Inicio
 Melómano en pdf
 Tienda
 Discos: Recomendados
 Guía Práctica
 Claves
 Opinión Nuevo
 Especiales
 Grandes Obras
 Ópera
 Libretos
 Zarzuela
 La música y yo
 Entrevistas
 Promesas Cumplidas
 Consultorio
 Últimas portadas
 Registro
 Orfeo Ediciones
 Tus sugerencias
       
 
 PROMESAS CUMPLIDAS
 
Javier Perianes, un pianista en la encrucijada
Por Justo Romero


"Ni lo fui, ni lo soy ni lo seré jamás", responde rotunda y algo airadamente Javier Perianes (Nerva, Huelva, 1978) cuando el malintencionado entrevistador le pregunta si ha sido "niño prodigio". Inteligente, apasionado de la música y con una extraña y fina sensibilidad natural que le faculta para hilar con inusitada madurez los más exquisitos pentagramas de Schubert o Brahms, Perianes se encuentra en esa inevitable y necesaria encrucijada que emplaza al artista a caballo entre el estatus de joven promesa y el de deslumbrante virtuoso que fascina allá donde deja sentir sus interpretaciones. Tanto su fulgurante pianismo como las calibradas palabras revelan una inusual y formidable naturaleza artística. "No sé si me apetece hacer carrera como pianista", dice poco antes de tomar el coche que le devolverá a su queridísima Nerva natal.

A pesar de haber tocado ya en importantes salas de concierto y festivales, usted sigue viviendo en Nerva, su pequeña localidad natal de la Sierra de Huelva. ¿Es un buen sitio para un músico que está comenzando su carrera?
Desde luego es un lugar maravilloso para estudiar y estar tranquilo y concentrado en tu trabajo. Creo, además, que es un entorno sumamente propicio, con una gran tradición artística, pictórica, literaria y musical. Recuerde que de Nerva, por ejemplo, fue Manuel Rojas Tirado, autor, además del famoso pasodoble Nerva, de una considerable obra musical inédita que incluye muchas piezas para teclado y hasta un concierto para piano y orquesta. Además, estoy continuamente saliendo y entrando, por lo que, de alguna manera, sirve como un refugio, un remanso de paz y tranquilidad que invita al estudio, a la reflexión y a tener una perspectiva diferente de todo.

¿A qué atribuye el ascenso y desarrollo de su talento musical? ¿Se siente un niño prodigio?
Hombre, pues yo creo que a ese entorno nervense del que le acabo de hablar y a la suerte de haber nacido en el seno de una maravillosa familia con una especial sensibilidad musical. En cuanto a lo de niño prodigio, ni lo fui, ni lo soy ni lo seré jamás. Únicamente he sido, sí, un chaval trabajador, que ha tenido la suerte de amar apasionadamente y desde siempre la música, con el privilegio de contar con una familia que siempre me ha apoyado en esta vocación.

¿Sueña con convertirse en un aclamado y reconocido pianista?
Para nada... Mi único sueño es vivir siempre cercano a la música, y en armonía con mi entorno. Naturalmente, le mentiría si le dijera que no estoy interesado en hacer carrera y en abrirme camino en el campo del concierto. Pero no como un sueño de aplauso, éxito y reconocimiento, ni de una manera obsesiva, sino sencillamente me interesa por poder estar haciendo lo que me gusta y disponer de la posibilidad de mostrarlo y compartirlo con los demás.

Imagino que su cabeza musical estará poblada de ídolos... Richter, Rubinstein, Pollini...
¡Ni uno!. Los ídolos son como estampas de papel, que con el paso del tiempo se van decolorando. Sólo admiro a mis profesores. A todos: a los de Nerva, Huelva, Sevilla y Madrid. Siento por ellos una verdadera veneración y agradecimiento. En cuanto a los pianistas que usted cita, pues claro que los admiro y respeto, pero sin idolizarlos en absoluto. ¿Cómo no voy a admirar a Richter?, pero sin papanatismos ni idealizaciones que siempre acaban resultando frustradoras. No soy un mitómano. En todo caso, me gustan los pianistas de corte antiguo. Admiro nombres como Schnabel, Lipata, Sofronitski, Fischer, Guilels, Rubinstein, Horowitz, Kempff y gente así. De entre los españoles, aprecio muy especialmen-te a mi profesora Ana Guijarro. También a Alicia de Larrocha, Josep Maria Colom, Joaquín Achúcarro y a un artista maravilloso que, desgraciadamente, ya no está entre nosotros: Esteban Sánchez.

