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| LA MÚSICA Y YO |
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Adolfo Gross, director de Radio Clásica
Mi vida personal y mi vida profesional han ido casi siempre de la mano, cargadas de múltiples horizontes y de charcos en los que me he metido o chapoteado casi siempre placenteramente y por propia voluntad. Creo haber vivido intensamente con ganas de probarlo todo. También la música. Tal vez por eso no soy especialista en nada. Pero apuesto a que en mi generación hay muy pocos que hayan tocado tantos palos y tan generosamente. En los últimos años he tenido que frenar por falta de tiempo y por eso en algunos me he quedado algo estancado. Pero ahí quedan los posos y experiencias aportados por la lectura, desde Homero y el amigo Eurípides hasta García Márquez o Cela pasando por los últimos cinco siglos, españoles, europeos y americanos (me quedé un poco en el célebre "boom"). De la pintura y escultura puedo decir lo mismo, como del teatro, del cine o del deporte. Con el deporte puedo explicar mejor lo que intento decir: he practicado todos los que se me han puesto a tiro, casi todos con buen nivel, pero en ninguno extraordinario (en fútbol, casi casi, llegué a la perfección). Los últimos frenazos producidos por mi plena dedicación a la música no me han robado tiempo libre para mi afición a la pintura, actividad que inicié en el 74 y que para mí tiene una asombrosa cercanía con la música. Cada cuadro tiene su música propia.
En esta introducción hay que incluir también a la música. Toda la música. Y de forma significativa.
La gestación de estas líneas me ha obligado a reunir recuerdos y "antecedentes" dispersos. Mi abuelo Adolfo, a quien desgraciadamente no pude conocer, fue Presidente de la Filarmónica de Málaga, aunque según mi padre tenía un oído en Málaga y el otro en Fuengirola (era presidente de muchas cosas; tal vez le gustara todo, como a mí). Mi abuela materna, Amalia, sí lo tenía y tocaba el piano como muchas señoritas de la época; al ser yo el primero de sus nietos estaba ilusionada con verme tocar a cuatro manos con mi prima Carmen de mi misma edad. Pero yo prefería jugar al fútbol o a policías y ladrones por los paseos malagueños cercanos a mi casa. Sin embargo aquel intento dejó en mí una semilla importante y así logró verme tocar "Madmoiselle de Paris" con una sola mano, el "Padam-Padam", o el "Para Elisa", en este caso con graves problemas en la mano izquierda. En otros pianos de la familia (había más señoritas de la época que incluso cantaban muy bien) me fui perfeccionando con el "Campesino alegre" (¡había que cruzar las manos!) y la "Marcha Real". Pero lo más fácil era la pianola bien surtida de rollos.
La verdad es que mi infancia transcurrió, junto a la luz y las flores malagueñas, muy cerca de la magia del teatro y las representaciones en las que siempre estaba presente la música. Recuerdo muy bien el Teatro Cervantes, hoy sede de la Orquesta Ciudad de Málaga, en cuyo techo está pintada mi bisabuela Clara (a la que sí conocí), pues era hija de uno de los que promovieron su construcción, otro Adolfo, en este caso Pries. En él organizaba mi tía Julia Gross funciones benéficas en algunas de las cuales participé de niño. Recuerdo una en la que nuestra intervención fue un desastre. Nos vistieron con el uniforme de la guardia real inglesa (un enorme sombrero negro tipo mitra papal y casaca roja) y teníamos que desfilar en el escenario al compás de la "Marcha militar" de Schubert. Nada más terminar la breve introducción del "chínta-tá-tá-chínta" debíamos cruzarnos tres veces en el escenario. Pero la señorita que nos dirigió el ensayo general dijo que dos veces. Yo que no levantaba un palmo del suelo le advertí que nos habían dicho que tres y que nos íbamos a equivocar. Me trató como lo que era, un mocoso. Pero el mocoso tenía razón ya que llegado el momento de la verdad, con el teatro lleno, se organizó un follón en el escenario que terminó con el número en un minuto y una carcajada generalizada en la sala. En otra ocasión lo pasé bastante mal. Estaba en un palco y cantaba una tía mía, excelente soprano amateur, Menenes Alesanco; y no se me ocurrió otra cosa que proponerme ser yo el que diera la primera palmada. El desenlace es fácil de adivinar: me puse a aplaudir frenéticamente cuando no correspondía; todo el público se volvió hacia mí y yo me metí debajo de la silla porque cabía.
