fuerza todo lo que acabo de contar. Respecto a otros pianistas, esta es una pregunta que siempre me cuesta mucho contestar. Me gustan muchos pianistas, dependiendo de la obra que interpreten. Entre los jóvenes, me encanta Arcadi Volodos, que es formidable. Entre los grandes, que han creado escuela, puedo citar a Arrau, ...no sé, Pollini, desde luego, pero para cierto repertorio.
Volodos ha sido muy criticado por su poca musicalidad, en contraposición a su mecanismo perfecto. ¿Qué opinas, como pianista de esa disyuntiva, entre técnica y musicalidad?
He oído muchas veces esa crítica dirigida a Arcadi Volodos y no puedo entender a qué se debe. Quizás la técnica sea tan perfecta que el oyente queda apabullado y no repara en otra cosa. En mi opinión, tras esa perfección de la mecánica, existe una gran musicalidad y profundidad en todo lo que hace, y esa crítica es injusta. Actualmente hay tantos pianistas que tocan con una técnica perfecta que se hace difícil buscar algo más allá de las notas ejecutadas a la perfección; pero esta búsqueda no es sólo responsabilidad del músico; el público está acostumbrado a no oír fallos; si los oye, le parece mal, pero si no hay ni un fallo, surge la crítica fácil de la falta de profundidad, sin preocuparse realmente de encontrar qué es lo que ese pianista hace diferente o especial.
Además de Chopin, comentabas hace un momento que siempre te gusta hacer algo de música española. Tú que realizas giras por todo el mundo permanentemente (incluso mucho más, incomprensiblemente, que dentro de España), ¿crees que la música española debe estar presente siempre en tus programas?
No sólo creo que es parte de mi deber como pianista español llevar nuestra música fuera de España, sino que realmente disfruto haciéndolo. Para mí no supone un esfuerzo, sino un placer, hacer Albéniz, Granados, Falla, Antón García Abril...y, cuando hago música de cámara, Turina y Soler en alguna ocasión. Fuera de aquí, la música española no se conoce como merece y ésta en una injusticia que a mí me encanta reparar, muy especialmente en el caso de Albéniz, cuyo repertorio para piano, y no sólo para piano, está plagado de obras maestras.
¿Crees que la descompensación que existe entre tu prolija carrera internacional y tu reducida presencia en los escenarios de nuestro país puede deberse a que, después de ganar los concursos más importantes de aquí, desapareciste para estudiar en Yale o en Dallas, con Achúcarro?
Probablemente sea una de las razones. Cuando me marché a Yale acababa de ganar cuatro o cinco importantes concursos internacionales en España. Parece que a nuestros programadores les da miedo llamar a los que estamos fuera y esos cinco años me han convertido en un desconocido aquí, mientras que mis contactos personales en el extranjero han ido en incremento. De hecho, el país donde más toco, con diferencia, es en Estados Unidos, donde siempre me vuelven a llamar allá por donde paso.
Además de la proyección en aquel país, ¿qué aportaron a tu carrera los años de perfeccionamiento en Yale y en Dallas, con Achúcarro, quien, por cierto, habla maravillas de ti? ¿Por qué elegiste esos dos destinos?
Lo de Estados Unidos era como una corazonada: sabía que tenía que ir allí si quería seguir aprendiendo. Me informé sobre el profesorado; quería estudiar con Boris Berman y eso me impulsó hacia Yale, aunque finalmente mi profesor allí fue Peter Frankl. De Yale, tengo que destacar mi aprendizaje para salir, por primera vez, de la seguridad y la protección a las que me había acostumbrado, tanto por parte de mi familia como de mi profesor, López-Gimeno. Allí me encontré solo y comprendí que era necesario exprimir al máximo el tiempo; tenía constantemente recitales, música de cámara y contemporánea; me di cuenta de que tenía que dedicar muchas más horas de estudio de las que nunca había dedicado al piano. En Madrid, en todo una año montabas uno o dos programas como mucho, pero en Yale tenía que hacer seis o siete por trimestre. Por otro lado, allí conocí a grandes músicos con los que después no he dejado de hacer música de cámara, como el chelista Amit Peled o el violinista Nai Yuan- Hu.
Después de graduarme, quise seguir en Estados Unidos y me inscribí en Dallas, con Achúcarro. Fue un momento clave en mi forma de tocar y en el desarrollo de mi carrera. Joaquín Achúcarro te enseña no solo a tocar el piano. Tiene algo que le hace sacar lo mejor de cada uno. Dio un giro a mi evolución como pianista que no es fácil explicar con palabras. Con él aprendes que no tocas para ti mismo sino para el público que te rodea y eso supone una forma diferente e utilizar el instrumento, una búsqueda de proyección hacia afuera de lo que estás haciendo en el escenario para que el público pueda recibir lo que le quieres dar. Achúcarro también me enseñó a utilizar mi propia energía y perder el miedo a tocar. No es fácil de explicar porque se trata de algo mucho más profundo que la simple técnica pianística.
