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Aida, de Giuseppe Verdi
LIBRETO BILINGÜE -
INTRODUCCIÓN
ALGUNAS VERSIONES DISCOGRÁFICAS
Aprile Millo
Dolora Zajick
Plácido Domingo
James Morris
Coro y Orquesta del Metropolitan
Director: James Levine
SONY SSK 45973
Duración: 145:40 min.
De entre las grabaciones realizadas en los últimos tiempos cabe destacar como la de mayor interés la que Sony registró en 1990 en la serie "Metropolitan opera". Aunque efectivamente los medios técnicos son fabulosos para el resultado final del trabajo, no es éste, por supuesto, el mayor de los valores que posee esta "Aida". En primer lugar, puede señalarse la excelencia de Aprile Millo en esta ocasión. La soprano americana, quien por cierto defraudó en directo en Bilbao en una deslucida actuación en 1993 en el El Pirata, en Aida encuentra un personaje a su medida. Como manifestó en el tiempo de esta grabación, ella canta tras haber bebido en fuentes de las grandes clásicas, como la Milanov, la Ponselle o, este ya no parece tan claro, la Tebaldi. Es magnífico el poder y fuerza de su canto, especialmente en Ritorna vincitor. Admira la aparente facilidad con la que sabe mantenerse en el registro agudo. Sus "pianissimi" son muy bellos, también delicados, aunque no tienen la dulzura por ejemplo de la Tebaldi. Su canto, al menos en Verdi, está a la altura de las grandes sopranos spinto que han triunfado en buena parte de este siglo. Su dúo con Radamés del tercer acto y toda su actuación del final resulta poco menos que irreprochable.
El Radamés de Plácido Domingo, el cuarto grabado por el tenor madrileño, hay que situarlo como el más completo de todos ellos. Se aprecia menor frescura en la voz, pero esto se compensa con un refinamiento superior al de otras ocasiones. A la excelencia heroica de su Celeste Aida cabe añadir un emocionado canto en la "mezzo voce" que preside buena parte del acto final. La mezzo Dolora Zajick resulta una muy buena Amneris. Se percibe la evolución del personaje desde el primer hasta el cuarto acto. Uno sigue recordando a la Simionato como la perfección en la hija del Faraón, pero su inclusión en el elenco está perfectamente equilibrada. El bajo James Morris es un convincente Amonasro, aunque no logre hacer olvidar de la memoria por ejemplo al gran Gobbi. Samuel Ramey es un lujo de Ramfis. El bajo-barítono americano domina a la perfección la tradición del canto italiano. Es de resaltar la importante aportación de James Levine a la consecución de una lectura admirable de toda la partitura. Hace justicia a la magnífica orquestación de Verdi y domina el arte de la brillantez y espectacularidad de los dos primeros actos. Logrado contraste con la interioridad de los dos restantes, particularmente el final. Los buenos coros del Met se lucen en su importante labor. Y puesto a pedir una mayor atracción, dada la presentación en tres compactos, no hubiese estado de más la inclusión de la sugestiva, aunque no perfecta, obertura, desechada por el autor pero que hubiese añadido interés al conocimiento de la vigésimo sexta ópera verdiana. Interesante, como queda constancia en algún manuscrito, la utilización de la octava baja, tras el espléndido agudo de Domingo en la inicial Celeste Aida.
Conclusión: muy completa versión por voces y dirección.
Maria Caniglia
Ebe Stignani
Beniamino Gigli
Gino Bechi
Orquesta y Coro del Teatro de la Ópera de Roma
Director: Tullio Serafin
EMI CHS 7 63331 2
Duración: 140:00 min.
Una Aida de 1946 con brillantísimo elenco italiano y el magisterio de Tullio Serafin es algo que pertenece, dentro del terreno de la nostalgia, al mundo de los preciosos documentos históricos de la interpretación operística de la primera mitad del siglo XX. En este sentido, la grabación que aquí se comenta puede ser de gran interés, aunque con alguna limitación. Posiblemente no sea muy recomendable a un aficionado que no conozca bien el mundo operístico. Por contra, quien esté interesado en introducirse en la tantas veces mencionada escuela italiana del canto, tiene un buen documento para apreciarla.
Cuando se grabó esta Aida, Gigli contaba 56 años; a pesar de ello y de que no era precisamente el tenor más adecuado para el heroico Radamés, su mucha experiencia y la voz todavía muy bella suplieron su no idoneidad. En ocasiones se percibe un cierto esfuerzo para dar vehemencia a su canto. Abriendo la voz en el registro agudo y un cierto apoyo en el vibrato, se acerca a un convincente Radamés. Gigli, en su última ópera grabada completa, atrae por el aire romántico-lírico que otorga al héroe, muy lejos del que impuso Mario del Monaco. Entre otros muchos aciertos, la escena última es artísticamente impresionante.
Maria Caniglia, que nunca pudo superar cierta carencia para cantar con naturalidad en el registro agudo, convence con su Aida muy verista. Musicalmente muy honesta, entregadísima, presenta su personaje revestido de una extraordinaria fuerza dramática. Ebe Stignani, en un tiempo espléndido de su carrera, crea una Amneris de referencia. Gino Bechi es una aportación valiosa para el buen resultado general. El histórico Tullio Serafin es maestro sabio; precisamente en la creación de unas atmósferas que nos retrotraen al mundo operístico añejo pero de una gran consistencia. En el aspecto técnico, la grabación contiene las imperfecciones lógicas de los años cuarenta, aunque el reproceso de 1989 es muy convincente en la presencia de las voces.