Hoy día resulta impensable una carrera como concertista sin haber pasado antes el calvario de los premios y concursos de interpretación. Usted ya ha obtenido algunos de ellos. ¿Cómo convive con su nada competidor carácter la necesidad de concursar?
Pues no muy bien. Estoy convencido de que los concursos de interpretación sólo sirven para descubrir atletas de la música, pero son de todo punto insuficientes para mostrar la dimensión última y recóndita del artista, que es la que verdaderamente tiene interés. Yo me los planteo como un rodaje, como una posibilidad de ser escuchado y de que te conozcan, sin ánimo competitivo. Por eso no me frustra no salir airoso de un premio, como tampoco me vuelve loco ganarlo. Sencillamente, porque mi meta, más que ganar, es tener la posibilidad de tocar. Cuando viajo ir a un concurso, me apetece mucho hacerlo, por el hecho de tocar en un sitio nuevo, ante otro público. Si, además, gano el premio, pues mejor que mejor, pero mi objetivo principal no es éste.

Normalmente, se tiende a considerar a los nuevos jóvenes e hipervirtuosos valores del piano como una especie de competidores "atletas de la música". ¿Considera así a nombres como Evgueni Kissin o Arcadi Volodos?
¡De ninguna manera!. Kissin es un gran virtuoso, pero también un músico de los pies a la cabeza. Esto no tiene nada que ver con la edad. Algo parecido ocurre con Volodos, un pianista que todavía tiene mucho que decir, que en absoluto es sólo el gran hacedor de notas que muchos únicamente ven en él. Arcadi admirará a todos cuando comience a tocar un repertorio más importante -Beethoven, Brahms, Schubert...- que el que está tocando actualmente. Es un error enorme y frecuente el tildar a los grandes virtuosos como meras máquinas de dar notas. El tenor dedos no está reñido -al contrario- con la condición de músico sensible y exquisito.

¿En qué repertorio se encuentra más a gusto?
Pues siento decirle que tampoco en esto soy nada original, porque es con los grandes compositores románticos del XIX con los que me siento más identificado: desde Schubert y Beethoven a Rachmaninov, pasando por Chopin, Schumann, Brahms... Lo más contemporá-neo que había tocado hasta ahora eran algunas cosas de Xenakis, Luis de Pablo y Manuel Castillo.
Pero he decirle en este sentido algo que para mí ha sido muy importante. En el ciclo que han organizado varios festivales de música españoles España dedicado al piano del siglo XX, yo tuve que montar un programa integrado exclusivamente por obras creadas en la década de los sesenta, con obras de Gubaidulina, Berio, Piazzola, Kurtág y Nin-Culmell. Cuando me lo propusieron pensé "jo, que coñazo", pero, claro lo hice porque era una oportunidad maravillosa de tocar en muchos sitios importantes. Luego, a medida que fui montando el programa, me di cuenta lo equivocadísimo que estaba: ¡era música con cosas maravillosas! Algunas de estas obras las he tocado después en bastantes recitales digamos que normales. Creo que un intérprete debe de disfrutar, sentir y, por supuesto, tocar la música de su tiempo histórico. ¿Se imagina un aficionado a la literatura que jamás leyera libros de García Márquez, Cortázar, Pérez Reverte o Kundera?

¿Le permite su apretada e ilusionada actividad musical cultivar otras facetas vitales? ¿Qué libro ha leído últimamente?
Por supuesto. Afortunadamente me encantan muchísimas cosas. Insisto, nunca he sido un empollón, ni un repelente "niño Vicente" ni nada que se le parezca. ¿Libros? Muchos, pues he leído Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, uno de Sánchez Ferlosio que se llama, creo recordar, El Jarama o algo así, una biografía de Chopin, etc..