|
|
|
| |
| ÓPERA |
 |
| |
Werther o "Los orígenes de la pasión"
LIBRETO BILINGÜE - ESTUDIO DISCOGRÁFICO
Cien años de Romanticismo: de Goethe a Massenet.
Cuando Jules Massenet (1842-1912) consiguió estrenar su "Werther", el 16 de febrero de 1892, en la ópera de Viena, y en alemán, el siglo del romanticismo agonizaba. Una prueba de ello es el hecho de que la Ópera Cómica de París rechazara la oferta del compositor para estrenar su obra. Lèon Carvalho, director del emblemático teatro, consideraba su trama "demasiado deprimente". No obstante, el triunfo obtenido en Viena le obligó a retractarse y Massenet pudo ver la que quizás fuera su ópera más querida, estrenada con gran éxito en la Ópera Cómica el 16 de enero de 1893, exactamente once meses después de su primera representación. Desde aquella ocasión, y hasta la actualidad, se han ofrecido en este escenario más de 1.300 representaciones del "Werther" y aún en nuestros días se mantiene entre las óperas más frecuentes del repertorio, siendo, junto con "Manon", la más conocida de su autor. La velada del estreno nevaba copiosamente en París y el ambiente recordaba sobremanera la fría noche en que se desarrolla el final del cuarto y último acto. Las fiestas navideñas estaban recientes y el público asistente tenía frescas en la memoria las canciones típicas de estas fechas, muy similares a las que cantaban los niños alegremente, en un coro interior, mientras, en escena, expiraba el héroe en brazos de su amada. Tal vez el éxito de aquella noche, y el de todas las noches del mundo en que el "Werther" sea llevada a un escenario, se deba a motivos no estrictamente musicales. Nos encontramos ante una partitura de gran belleza, pero dedicaremos algo más de tiempo a analizarla más adelante. Quiero centrarme ahora en los valores literarios, sociales, culturales y, sobre todo, humanos de este libreto basado en una novelita de ciento ochenta páginas que rompió los moldes de todo lo conocido y sentó las bases de una nueva era a la que se anticipó en casi treinta años: el romanticismo. Resulta difícil asimilar que Goethe escribiera el "Werther" en 1773. En aquel momento Beethoven tenía tres años; Mozart, siete años más joven que el poeta de Frankfurt, no había compuesto todavía ninguna de sus grandes óperas y el clasicismo apenas acababa de vencer al barroco en sus diferentes manifestaciones artísticas. Cuando imaginamos a los jóvenes alemanes contemporáneos de un Goethe de 25 años de edad, vistiendo chaleco amarillo, levita azul y botas de montar, a imitación de su personaje, sin duda los vemos mucho más cerca de un Byron o un Bécker, quienes ni siquiera habían nacido, que del genial compositor de Salzburgo, que, sin embargo, era uno de ellos. Y es que las equilibradas mentes de aquellos caballeros nacidos en pleno Siglo de la Razón estaban empezando a sentir el empuje del "Sturm und Drang" que habría de aventar desde Alemania la semilla que Goethe pusiera en el "Werther", la semilla de su propio genio, un genio del que era perfectamente consciente aunque no se enorgulleciera de él. "Al hombre verdadero lo conforma únicamente la humanidad en su conjunto", dice en su autobiografía. Sin embargo, creo que el autor de "Fausto" fue más el origen que el resultado de una época. Con seis años dudó de la existencia de Dios cuando tuvo conocimiento del terremoto