En
la historia de la música francesa, y del género
lírico universal, Les Troyens de Héctor Berlioz
despunta como una “grand opéra” que
evitó el glamour superficial de Meyerbeer y
Halévy, pero por ello pagó el precio del olvido.
En nuestros días, la ópera ha venido a
contemplarse finalmente como una de las grandes óperas del
siglo XIX, grabada y representada con relativa frecuencia, cuya primera
parte fue estrenada hace ya ciento cuarenta y cinco años
exactos. Pero Berlioz veía demasiado alargada la sombra de
Meyerbeer como para conseguir una pizca de éxito en el
teatro del rey: “Debo también de añadir
la influencia de Meyerbeer, y la presión que él
ejerce, a través de su gran riqueza al menos tanto como las
realidades de su ecléctico talento, sobre directores,
cantantes y críticos, e incluso en el público
parisino, hacen que resulte casi imposible componer cualquier serio
éxito operístico incluso diez años
después de su muerte.”
Una larga y anhelada
gestación
Berlioz tenía gran afecto a la
literatura, pues el admiraba a Virgilio desde la infancia. En sus
Memorias cuenta cómo su padre, un médico rural,
le leía a Virgilio y cómo la historia del destino
trágico de Dido le emocionó profundamente. Cuando
estuvo en Italia entre 1831 y 1832, Berlioz pensó a menudo
en Virgilio y visitó lugares con asociaciones virgilianas.
Veinte años después comenzó a planear
una “grand opéra”, pensada para la
Ópera de París, y que incluía escenas
que mostraban el saqueo de Troya tras diez años de guerra y
la posterior historia de Eneas y su banda de troyanos buscando refugio
de una tormenta en las costas de Cartago, el hogar de Dido. En
última instancia, Eneas se ve obligado a abandonar a Dido
pues el Destino le requiere para fundar la ciudad de Roma, dejando a
Dido en manos de una muerte por suicidio.
El inesperado éxito de su oratorio
L’Enfance du Christ en 1854 persuadió a Berlioz
para acometer tal empresa. El 18 de octubre de 1854
escribiría: “durante los últimos tres
años he estado atormentado con la idea de una vasta
ópera para la que yo escribiré tanto la letra
como la música, como acabo de hacer con la
trilogía sacra L’Enfance du Christ.”
Por otra parte, la Princesa Carolina de Sayn
Wittgenstein fue un apoyo primordial para Berlioz a la hora de componer
su ópera. En sus memorias, el maestro da detallada cuenta de
cómo se embarcó en una ópera basada en
La Eneida: “Fue en Weimar con la Princesa Wittgenstein, una
devota amiga de Liszt, una mujer de rara inteligencia y sentimiento,
quien a menudo me ha confortado en mis estados depresivos. Algo me
condujo a hablar de mi admiración por Virgilio y de la idea
que me había formado de una “grand
opéra” al estilo shakespeariano, basada en los
libros segundo y cuarto de La Eneida.” El músico
se refería a esta creación como su
“Virgilio shakespearizado”, una convergencia de
estilos que se revela extremadamente fértil como alternativa
al teatro lírico wagneriano, y cuyos logros,
desafortunadamente, pasaron a la historia sin legar patente influencia
sobre la ópera francesa de finales del siglo XIX ni ya bien
entrado el XX.
Ahondando en la relación literaria y
estructural aplicada por Berlioz a su ópera, ha de afirmarse
que el sentido de la dramaturgia shakespeariana alimenta tanto el
perfil de algunos personajes como la construcción de ciertas
escenas. Casandra, que domina con su fuerte caracterización
el primer acto, es un ejemplo de la presciencia de la que hacen gala
tantos personajes del autor inglés. Otras pinceladas de
similar cariz se detectan fácilmente: el monólogo
de Eneas, “Inutiles regrets”, enfrentado a un
destino irrefrenable, el exquisito diseño del personaje de
Dido, la aparición fantasmal del rey Príamo o el
dúo de amor de Dido y Eneas en el cuarto acto, que se
asemeja bastante al dúo de Lorenzo y Jessica de la primera
escena del quinto acto de El mercader de Venecia.