Siempre he lamentado no hacerle caso a mi abuela y no estudiar piano; pero también siempre me he consolado pensando que de haberlo hecho me hubiera convertido en un romántico empedernido. Sin embargo, tras el piano, sí llegaron puntualmente otros instrumentos como la armónica, que llegué a dominar bastante bien, incluida la "Alborada gallega" con la "Honner" de cambio que daba los sostenidos y más tarde la bandurria, el laúd y la guitarra (ésta solo para sencillos acompañamientos). Con la bandurria no solo tocábamos la "Estudiantina portuguesa" o "Clavelitos" sino pequeñas obras de Offenbach, Mozart... y hasta, recuerdo, un resumen amplio de "Gigantes y Cabezudos" con partitura por delante. Para eso sí dieron dos años de solfeo.
Otro de mis primeros acercamientos a la música se lo debo al gramófono de casa, "La voz de su amo", que conservo como una reliquia. Por cierto que tengo que arreglarle la cuerda. Porque conservo también algunos discos de pizarra que me sabía de memoria como "La calesera" ("militares tampoco me gustan que a veces me asustan con el espadín..."; ¿o no era eso de "La Calesera"?).
Ya metido en la juventud, junto a la bandurria y algunos coros (siempre como "bajo") llegaron tiempos de mayores compromisos. Me refiero a los "cine-forum" (época de los Bergman -"Séptimo sello", "Fresas salvajes"-, neorrealismo italiano, "La puerta de las lilas", "Los cuatrocientos golpes, "El gran carnaval", "Doce hombres sin piedad", etc.) junto a los que llegarían también los "teatro-forum" (lecturas de "Electra" de O´Neill, de Anovilh, de "La muerte de un viajante" de Miller...) e incluso las "novela-forum" (recuerdo que adapté para una de esas lecturas universitarias "La peste" de A. Camus dejándola en poco menos de dos horas). Pero a lo que voy: junto a cine, teatro y novela, también llegó la música siguiendo el mismo esquema de los "forum": explicación, audición y coloquio. Fue el momento de comenzar a escuchar y no solo oír, de acercarse a las nuevas tendencias lideradas para mí, entonces, por Stravinsky y la revolución dodecafónica, todo más explicable en un contexto personal de cierta contestación política y cultural que se iría acrecentando con los años. Fueron años también de montajes teatrales (siempre me gustó vivir las cosas por dentro más que como espectador) y radiofónicos seguramente por herencia familiar. (Nota bene.- Hace poco me enteré de que Wagner logró su sueño de Bayreuth gracias a un pequeño grupo de personas entre las que destacaba un tal Adolfo Gross, en otros libros leo "von" Gross que es lo mismo, quien se hizo cargo de los hijos de Wagner tras su muerte por haber sido nombrado por éste su albacea testamentario. Habrá que investigar el parentesco y la genética). Y hablando de Wagner, fue por entonces cuando cayó en mis manos una antología con sus óperas. Pensado y hecho: me encerré dos días y me las escuché todas. El empacho fue fenomenal. Juventud, divino tesoro.