que devastó Lisboa en 1755: "¿cómo Dios, tan sabio y tan bueno, puede permitir un desastre semejante?". Aquí comienza a concebir su idea panteísta y su interpretación "natural" de la religión. Con diez, domina seis idiomas y escribe una novela políglota para practicarlos. Con catorce sufre el primer desengaño amoroso. El germen de "Werther" estaba sembrado cuando, en mayo de 1772, parte hacia Wetzlar para incorporarse como aprendiz a la Cámara Imperial de Justicia. Allí conoce a Charlotte Buff, prometida de su amigo Kestner. Se enamora perdidamente y sin esperanza de ella y, al poco tiempo, comienza a escribir el "Werther", donde ni siquiera se toma la molestia de disimular el nombre del objeto de su pasión: Charlotte. Por fortuna para la humanidad, el autor no se suicidó como su personaje, pero el ejemplo de este último anidó con fuerza en los corazones de la juventud europea de aquellos años y de casi todo el siglo XIX. Desde 1774, año de la publicación de esta genial novela escrita en forma epistolar, hasta hace tan sólo unas décadas, pocos han sido los adolescentes que no se han emocionado alguna vez con una puesta de sol o con la contemplación de la naturaleza; pocos son los enamorados que, al saber imposible su amor, no han pensado en el suicidio como solución o, al menos, han perdido las ganas de vivir. Faltaba todavía más de medio siglo para que Stendhal publicara su "Rojo y negro", pero el espíritu de la pasión desenfrenada, la idea de "amar es sufrir" había quedado cimentada de forma definitiva. Casi ciento veinte años más tarde, Georges Hartmann, editor de Massenet, consiguió interesar al compositor que había arrasado con su "Manon" en 1884, llevándole a visitar la casa de Wetzlar en que Goethe viviera las experiencias y escribiera algunas de las cartas que habrían de convertirse en "Werther". La obra ya había sido adaptada varias veces para teatro e incluso versionada en ópera por Rodolphe Kreutzer, compositor y violinista francés destinatario de la famosa sonata homónima de Beethoven, quien había estrenado su "Werther y Charlotte" en París en 1792. A pesar de todas estas adaptaciones, convertir en ópera una novela ya de por sí original en su formato, que consiste en una serie de "cartas enviadas a un amigo", no era tarea fácil. Hartmann encargó el asunto en primer lugar a Paul Milliet, libretista de "Hérodiade", pero no llegaba a convencerle el resultado, por lo que, al final, contó con la colaboración de Edouard Blau, que se encontraba trabajando en el libreto de "El Cid". Entre unos y otros lograron un libreto singular y apasionante, perfectamente adecuado a la capacidad creativa y teatral de Jules Massenet. Resumiría esta capacidad en una gran facilidad para idear bellas melodías y, sobre todo, para conferir a los personajes una personalidad o atribuirles unos sentimientos determinados a través de la música que pone en sus labios. Massenet tenía sin duda ese don que convierte a un músico en compositor de ópera: el dominio del secreto que hace posible unir palabra y música en un todo único. Por supuesto, puso este don al servicio de una novela cuya lectura le hizo llorar en más de una ocasión. "¡Qué escenas tan emocionantes, qué momentos tan conmovedores podrían crearse! Werther habría de ser mi próxima ópera", escribió en sus "Memorias".
Seis meses de pasión: Werther.
