Inicio
 Melómano en pdf
 Tienda
 Discos: Recomendados
 Guía Práctica
 Claves
 Opinión Nuevo
 Especiales
 Grandes Obras
 Ópera
 Libretos
 Zarzuela
 La música y yo
 Entrevistas
 Promesas Cumplidas
 Consultorio
 Últimas portadas
 Registro
 Orfeo Ediciones
 Tus sugerencias
       
 
 PROMESAS CUMPLIDAS
 
Luis Fernando Pérez, el último discípulo de Albéniz
Por Paz Ramos


A Luis Fernando Pérez no le asusta la Iberia de Albéniz; este joven pianista madrileño se enfrentó a sus cuatro cuadernos y la grabó en un doble compacto con el que ha obtenido excelentes críticas. Utilizó la partitura original manuscrita del propio Albéniz y la interpretó en numerosos escenarios anticipándose a la celebración en 2009 del centenario de la muerte del compositor de Camprodón. Luis Fernando Pérez estudió en el Conservatorio de Pozuelo, continuó su formación en la Escuela Reina Sofía con Dimitri Bashkirov y ahora es profesor de la Cátedra de Música de Cámara en la Escuela donde entró como alumno. Hizo el posgraduado en Alemania y después en la prestigiosa Academia Marshall, que él considera nuestro templo de la música española. Allí realizó estudios de especialización en interpretación de música española con Alicia de Larrocha y Carlota Garriga.

Ha sido galardonado con premios como el Liszt, en Italia, el Alicia de Larrocha, el Granados o la Medalla Albéniz, que le entregaron este verano en Camprodón. Debutó con la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña con Rachmaninov, concretamente con el Tercer concierto para piano y orquesta. Ha actuado en el Carnegie Hall de Nueva York, en las Naciones Unidas, en Tokio y en toda Europa. Imparte clases magistrales en Agen (Francia) y Keszthely, en Hungría. Ha grabado con el chelista Adolfo Gutiérrez obras de Barber, Rachmaninov y Piazzolla. Además de la Iberia, acaba de salir su segundo disco en solitario con música del Padre Soler, con dieciséis sonatas, una de ellas inédita. Se trata de un disco que lleva una gran labor de investigación y es que Luis Fernando, al que le gusta bucear en las fuentes originales, en este caso lo tenía difícil porque hay un único manuscrito de estas sonatas del padre Soler, encontrado en Londres.

El año pasado le impusieron la Medalla Albéniz en el Monasterio de San Pedro, una iglesia del siglo IX que está enfrente del templo en el que bautizaron al compositor, en Camprodón. ¿Fue un momento emocionante para un pianista que se ha volcado con la complicada Iberia?
Fue impresionante; la iglesia tenía una acústica excelente. Primero toqué Iberia y luego me hicieron entrega de la quinta Medalla Albéniz. La Fundación y el Museo de Camprodón la otorgan a los músicos que tocan la suite. Hay un comité que se reúne con las Iberias encima de la mesa y deciden a quién le van a dar ese año la Medalla. Vino el biznieto de Albéniz-el nieto no, porque tiene 94 años- pero pude hablar con él. Los dos se llaman Alfonso Alzamora; el biznieto es el escultor de la medalla. Su padre le había pedido a la familia si yo podía tocar Mallorca como bis y la familia no se atrevió a pedírmelo, pero yo acabé la Iberia y luego toqué precisamente Mallorca de bis. Era la pieza fetiche de Albéniz, su favorita y yo la llevaba preparada. Granados la tocó en el lecho de muerte de Albéniz. Dos días antes de morir fue a verle y le pidió que se la tocara porque era una pieza concebida durante un viaje que hicieron los dos juntos a Baleares. Los dos lloraron. Era un fetiche para Albéniz.

El 29 de mayo de 2009 se celebraró el centenario de la muerte de Isaac Albéniz. Usted ha grabado dos compactos en los que incluye Navarra, y siempre con manuscritos originales.
He manejado la edición de Guillermo González, que sacó el facsímil del manuscrito. Gracias a él no he necesitado rebuscar como con el disco de Soler. En el caso de Iberia, sucede que Albéniz era muy desastre y se sabe que no existieron copias de la obra. Él no hizo copias porque apenas acababa una obra la enviaba a la gente para tocarla y se desprendía de ella tranquilamente. Si se hubiese perdido nos habríamos quedado sin partitura, como ha sucedido con tanta música. Así que lo que se conserva muchas veces es porque alguien lo ha encontrado, como ha sucedido con sus canciones, que están apareciendo poco a poco, porque se van redescubriendo.

Iberia es una obra de gran complejidad técnica. Hay buenísimos pianistas que no se atreven con ella, pues es una música con la que entramos directamente en el siglo XX. ¿Qué extraños vericuetos tiene Iberia para que los pianistas le muestren tanto respeto?
Es una obra muy bien tocada, porque existen versiones estupendas y es lógico que la gente no se atreva con ella. Luego está la técnica que emplea Albéniz, que a mí me da la sensación de que es totalmente aparte de todo lo demás. No se atiene al bagaje de otros compositores. Hay quien puede tener, por ejemplo, la técnica de Liszt, pero la de Albéniz es muy concreta y luego da mucha pereza porque son muchas notas. Resulta muy largo interpretarla la misma noche y resulta duro, tanto físicamente como para la memoria y hasta para las propias manos, que hasta se te inflaman, y si encima el piano es duro, pues mucho peor.

