La
ópera siempre había alojado, desde sus inicios,
lo mágico y lo sobrenatural en su seno, y en la era
romántica ganaron terreno, cuando el mito fue relevado por
el cuento de hadas, la saga y la leyenda. El joven romanticismo
alemán de finales del siglo XVIII y bien entrado el XIX era
aficionado a fantasía y los cuentos de espíritus
y de fantasmas. La existencia de fuerzas sobrenaturales fue tema de
muchas historias, novelas y piezas teatrales. Al escenario suben nuevas
temáticas: la infinitud, las tinieblas, la media luz, los
sueños, las personificaciones de las fuerzas naturales, etc.
Por otra parte, la ópera romántica se
dirigía a una audiencia burguesa y, en consecuencia, se
utilizaba ya la lengua vernácula, dejando de lado el
decadentismo clásico del italianismo. En Alemania, la
tendencia hacia una ópera nacional se vio acelerada por el
júbilo patriótico de las guerras de
liberación: así como Napoleón fue
expulsado, había que deshacerse de la tiranía del
gusto italiano y francés.
Un hito de la ópera
alemana
No fueron Louis Spohr, ni Ernst Theodor Amadeus
Hoffmann, ni Heinrich Marschner, ni tampoco Robert Schumann quienes
condujeran al triunfo al espíritu romántico en la
ópera, sino Carl Maria von Weber (1786-1826), un experto
hombre de teatro, pianista y escritor, hijo de un actor y aventurero de
Baden Baden. Weber, sensacional director de ópera en Praga y
Dresde, puso en escena en 1821 Der Freischütz en
Berlín, lo que inmediatamente fue celebrado como un
acontecimiento nacional. Según Hans Pfizner, el
héroe de la ópera es el bosque alemán,
con toda su melancolía y todo su encanto, lleno de espectros
nocturnos y espíritus malignos. De hecho, Weber, que era un
genio del teatro, había logrado una mezcla de estilos por
medio de su potencia melódica; en la sección en
allegro de su gran aria, Agathe canta como una
‘primadonna’ italiana, Ännchen procede de
la “opéra comique” francesa, Max adopta
el lenguaje del compositor parisino Etienne Méhul, Kaspar
está basado en el Osmin de Mozart y los únicos
elementos firmemente asentados en suelo alemán son los coros
y las melodías cantables como "Schöner,
grüner Jungfernkranz". En efecto, en la historia de la
música alemana, Weber ocupa una importante
posición en la consolidación de la
ópera romántica germana, como puente de
unión entre Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven y
el posterior advenimiento de Richard Wagner y Richard Strauss.
La carrera de Weber comenzó como
pianista, pasando pronto a ser empleado de la Corte de
Württenberg, donde en 1810 compuso Silvana, su primera obra
para la lírica. Un año más tarde
vendría la comedia Abu Hassán, de ambiente
orientalista a semejanza de El rapto en el serrallo de Mozart. En 1813
fue nombrado director del Teatro de Praga, y cuatro años
después el rey de Sajonia lo contrató para
convertir el Teatro de Dresde en un importante centro de
ópera. Hasta entonces, Weber era un músico
más apreciado que famoso, pero tal situación
cambió radicalmente en 1821 cuando se estrenó El
cazador furtivo, la más célebre de su
producción operística, a la posteriormente
seguirían las no menos exitosas Euryanthe y
Oberón.