La ópera transcurre entre julio y navidades de mil setecientos ochenta y tantos, mientras que la primera carta de la novela está fechada el 4 de mayo de 1771 (día en que Goethe llegó en realidad a Wetzlar) y diciembre de 1772. Cada uno de los cuatro actos de que se compone el libreto se desarrolla en una sola escena y prácticamente en tiempo real, lo que le confiere a la acción una credibilidad poco frecuente: el primero se desarrolla en los jardines de la casa del baile o juez local de Wetzlar, que es el padre de Charlotte. Previamente hemos escuchado la obertura que nos da a conocer musicalmente los dos aspectos principales de la personalidad de Werther: la pasión, con un tema que ha de repetirse en el preludio al tercer acto, en el que se desencadenan todos los sentimientos reprimidos hasta el momento, y el amor a la naturaleza, con una dulce melodía de carácter bucólico que, a cargo de las flautas, sonará nuevamente en la primera aparición en escena del protagonista, cantando las maravillas de la naturaleza que le rodea en el aria "Je ne sais si je veille..."("no sé si desperté..."). Al comienzo de la acción, los pequeños, hermanos de Charlotte, ensayan con el juez una canción navideña que cerrará el ciclo de la vida cuando volvamos a escucharla al final de la obra. Estas escenas desenfadadas que protagonizan los niños, los amigos del juez e incluso el personaje de la hermana mayor, Sophie, equilibran la balanza de la alegría y el sufrimiento y alivian las tensiones a lo largo de los tres primeros actos. Al final del primero se inicia el tortuoso camino de Werther hacia la muerte, cuando su amada le confiesa que está prometida a Albert por un juramento. El héroe romántico recomienda a Charlotte que sea fiel a su palabra, si bien él "morirá" por ello. En el segundo acto, ya en septiembre, Charlotte lleva tres meses casada con Albert. La desesperación de Werther se traduce musicalmente en melodías repletas de cromatismo y tensión armónica mientras que Charlotte ya ha adoptado la postura de fiel esposa que conservará hasta el final y que había sido modelo de virtud femenina en los últimos cien años. Musicalmente, sus frases son serenas en contraste con las de Werther, a quien recomienda ausentarse unos meses, hasta Navidad. Sin embargo, al comienzo del acto tercero (24 de diciembre a las cinco de la tarde) comprendemos por primera vez claramente cuán enamorada está la protagonista femenina y cuánto dolor le produce mantenerse fría y distante, en el aria "Werther! Werther...Qui m'aurait" (Werther...quién me iba a decir...). Nuevamente Sophie entra en escena unos instantes para aliviar las penas y, cuando desaparece, vuelve a dejar el peso del drama en manos de su hermana mayor, que canta la apasionante "Ah! Mon courage m'abandonne!" antes de la llegada de Werther, que se presenta cuando la orquesta hace sonar nuevamente el tema de la pasión del protagonista. Es el momento culminante de la obra. Los amantes asumen nuevamente sus papeles, él destrozado y ella manteniendo la distancia para no caer en la tentación, mientras la música sugiere algunas melodías escuchadas en los dúos de los dos primeros actos. Entre estos recuerdos surge la lectura de unos poemas de Ossián, el legendario bardo escocés del siglo III cuyos versos inspiraron el espíritu del romanticismo gracias, entre otras cosas, a la traducción del propio Goethe al alemán. Goethe había conocido la obra de Ossián en 1770, en la Universidad de Estrasburgo, por mediación de Herder, el precursor del "Sturm und Drang". La inclusión de un fragmento de estos versos en la novela es un guiño más a la autobiografía que late en "Werther". Son estos versos, quizás, el fragmento más conocido popularmente de esta ópera: la famosísima aria de tenor "Pourquoi me réveiller...", después de la cual se desencadena un intenso dúo de amor, del que es difícil salir emocionalmente ileso. El autor utiliza aquí parte del tema del aria anterior, entremezclándolo con ritmos trepidantes que ponen de manifiesto el desasosiego de la heroína que se siente sucumbir. Cuando, por fin, Werther le roba un beso a su amada, ésta le despide, para siempre en esta ocasión. Un dramático interludio orquestal anuncia el suicidio del poeta al comienzo del cuarto acto. Cuando Charlotte llega a su lado, él yace con una herida de bala en la cabeza, pero vive. No es un recurso operístico ya que en la novela, el protagonista también sobrevive al disparo, si bien no llega a tener ocasión de volver a ver a su amada. En la ópera ambos tienen la oportunidad de sincerarse, ante la inminencia del fin. Por vez primera oímos a Charlotte decir "Je t'aime" y Werther muere en sus brazos, convencido de tener el perdón divino pues escucha a los niños cantar en la calle la canción navideña que ensayaban al comienzo de la obra y cree ver en ello una señal del cielo, un canto de ángeles, gracias al cual no muere sino que, más bien, liberado del sufrimiento de un amor imposible, empieza a vivir ahora.
|
|