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 LA MÚSICA Y YO
 
Yolanda Barcina Angulo, Alcaldesa de Pamplona. "Mis escenarios para la música"

Mi madre se empeñó en que aprendiera a tocar la bandurria. Compró el instrumento y en el colegio tuve que hacer frente a las seis cuerdas dobles, plectro en mano, y al solfeo. Debo advertir desde ahora que no tengo buen oído, por decirlo de una forma delicada. Tampoco me extraña, pues en mi familia no he encontrado un músico; ni siquiera, un melómano acreditado. Así son las cosas.

Pero volvamos a la bandurria de mi niñez. Creo que no tuve especiales dificultades para tocarla; en cambio, la situación se complicó con el solfeo, no había manera de desentrañar el pentagrama; siempre me perdía en la entonación, en el ritmo... Al final, en mi ingenuidad de escolar, no encontré otra solución que aprender de memoria la partitura, y, en vez de leerla, haciendo caso omiso de corcheas y fusas, la cantaba con la esperanza de despistar a la profesora: "do, faaa, re, do; fa, si, re, faaa, re, do

De aquella primera experiencia musical, poco brillante, lo reconozco, guardo una foto de la rondalla del colegio: la actuación era en el salón de actos, atiborrado en un día solemne; mientras que mis compañeras de rondalla aparecen más atentas al público que a la interpretación y posan sonriendo a padres y amigos, yo estoy absolutamente concentrada en los trastes, ajena al patio de butacas, como si de un virtuoso se tratara, aunque en realidad lo que hago es volcarme en mi tarea. Quienes me conocen dicen que sigo siendo la misma, claro que he dejado la bandurria escolar, primero, por la investigación en la Universidad, y, más tarde, por la responsabilidad de Vicerrectora, el cargo de Consejera del Gobierno de Navarra y, ahora, por la vara de Alcaldesa de Pamplona. Al igual que en la rondalla del colegio, en las nuevas responsabilidad que he contraído me he concentrado en mi trabajo, en cumplir mis compromisos.

Pero volvamos a mis modestos contactos con la música. En los años de estudiante siempre estaba presente en el Colegio Mayor, era el fondo permanente al estudio y a los ratos de ocio. En aquel tiempo Paco Ibáñez tenía la sugestión de lo prohibido, de los entusiastas aplausos del Olimpia de París, y de las poesías eternas de Quevedo, Góngora, Miguel Hernández y Gabriel Celaya, que muchos de mi generación descubrieron gracias a sus canciones. También sonaban las melodías hondas y doloridas de Leonard Cohen: "Bird on the wire", "Lady midnight", "Tonight will be fine".

En mi primera casa, Pucho -mi marido- y yo, ahorramos todo lo que pudimos en el televisor -un aparato modestito, para salir del paso, pero que todavía funciona- y gastamos más de lo que podíamos en el equipo de música. Desde el primer día ocupó un lugar preferente en el salón, y ahora, al cabo de algunos traslados, mantiene su hegemonía.

En honor a la verdad, Pucho vive la música con más intensidad que yo. Él compra y pone los discos, se me adelanta siempre, y ya hace algún tiempo que me he rendido, casi me he convertido en una oyente pasiva. Gracias a él en casa suenan todos los géneros y todos los autores -clásicos, casi siempre-. No tenemos manías ni gustos excluyentes, aunque he de señalar que en las pilas de discos, entre los compositores, sobresale Tchaikovsky, y entre los cantantes se advierte la hegemonía de Plácido Domingo.

Al contrario que en mis tiempos de la Universidad, en el trabajo diario no encuentro tiempo ni espacio adecuados para la música. En el laboratorio de la Universidad las pruebas y los ensayos -la vista, el olfato, el tacto y el gusto-postergaban al oído; y ahora, en el despacho de la Alcaldía, el sonido del teléfono, del móvil, y las llamadas a la puerta, la verdad, no preparan el ambiente más apropiado para que brille Boccherini. Una cuestión menor: en los viajes en el coche oficial, el trayecto y la lectura de informes se hacen más llevaderos con la cálida compañía de Gloria Estefan. En mi coche, en los viajes privados, el menú es casi obligado: Pucho prefiere la zarzuela, que aprendió a degustar de niño, cuando su padre invariablemente aderezaba los viajes familiares con las romanzas de Barbieri y del navarro Arrieta, maestro de maestros como Chapí y Serrano.