Hace un momento hablabas de tu carrera en la faceta de músico de cámara. Los dúos con Amit Peled o con Nai Yuan-Hu, incluso el trío con ambos, tienen gran éxito en los Estados Unidos, en Taiwán, Japón, etc...
La música de cámara es muy importante en mi carrera. Es absolutamente compatible con una carrera en solitario, si bien ésta última tiene como gran desventaja la gran soledad que conlleva tanto en el escenario como cuando ya se ha terminado el concierto. Al principio esa soledad me resultaba desoladora; en ciudades a las que iba por primera vez y no conocía a nadie, las horas después del concierto, saliendo solo del auditorio para acabar cenando cualquier cosa en el hotel, me producían una sensación muy triste. Ahora es algo más fácil porque voy a muchos sitios donde ya me conocen y me acogen con más cariño. Respecto a la música de cámara, estás haciendo música con personas a las que consideras amigos y todo es mucho más agradable. Por otro lado, se establece una comunicación permanente entre los músicos; la interpretación se vuelve más fresca, con momentos de adaptación constantes a situaciones que difieren de lo que se ha hecho previamente en los ensayos. Cuando uno toca solo también es diferente cada día, pero no existe esa comunicación que convierte la música de cámara en una experiencia muy agradable. Hay algunos festivales que están especializados en música de cámara, como el Festival de Newport, al que me invitan desde hace varios años con el violinista Nai Yuan-Hu.
Creo que este joven violinista es una especie de héroe nacional en Taiwán y que juntos habéis cosechado grandes éxitos en su país.
Nai Yuan ganó el concurso Reina Elisabeth en 1985 y esto le convirtió en un ídolo que atrae masas en Taiwán. La gira que hicimos estaba repleta de salas con más de dos mil personas, abarrotadas y con una gran afición; se formaban colas para firmar autógrafos con cientos de personas, sin exagerar. Esa afición no la he visto nunca en España. El público oriental tiende a buscar ídolos a los que seguir; son exigentes en la elección, pero cuando los encuentran, les dedican toda su atención; este es el caso de Nai Yuan-Hu y yo he tenido la suerte de compartir con él esos éxitos. Sin embargo, la situación cambia mucho en Estados Unidos; allí, el público asiste a los conciertos como entretenimiento, como el que va al cine o al fútbol; no van a ver a una estrella concreta, sino a escuchar música y hay que explicarles las cosas de una forma distinta. Mi experiencia en España es muy variada en lo que respecta al público; desde audiencias numerosas y que te acogen calurosamente hasta públicos fríos o escasos, dependiendo de la sala o del organizador, no sé...
Existe una última faceta en la carrera de un pianista, a la que te has dedicado algo menos, por el momento, que es el concierto con orquesta. ¿Dónde te sientes más cómodo a la hora de exteriorizar tus valores, solo o con orquesta?
Es una pregunta difícil de responder. He hecho mucha más cámara que orquesta y me siento más cómodo en ella, aunque sea por familiaridad. Sin embargo, tocar con orquesta es una de las experiencias más maravillosas que hay. Creo que en España es muy difícil tocar con orquesta; en Inglaterra, por ejemplo, hay muchas agrupaciones pequeñas de gran calidad que ofrecen esta posibilidad con más frecuencia que aquí. La preparación del concierto de cámara me parece más entretenida, pero la culminación del concierto con orquesta te proporciona otra sensación de plenitud, muy difícil de explicar. En el recital como solista solo dependes de ti mismo y esto es bueno y malo a la vez. Creo que lo que más me gustaría es seguir dedicando una parte de mi carrera a cada una de las tres facetas.
Últimamente te dedicas también a la enseñanza, en el Conservatorio de Toledo.
Empecé hace un par de años, aunque no es la primera vez que me dedico a ello. En Yale daba clases a personas que aprendían por afición y esto era un poco más incómodo porque no le dedicaban la atención necesaria. Toledo supone una experiencia interesante para mí, de la que estoy aprendiendo mucho. Hay cosas en las que uno no se fija porque siempre las ha resuelto sin problema; entonces llega un alumno que tiene una dificultad con una de ellas y te obliga a reflexionar sobre las soluciones; esto es muy interesante y te aporta nuevos puntos de vista para solucionar tus propios problemas.
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