Más adelante, comentando la
conversación con la Princesa Wittgenstein, prosigue Berlioz:
“Añadí que conocía bien las
dificultades de tal empresa en caso de intentarlo. “De
hecho”, contestó la Princesa, “tu
pasión por Shakespeare, combinada con tu amor por lo
antiguo, habría de producir algo grandioso y singular. Debes
de escribir una ópera, o poema lírico, o como
quieras llamarlo. Debes de comenzarlo, y debes terminarlo.”
Continué con mis observaciones, pero ella no las escuchaba.
“Escucha”, dijo, “si eludes las
dificultades inevitables de la obra, si eres tan débil como
para temer valer todo por Dido y Cassandra, no volverás a
verme nunca, pues no te recibiré.” Esto fue
suficiente como para decidirme. A mi vuelta a París,
comencé el poema de Los Troyanos. Me metí con la
partitura, y tras tres años y medio de correcciones,
cambios, añadidos, etc., la acabé.”
Canceló casi todos sus compromisos como
director de orquesta en Francia y en el extranjero, y así
Berlioz
se embarcó en mayo de 1856 en la creación de su
ópera, para la que escribió él mismo
el libreto, completado hacia finales de junio de 1856. Tan pronto como
lo acabó, compuso el dúo de amor del acto cuarto,
“Nuit d’ivresse et d’extase
infinie”, y dedicó los dos años
siguientes a la composición del resto de los cinco actos
totales. La partitura la completó el 12 abril de 1858.
El 3 de mayo de 1861, Berlioz escribió
en una carta: “Estoy seguro de que he escrito una gran obra,
más grande y noble que todo lo hecho hasta ahora.”
También escribió: “El principal
mérito de la obras es, en mi opinión, la
veracidad de la expresión.” Para Berlioz, la
representación veraz de la pasión era la meta
más alta de un compositor dramático, y en este
respecto sintió que había igualado los logros de
Gluck y Mozart. Pero Berlioz quería remitirse precisamente a
Gluck y también a Spontini como modelos
dramáticos, compositores cuyas obras admiraba enormemente
cuando llegó a París en la década de
1820. Pese a apelar a Gluck en su sintonía creativa, Berlioz
posee, empero, una audacia creativa nacida de múltiples
componentes, entre ellos la reunión de unos grandiosos
efectivos, en los que los instrumentistas y coristas se cuentan por
cientos. No obstante, estas acumulaciones suponen en la obra de Berlioz
un atisbado anticipo de lo que vendría a representarse en el
futuro de la música, adelantándose al futurismo
de comienzos del siglo XX, un futurismo en estado embrionario que
apelaba a las máquinas que más a mano
tenían los compositores, que no son sino los instrumentos
musicales. No ocultaba Berlioz su fascinación por las
posibilidades de la orquesta, como demostraban sus tratados. pero dicho
instrumento plural era diverso y coloreado, sobrepasando en ocasiones
lo legado en la tradición del siglo XX, pues
incluía artefactos como los oficleidos o el
serpentón, además de otras técnicas o
combinaciones instrumentales innovadoras. Así, la
versión original de la Marcha troyana del primer acto y Caza
real y tormenta del cuarto acto pedía
“saxhorns”, instrumentos de metal con
válvulas desarrollado por el belga Adolphe Sax, padre del
saxofón, que se suelen sustituir normalmente por trompas
convencionales, trompetas y cornetas, aunque recientemente existen
doctos directores de orquestas especializadas que tratan de recuperar
el verdadero color de la orquesta berlioziana reconstruyendo su
instrumentación original.