Un libreto fantástico
Como comentábamos al principio de este
artículo, para Weber fue fundamental la relación
del romanticismo con lo fantástico. En la primavera de 1810,
Weber permaneció en el castillo de Neuburg, cerca de
Heidelberg. El argumento de la ópera está basado
en una vieja tradición entre los antiguos cazadores de
Alemania, la cual dice que el que vendía su alma a Samiel,
el “Diablo Cazador”, recibía siete balas
mágicas que siempre hacían blanco. Pero a la
séptima el cazador tenía que entregar su alma a
Samiel, a menos que, entretanto, hubiese encontrado otra
víctima para el demonio; por cada nueva víctima
que obtenía, su vida se extendía y
recibía una nueva dotación de balas. El
músico preparó un guión con este
argumento, basado probablemente en un juicio celebrado en Bohemia en
1710. La narración estaba contenida en el Gespensternbuch
(Libro de los espíritus) de August Apel y Freidrich Laun,
que Weber leyó entonces, recién aparecido el
libro, y que decidió convertir de inmediato en
ópera. Pero el plan descansó durante siete
años. Tan sólo en febrero de 1817 Weber
recurrió al puño y letra de un nuevo hombre
literato, el ex abogado Johann Friedrich Kind, para contar con un
libreto sobre el tema, El cazador furtivo, cuya idea original
aportó el propio Weber. De una carta del 19 de febrero de
ese mismo año se desprende que Kind emprendió el
trabajo de inmediato. Kind, era el principal de una “camerata
pseudo romántica” llamada Liederkreis. Conforme al
gusto de su grupo, concibió la obra como una
integración entre el nacionalismo de Klein y el romanticismo
de Klopstock.
Naturalmente, Weber participó
también en la elaboración del libreto, como
sabemos por sus cartas. Su vena profundamente religiosa hace suponer
que las modificaciones de cariz cristiano en la historia proveniente
del libro de Apel fueron de su cosecha. El argumento de la
ópera es de extrema simplicidad y de un valor literario
menor. Los personajes son igualmente simples, meros estereotipos del
bien y el mal. En Der Freischütz-, el hombre bueno y la pureza
de Agathe están bajo la protección del cielo. El
mal, triunfante en la historia de Apel, se quiebra contra la fortaleza
de la fe. Kind, el libretista, no era un gran poeta, pero, en cambio,
poseía una vena natural y popular sin cuyo auxilio la obra
no obtendría el atractivo que la hizo tan famosa y venerada.
El primer título dado al libreto fue La prueba de tiro,
después cambiado por La novia del cazador, finalizado el 3
de marzo de 1817, para adoptar finalmente el de El cazador furtivo.
Como avanzábamos en palabras de Pfitzner, la naturaleza y el
paisaje son más que unos meros decorados, pues representan
el terreno en que aflora el argumento y cobran vida sus personajes. Es
el bosque alemán el que encuentra en El cazador furtivo su
transfiguración romántica, lugar de paz interior,
de reflexión y meditación, de sueños
puros, de sentimientos nobles, de vida misteriosa, apartada de lo
cotidiano, pero, por otra parte es también escenario de los
espíritus, del maleficio, de las acciones nocturnas de los
fantasmas, premisas para el anhelo romántico.
Además, la concepción de los caracteres es
bastante simple e ingenua, pero creó tipos que produjeron
una fuerte impresión en la parte más llana del
público y que todavía hoy convencen y apenas han
perdido popularidad.
Una música de gran calado
Carl Maria von Weber empezó a esbozar
la música de Der Freischütz el 2 de julio de 1817,
pero posiblemente ya hubiera concebido algunas melodías
anteriormente. El trabajo duró casi tres años sin
que ninguna otra obra del compositor hubiera exigido tanto tiempo; el
13 de mayo de 1820 quedó terminada la partitura y el estreno
de la ópera tuvo lugar catorce meses después, el
18 de junio de 1821 en el Teatro Real de Berlín.
Todas las virtudes de Weber, que al mismo tiempo
son las virtudes del romanticismo, tienen cabida y su más
bella expresión en su música: la
melodía vital, entusiasta, tierna, conmovedora, con
carácter y noble y la armonía concentrada en
puntos de tensión, en ese mencionado camino que va de Mozart
a Wagner, pasando por Beethoven. La flauta mágica de Mozart
y Fidelio de Beethoven habían sido dos jalones importantes y
decisivos hacia esta consolidación. La acción de
la primera transcurría en Egipto y la de la segunda en
España. El cazador furtivo, en cambio, inicia una serie de
óperas inspiradas en el paisaje alemán, llevando
a escena figuras típicamente germanas, con
inclusión de cantos y elementos extraídos del
pueblo mismo. Con esta obra de Weber se abrieron entonces dos senderos,
el del romanticismo y el del nacionalismo que condujeron, con el
tiempo, al monumental Anillo de los Nibelungos wagneriano.