Albéniz triunfó entre los grandes músicos franceses: se le nombró profesor de la Schola Cantorum y le admiraban Debussy y Ravel, que pensaron en orquestar la Iberia. El músico descansa en su tierra, en el cementerio de Montjuic y su entierro fue multitudinario y muy emocionante. Lo recogió Lorca en un precioso poema a la muerte de Albéniz. Cuando escuchamos la música de Albéniz, Triana, El Albaicín, El Puerto... nos parece fácil, la estructura formal de las piezas de Iberia es sencilla y de complicación virtuosística. En su labor de investigación llegó hasta la masonería a través del padre de Albéniz.
Un día tuve una especie de revelación donde me dí cuenta de la tradición de lo que se dice aquí, que Albéniz compuso la Iberia como escritura automática y que no había estudiado armonía por lo que era un compositor instintivo. Sabemos ya que el padre era masón y que muchas de las giras que hizo no fueron giras al azar sino que estaban perfectamente planteadas y organizadas por el padre con amigos que ya le acogían en las casas. Se dice también que hacía el saludo masón al principio de sus conciertos, eso ya no lo sé, pero sí he encontrado en Iberia una numerología con el número tres y el cuatro. Quizá sea una paranoia mía, pero resulta que son cuatro cuadernos de tres piezas cada una. Por un lado, tenemos las pieza seis y doce, Triana y Eritaña, las dos rápidas.

La cinco y la once, que son Almería y Jerez, son mucho más íntimas, más desgarradas; luego tenemos la tres, que es el Corpus, que podría corresponder a un Lavapiés. Aparentemente estas dos son piezas que no tienen nada que ver pero son extrovertidas y las más brillantes. Veo entonces que hay una arquitectura predefinida. Según iba componiendo las obras las iba encajando en la idea que quiso, que es la suite como un todo. Pensaba llamarla suite con las piezas de orquesta que había empezado a hacer y que no acabó, pero no la llamó así en su versión para piano. Con esta grabación he intentado darle más valor a la suite y tratar de hacer que sea un todo y que cada pieza no tenga su peso, porque se puede tocar sólo el Corpus y ya tiene un peso, pero el Corpus incluido dentro, como número tres de doce, cambia mucho las cosas, porque también es un galimatías. También he visto qué principios y qué finales utiliza Albéniz y hay diferencias en el manuscrito respecto a la edición impresa, en la que da la sensación de que piezas que terminan muy apagadas son casi preludio del empiece radical de la siguiente y eso va estableciendo un ritmo y un todo numéricamente perfecto.

Me figuro que la primera persona que oyó su Iberia fue su maestra Alicia de Larrocha, ¿Cuál fue su opinión al escuchar el disco?
Me dio grandes consejos. Cuando escuchó Evocación, que tiene cuatro notas, me dijo: “La primera nota déjela usted colgada y acto seguido empiece todo lo demás”. Luego, cuando descubrí ese tema numérico, pensé “si dejo la primera colgada, a partir de ahí se me montan grupos de tres”. El principio del Corpus también son cuatro repiqueteos de tambor de la procesión; todos los temas están formados por tres, tres y tres. Alicia es una pianista y una mujer estupenda. Cuando le dejé el disco me llamó enseguida y me dijo que se lo había escuchado tres veces en dos días y que le había encantado. Luego me hizo una crítica más extensa, lo que más le gustó fue el Polo.

La mayoría de los españoles no tienen ni idea de la carrera internacional que ha hecho Alicia por todo el mundo: es Doctora Honoris Causa por muchas Universidades, tiene un montón de Grammys, ha grabado discos para todas las discográficas importantes y está jubilada, en casa, con salud delicada y es nuestra artista viva más importante en cuanto al piano, una de las principales figuras del piano. A mí me encantaría organizar un homenaje, algo grande. Hasta ahora lo único que hago es rendirle pequeños homenajes recordándola en mis conciertos. Cuando me dieron la Medalla Albéniz, el ramo de flores se lo pasé a Carlota Garriga para que se lo entregara a Alicia de Larrocha.

Si Albéniz tenía Mallorca como su obra fetiche, ¿cuál sería la suya y con qué compositor?
Todo lo que tenga que ver con Rachmaninov, con Brahms y los conciertos de Chopin, pero mi gran fetiche son los conciertos de Brahms y Rachmaninov, luego el de Scriabin, y los conciertos de Mozart.

Me encantaría tocar el segundo o el primero de Brahms en España. Toqué el Tercero de Rachmaninov en Barcelona con 25 años y fue un gran éxito; salí siete veces a saludar y luego nunca más se ha vuelto a hacer. Es muy difícil tocar con orquesta en nuestro país, nos cuesta mucho trabajo. Es complicado conseguir un concierto con orquesta y cuando lo consigues muchas veces es la gerencia de la orquesta la que te recomienda el concierto que le gustaría que hicieras, que a veces no es el que querrías tocar.