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| LA MÚSICA Y YO |
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Ramón Pi, Ritornello familiar
La verdad es que lo mío con la música, y más concretamente con la llamada música clásica (que podríamos denominar mejor música culta) carece de todo mérito. Me familiaricé con la música como me acostumbré a la respiración, porque no se escapa uno tan fácilmente de la música si su madre es pianista y su padre fue un buen violinista aficionado, como Sherlock Holmes (o sea, que tocaba para sí mismo, para los amigos y, en alguna ocasión, para públicos determinados, siempre desinteresadamente). Mi madre, que acaba de cumplir felizmente noventa años espléndidos, terminó el virtuosismo de piano en 1934. El examen fue el concierto de Schumann, que superó con un "exce-lent" en la papeleta de examen. Una papeleta que los hijos, años después, hemos contemplado con la admiración con que se aprecia una joya antigua: el papel ya un poco amarillento, escrito en catalán (eran los años de la República, y nosotros conocimos la papeleta ya bien entrados los años cuarenta; una diferencia, oiga). Aquéllos eran los tiempos de la legendaria Escuela Municipal de Música de Barcelona, la de los Lamotte de Grignon, Nicolau, Balcells, Casals (en la época del célebre Trío Casals-Thibaut-Cortot)... El profesor de mi madre, Tomàs Buxó, alimentaba la ilusión de que aquella alumna brillante entrase en el mundo profesional a bombo y platillo, pero precisamente en otoño de aquel mismo año mis padres se casaban, y, como en el baloncesto, mi madre pidió tiempo para organizar su vida y ver, pasados unos meses, qué se podría hacer. Ya no hubo opción: en 1935 nació el primero de sus seis hijos, y en 1936 el monstruo de la guerra civil cambió la vida de toda España. En cuanto a mi padre, hizo sus estudios de violín junto con algunos cursos de piano, como correspondía a un pollito de la burguesía acomodada barcelonesa de principios de siglo. Mi abuelo tenía una sensibilidad artística fuera de lo común (fue un pintor notable), y estimuló todo lo que pudo la afición musical del menor de sus hijos. Es obvio que la pasión por la música fue una de las muchas afinidades que unieron a mis padres, que vivieron un felicísimo matrimonio que duró 57 años. Muchas noches, siendo yo muy chico, me escapaba de la cama con mi hermano Antoni, y nos apostábamos detrás de la cortina de la sala, donde mis padres, más dos amigos, hacían música de cámara. Allí me hice amigo de Haydn, de Mozart, de Beethoven, de Schubert. Nuestros padres sabían que andábamos por allí, pero nos dejaban hacer; ya recuperaríamos el sueño, y en cambio nunca podríamos sustituir los "chutes" de música viva que eran aquellos ensayos. Los cuatro amigos repetían tal o cual pasaje, ponían el acento en un tresillo, ajustaban un rittenuto, atacaban una frase con expresión, daban tiempo a que se oyera una anacrusa sin pisarla. Y hablaban, y lo explicaban, y disfrutaban, como suele decirse, como gorrinos en un charco. Sólo el que ha hecho música sabe de qué hablo.Recuerdo aquellas veladas nocturnas, y también tantas mañanas de domingo en las que mi padre estudiaba. En mi memoria tengo, por ejemplo, el Preludio y Allegro de Pugnani/Kreysler asociado de forma indeleble a aquellas mañanas magníficas, que muchos años después oí tocar a un joven violinista callejero en el Greenwich Village de Nueva York. Le dejé cinco dólares en el estuche que estaba abierto en el suelo, y él me miraba, incrédulo. Mi madre nos enseñó a los hermanos solfeo, teoría de la música y algo de armonía. Al contrapunto y la fuga yo no llegué, medio por pereza, medio porque los estudios me llevaban por otro lado, y lo mismo me ocurrió con el violín, que abandoné a los catorce años. Mi padre me lo profetizó: "No te voy a forzar, pero te arrepentirás toda tu vida de haberlo dejado". Tenía toda la razón. Pero él no lo dejó, y tenía ya más de setenta años cuando recuerdo que de vez en cuando me llamaba a Madrid y me decía: "Ya tengo dominada la Chacona de Bach". "Voy a meterme con Tartini y su Trino del Diablo, pero no sé si podré con él".
En mi casa cantábamos a varias voces entre los hermanos y nuestro padre. Sabíamos que la tulipa de la lámpara del comedor da el si bemol, y con sólo darle un pequeño golpe con un cubierto ya podíamos empezar afinados. Cantábamos en el coro de la parroquia (entonces se cantaban corales de Bach y gregoriano, con órgano en lugar de guitarrillos). Mi hermano Antoni toca el piano y con su mujer y sus dos hijas participa en una orquesta de flautas, mi hermano Paco toca el cello, la batería, el piano y la guitarra baja, y es profesional de esto, entre otras actividades, en el grupo Primera Nota.
Luego ya me hice mayor, y vinieron mis pinitos con la guitarra y el teclado, y la música coral, y un cuarteto de "Barber Shop Singing" en el que hoy participo, y un octeto en que cantamos polifonía de cierto nivel... Más todo lo que puedo oír.
Naturalmente, en mi casa la música es importante. Mis cuatro hijos se han dormido, desde su más tierna infancia, con las Suites 1 y 2 de Bach, que ya tienen soldadas a su memoria. Amenizábamos los viajes por carretera de Madrid a Barcelona, y las excursiones veraniegas o de fin de semana, cantando cánones. Mis dos hijas se apuntaron una larga temporada a la coral del Pinar de Chamartín que yo mismo, con otros vecinos, fundé en 1984. Uno de mis hijos montó dos grupos en su época de estudiante, uno en Madrid y otro en Londres. La vida sigue.
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