El teatro lírico alemán no
conocía hasta entonces ninguna forma que no fuera el
‘singspiel’, muy parecido a lo que concebimos en
España genéricamente como zarzuela:
números cantados unidos por nutridas escenas habladas. Pero
Weber intenta realizar en ese momento síntesis musicales
más largas, como se observa notoriamente, por ejemplo, en la
escena de la cañada de los lobos, el número
más celebrado de toda la ópera y que, a su vez,
tiene un innegable precedente en la escena del orador de La flauta
mágica de Mozart. Dicha escena permanece en el centro
neurálgico de la obra estructuralmente (reemplaza el
habitual final central), tonalmente (compuesta en torno al
diabólico acorde que irrumpe en la regularidad
armónica), orquestalmente (por el uso de los sonidos
más oscuros que Weber pudo imaginar) y, ante todo, por su
capacidad de recrear el latente horror que puede encontrarse en la
superficie de unos patrones de vida normales y aceptados.
Por otro lado, el arte de la
instrumentación de Weber merece una detenida
atención, pues como director de orquesta supo adquirir
nuevos matices sonoros para la orquesta. También en este
ámbito seria difícil pensar en Wagner sin Weber.
Sin embargo, considerar a Weber sólo como un
eslabón entre los más grandes, Mozart, Beethoven
y Wagner, seria totalmente injusto, pues Weber es lo bastante
importante para ocupar un destacado lugar en la his¬toria de la
música por sí solo. Muchas de las partes que
creó en El cazador furtivo son fundamentales para cualquier
cantante de habla alemana: el tierno lirismo de la joven Agathe, la
movilidad dramática y vocal de la tiple ligera
Ännchen, el tenor expresivo y casi heroico de Max, o Kaspar
como el prototipo del malvado. La célebre obertura es una
admirable página sinfónica que no sólo
anticipa el ambiente y carácter, sino que sintetiza el drama
en sus elementos antagónicos, lo que también
haría luego Wagner con sus oberturas más grandes
y el leivmotiv, pero ello por entonces era una novedad. En las primeras
escenas ya se caracterizan por la música los personajes
Kilian, Max, Cuno y Kaspar, así como se halla la nota
pintoresca y popular en el coro, el vals rústico, etc. El
aria de Max es de suma belleza y sus dos secciones son contrastantes,
evocando la primera un risueño paisaje, mientras la segunda,
muy dramática, traduce la desesperación que lo
impulsa hacia Samiel, cuyo tema también aparece. La
canción de Kaspar es diabólica, lo mismo que su
parte en el breve final con Max. Weber tenía la innata
capacidad de inventar melodías que poco después
de su aparición conquistaban el oído y en el
corazón del oyente, muy al gusto del público
alemán de la época. Pocas óperas
tienen tantas piezas que se hayan vuelto populares como Der
Freischütz.
Una ópera alemana que
trasciende sus fronteras
El mencionado estreno en el Teatro Real de
Berlín, el 18 de junio de 1821, no sólo
significó la indiscutible victoria de Weber, sino una de las
fechas más importantes de la historia de la ópera
alemana. El entusiasmo por la nueva obra tuvo una amplia
repercusión y también tuvo como base diferentes
sentimientos: el musical y el nacional. En aquella época
crecía a marchas agigantadas la conciencia nacional alemana,
que había cristalizado en la lucha contra
Napoleón y tendía cada vez más
nítidamente hacia la unión política
del imperio. Con dicha conciencia había igualmente una
fuerte movilidad social: las mejores fuerzas de la burguesía
fortalecían sus posiciones frente a la debilitada
aristocracia. Por este motivo, Der Freischütz, que contiene
muchos de estos elementos, se convirtió en la
expresión ideal de la joven burguesía
nacionalista. El éxito de este pionero título
superó con creces al de la mayor parte de las
óperas románticas alemanas coetáneas,
pues había acertado plenamente al describir el
espíritu de la época. Su estilo tan genuinamente
alemán no impidió que esta obra cruzara
rápidamente las fronteras. Se sabe que en 1824 fue
representada en Londres nada menos que en nueve teatros a la vez, y hoy
en día es incontestable su plaza en el repertorio
operístico internacional de todos los teatros del mundo.