El infructuoso estreno
En sus memorias, Berlioz describía con
detalles terribles la intensa frustración sufrida al ver la
obra representada. Durante cinco años, de 1858 a 1863, la
Opéra de París, el único escenario
adecuado en la capital francesa, estuvo pensándoselo, pues
su anterior ópera, Benvenuto Cellini, fue un sonada fracaso
en 1838. Finalmente, cansado de esperar, aceptó dar permiso
a otro teatro más pequeño, el
Théâtre Lyrique, para que montara una
producción. Sin embargo, los directores del teatro,
alarmados por el tamaño de la obra, insistieron en que se
dividiese en dos. Así, sólo ofrecieron la segunda
parte, llamada Les Troyens à Carthage, el 4 de noviembre de
1863. Berlioz anotó amargamente: “les fue
manifiestamente imposible justificarse… el teatro no era lo
bastante amplio, los cantantes insuficientemente dotados, el coro y la
orquesta inadecuados.” Muchos compromisos y cortes fueron
efectuados y la producción resultante fue
“imperfecta”. A la vista de todos los defectos,
Berlioz lamentó “la organización de la
representación de tan manga obra, debería ser yo
el maestro del teatro tanto como soy el maestro de la orquesta al
ensayar una sinfonía.” En el mencionado
capítulo de las Memorias, en 1854 escribía
Berlioz que “el tema me parece elevado, magnífico
y profundamente emocionante, segura prueba de que los parisinos la
encontrarán sosa y aburrida. Mi sangre hierve ante el mero
pensamiento de tener que soportar la representación y la
puesta en escena de tal obra, los idióticos
obstáculos que he tenido que salvar.”
“A pesar de las
“mejoras” y las “correcciones”
que Carvalho infligió”, el director del Teatro
Lírico, afirmaba Berlioz, “en la obra Les Troyens
à Carthage sólo duró veintiuna
veladas”. Incluso en su forma menos ideal, la obra
provocó una profunda impresión. Por ejemplo,
Meyerbeer asistió a doce veladas. Louis, el hijo de Berlioz,
fue a todas. En 1864 afirmaba Berlioz: “Mis amigos y yo
pensábamos que la velada iba a ser tormentosa, y
esperábamos todo tipo de demostraciones hostiles, aunque
nada del tipo de lo que ocurrió. Mis enemigos no se
atrevieron a dejarse ver; un desagradecido silbido se oyó al
final cuando me requirieron en el escenario, y eso fue todo.”
Pero el estreno le dio satisfacciones de gran calado:
“Confieso que al oír Les Troyens yo mismo me he
emocionado con la ejecución de algunos pasajes. El aria de
Eneas “Ah! quand viendra l’instant des
suprêmes adieux” y especialmente el
monólogo de Dido “Je vais mourir, dans ma douleir
immense submergée.”
Un amigo intentó consolar a Berlioz por
haber soportado la mutilación de su gran obra y
señaló que después de la primera
noche, el público se fue incrementando. “Mira,
“dijo animando a Berlioz, “mira cómo
vienen,” “Sí,
“replicó Berlioz, sintiéndose viejo y
cansado, “viene, pero yo ya me estoy marchando.” El
consuelo por la fría acogida de la veintena de
representaciones de la obra tuvo un cariz muy especial: “Tras
un número indeterminado de representaciones, vi gente
llorando. Durante los dos meses siguientes al estreno de Les Troyens,
me paraban a menudo en las calles de París
extraños que me pedían permiso para darme la mano
y me daban las gracias por haber escrito esta obra. Esto me
hacía olvidar los insultos de mis enemigos, enemigos que me
he forjado más gracias a mis escritos que por mi
música.”
Berlioz nunca vio representados los dos primeros
actos, nombrados posteriormente como La prise de Troie, “la
toma de Troya”. La primera representación
íntegra de Los Troyanos en sus cinco actos, divididos en dos
veladas, tuvo lugar en Karlsruhe, Alemania, en 1890,
veintiún años después de muerte de
Berlioz.
Berlioz mismo arregló la partitura
completa para el editor parisino Choudens et Cie. En esta partitura
publicada introdujo un número de cortes opcionales que se
han adoptado en subsiguientes producciones. Berlioz se quejó
amargamente, era un legendario
“plañidero”, de los cortes que se vio
más o menos forzado a permitir en el estreno de 1863,
indignación de la que da buena cuenta en sus cartas y
memorias.