En definitiva: mucho más que una pieza de museo operístico.
Renata Tebaldi
Giuletta Simionato
Carlo Bergonzi
Cornell Macneil
Coro Cantores de la Sociedad Amigos de la Música
Filarmónica de Viena
Director: Herbert von Karajan
DECCA 414 087-2
Duración: 150:08 min.
Cuando en 1959 Herbert von Karajan decidió grabar Aida, difícilmente podía tener a su disposición un elenco como el que le proporcionó Decca, además de la magnífica Filarmónica de Viena. En lo vocal, esta interpretación está entre las mejores que se hayan hecho nunca. Alguna objeción puede señalarse con respecto a los "tempi" elegidos en ocasiones, pero ello queda compensado con la claridad y pureza que tiene toda la versión.
Vamos primeramente al asunto canoro. Renata Tebaldi contaba entonces 37 años, es decir, estaba en su época más perfecta de lírico spinto. Sólo carecía de alguna fuerza dramática, algo que fue adquiriendo con el tiempo. Su fraseo se presenta magistral y a pesar de la tendencia claramente expresiva en los pianísimos, alcanza una belleza impresionante. Sus dos primeros actos son perfectos pero donde alcanza la cima de su arte y sensibilidad es en los dos últimos. La escena del Nilo está cargada de emoción. En "O patria mia", así como en la conclusión de la cripta, la cantante de Pesaro maravilla con su profundidad y sensibilidad musical.
Giulietta Simionato es una Amneris antológica. Dramáticamente refleja de forma muy adecuada la complejidad de su personaje. El color de su noble voz de mezzo se mantiene en toda la extensión de su registro. En los graves, aterciopelados, muestras una belleza solo comparable a la de las dos o tres mejores mezzos del siglo.
Bergonzi, el tenor perfecto, enseña al mundo lírico cómo Radamés, además de heroico, puede ser un personaje romántico. Su encarnación verdiana sólo puede compararse con la de Domingo o la del histórico Bjöerling. Cornell Mc Neil, entonces con la misma edad que la Tebaldi, mucho antes de evolucionar hacia el verismo como lo haría más tarde, crea un Amonasro de perfecta línea verdiana. A pesar de su nacimiento norteamericano, resulta ideal en la adaptación del estilo italiano. Se han criticado duramente los "tempi" elegidos por Karajan. Evidentemente son más lentos de lo normal, pero dado que en la lectura total de la partitura se sigue un muy estudiado equilibrio, no puede hablarse de pesadez. La Filarmónica de Viena es un instrumento de lujo. La profundidad y tersura de sus cuerdas, la dulzura y brillantez de maderas y metales, superan todo lo grabado por cualquier otra orquesta, y eso a pesar de la fecha de grabación. Si sus vecinos se lo permiten, le aconsejo que escuche esta "Aida" con mucho volumen. Le satisfará, como nunca posiblemente, la dramática orquestación de Verdi resaltada por Karajan y déjese llevar con la pensada "lentitud" del director salzburgués.
Conclusión: suprema interpretación vocal y orquestal.
Zinka Milanov
Fedora Barbieri
Jussi Bjöerling
Leonard Warren
Coro y Orquesta de la Ópera de Roma
Director: Jonel Perlea
RCA GD86652 (3)
Duración: 147:13 min.
Ésta es una grabación antigua, de 1955, mono, pero de enorme interés. Totalmente recomendable para los amigos del estilo interpretativo clásico italiano. El elenco es poco menos que excepcional, sobre todo en los tres personajes principales. En estilo típicamente verdiano, la soprano Zinka Milanov hace una creación modélica. Su voz potente se pasea por toda la partitura con absoluta maestría. Es imponente ya desde el primer acto su interpretación de Ritorna vincitor. Su fraseo perfecto consigue momentos de emoción pocas veces tan sentida en otras voces. Sus "pianissimi" son de total encantamiento. En los actos tercero y cuarto deja hecho el molde de la auténtica heroína verdiana.
Fedora Barbieri convence plenamente como Amneris. Su voz tiene la cualidad de la mezzo-soprano dramáticamente ideal para personajes verdianos; con poder expresivo y fuerza más que convincente para reflejar la penetración psicológica propia de la mujer marcada por los celos y la dignidad de su realeza. Es cantante de gran porte. Magnífico su diálogo con Aida en el segundo acto, así como su importante presencia en la primera escena del último acto.
Aunque no es el tenor ideal para un Radamés heroico, lejos por ejemplo del de Mario del Monaco o Plácido Domingo, Bjöerling admira por la dulzura aterciopelada de su voz. Especialmente en los dos últimos actos, donde el carácter lírico-dramático es más oportuno; el tenor sueco brilla a gran altura. Difícil encontrar hoy un tenor con las cualidades suyas, de su ductilidad para los personajes románticos. Convincente Amonasro de Leonard Warren y perfecto Boris Christoff como Ramfis. Jonel Perlea resulta director de buen oficio más que auténtico creador. Cuida bien que se oigan claramente todas las voces. Orquestalmente se echa en falta una mayor brillantez, pero es que el de la Opera de Roma, en 1955, no era un conjunto de exquisiteces instrumentales.
Conclusión: ideal para clásicos verdianos.
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