Me gusta viajar, y ahora que me detengo a pensar en mi vida con la música, ésta aparece entrelazada con ciudades y países bien distintos. Al ruso Stravinsky lo identifico con Helsinki, donde descubrí su música, concebida tanto para ser escuchada como para ser contemplada gracias al ballet; Bucarest, gélido y remoto, viene a mi memoria en forma de concierto de fin de año al ritmo de los valses de los Strauss; Nueva York representa para mí las grandes comedias musicales, los espectáculos gigantescos, ricos y desconcertantes de las salas de Broadway. En Viena durante horas, pacientemente, hicimos cola los compañeros del viaje de estudios de la Universidad para disfrutar de una ópera, que ¡por fin! escuchamos de pie, apoyados en una barandilla, al fondo de la sala de butacas. Eran las entradas más baratas.

La música popular la he sentido con toda su vitalidad y espontaneidad en Cartagena de Indias. Aquí comprobé que sus gentes la necesitan para vivir, igual que el pan y la sal, y que actúa como un bálsamo, un vibrante bálsamo caribeño, para sobrevivir en la adversidad. En España mis experiencias y escenarios musicales se multiplican. Sólo citaré, porque ya es historia, el viejo Liceo barcelonés.

En Pamplona mi relación con la música me atrevería a calificarla de permanente y, lo que es más importante, se enriquece con perspectivas complementarias: por una parte me corresponde participar en la promoción de los grupos musicales de la ciudad y, por otra, tengo la dulce obligación de presenciar sus actuaciones. Desde el Ayuntamiento se presta especial atención a la Orquesta "Pablo Sarasate". la orquesta de Navarra que fundó hace ya un siglo el universal violinista pamplonés; he puesto especial interés en que la contribución de Pamplona al desarrollo de esta veterana orquesta se intensifique mediante el necesario apoyo institucional y económico. Además, la vida musical de la ciudad se enriquece con las actuaciones del también veterano Orfeón Pamplonés, la selecta Coral de Cámara y la Capilla de Música de la Catedral, que hace gala de un exquisito repertorio. La ciudad mantiene su banda de música, "La Pamplonesa", que conjuga con acierto el repertorio tradicional con programas creativos e innovadores, concebidos para captar nuevos seguidores. Las tareas de formación descansan en las escuelas de música, y en el Conservatorio, una institución arraigada, que fundó el maestro Femando Remacha. Aquí se han formado los músicos que hoy en día ofrecen en Pamplona un amplísimo elenco de intérpretes y agrupaciones que abarcan todos los géneros, desde la música popular a la culta, desde los coros a las orquestas de cámara, pasando por los "otxotes" y "auroros". Para difundir el trabajo de estos grupos, el Ayuntamiento programa cada año actuaciones dirigidas a acercar la música, las músicas, a los lugares y públicos más diversos. Enumerar los escenarios en los que la música, prácticamente a diario, es protagonista en nuestra ciudad exigiría un itinerario que podría comenzar en un club de jubilados. pasaría por un centro sociocultural, la cárcel. una casa regional, una parroquia y una clínica psiquiátrica, para concluir en los inveterados bailables de la Plaza del Castillo. Esto en lo que se refiere a la difusión de la música en el conjunto de la ciudad, pero su escenario natural está en el Teatro Gayarre. donde regularmente desarrollan su programación la Orquesta "Pablo Sarasate'. o la Sociedad Filarmónica, además de los espectáculos que organiza el propio Teatro. El Auditorio de Navarra, actualmente en construcción, garantiza un nuevo y esperanzador horizonte para la música en todas sus manifestaciones cultas. La gran sala de conciertos y el espacio escénico permitirán la programación de grandes espectáculos, que ahora no encuentran acomodo en el entrañable y concurrido Teatro Gayarre.

Como pueden comprobar, he comenzado hablando de mí misma y acabo haciéndolo de mi ciudad. La verdad, ahora, en mi cargo de Alcaldesa, esto me sucede a menudo. Suelo confundir la frontera entre mi vida y la de mi ciudad, entre Yolanda Barcina y la Alcaldesa de Pamplona, y es que trabajar por una ciudad tan fascinante como la mía acaba siendo una actividad absorbente, más absorbente que tocar la bandurria. Sin duda.