Pero la verdadera contestación, en este caso política, a través de la música llegaría a finales de los sesenta y primer quinquenio de los setenta, no con música clásica (que también la programaba) sino con música pop, canción protesta, etc. desde una emisora de radio recién inaugurada de la que yo era Jefe de Programación: Radio Popular de Madrid. De aquellos años habría que hablar aparte y en otro foro. Baste solo recordar que vivíamos otros tiempos en los que era un lugar común decir que la radio era "música y palabra" (la información estaba prohibida) lo cual era no decir nada (escribí ridiculizando la definición que trataba de eludir el verdadero problema de la información) y durante los cuales se llegó a prohibir la radiación de más de cuatro mil títulos. Yo escribí un largo artículo en "La Gaceta Ilustrada" que, aunque escrito como denuncia, resultó ser divertido, en el que repasaba la evolución de esas prohibiciones y que abarcó desde títulos como "Tu suegra", "Mi suegra", ¡Ay, mi suegra" (pobres suegras), "Bikini justo y amarillo" o "Bésame mucho" (primera época Arias Salgado) hasta el último que se titulaba "Y en esto llegó Fidel" (todas las de la segunda etapa con carácter de contestación política). ¿Los autores que más aparecieron en las listas prohibidas? Pues "Quintero, León y Quiroga" (!!), aunque posteriormente liberados de las mismas. De aquella emisora no solo habría que destacar sus emisiones en Frecuencia Modulada (marcaron época) sino también su programación de onda media, de la que me obligaron, desde el Ministerio de Información y Turismo, a suprimir un programa de carácter crítico titulado "No estamos en las Batuecas" y que sustituí por otro titulado "El país de la música" en el que programábamos aquellos títulos no censurados por despiste del censor de turno. Sonaba muy bien. También recuerdo haber sido el organizador de los concursos de "La canción testimonio" en ese mismo contexto: comienzos de Patxi Andión, Isidor... y época de Llach, Raimon, etc. que alcanzaron obviamente escasas ediciones.
Mi vida profesional me ha obligado a estar cerca de todo y mi vida personal, como decía al principio, se ha interesado por casi todo, en especial por el arte y la cultura, imposibles de abarcar en profundidad y a un tiempo. Ello me ha permitido, entre otras cosas, contemplar la evolución no solo de la música en la radio (en la actualidad inexistente en las emisoras de onda media y concentrada en las F.M. muchas de ellas especializadas o fórmulas) sino de la música clásica en España. ¡Qué difícil me resultaba siendo director de RNE en Andalucía "colarle" a Radio Dos la grabación de alguna orquesta andaluza! Hoy hay cuatro de primera categoría.
Cuando en 1992 el entonces director de RNE Diego Carcedo me pidió que me hiciera cargo de la dirección de Radio Clásica (todavía Radio Dos) le conté esta historia y mi falta de especialización claramente distante de la de un profesional de la música. Me respondió que era lo que quería. Y, naturalmente, acepté reconociendo mis limitaciones. Nunca pude pensar que mi vida profesional iba a culminar pudiéndole dedicar todo mi tiempo y además, obligatoriamente, a una de las principales debilidades no satisfechas de mi vida como la música clásica. Han pasado ocho años largos desde aquel momento y está siendo una experiencia formidable no solo por el enriquecimiento personal que se deriva de mi estrecho acercamiento y estudio de la realidad e historia de toda la música, sino también por el progresivo conocimiento de su mundo y mundillo y las muchas y magníficas amistades nacidas en él. Y como he de mojarme , aun disfrutándolo todo, me identifico especialmente con el siglo XIX y principios del XX. Pero, también confieso que, después de siete años de búsqueda y curiosidad intelectual (en esta caso auditiva) voluntaria y obligatoria a un tiempo, he experimentado una notable transformación ante lo que llamamos, para entendernos, música contemporánea (el Stravinsky de mi juventud se ha convertido, como tantos otros, evidentemente, en un clásico); aunque, bien es verdad, todavía distante de la fascinación que me produce todo el arte contemporáneo. En este caso, sin duda, siglo XX.
Ocho años entregado a la música clásica equivalen casi a una nueva carrera. Si lo llego a saber los aprovecho para hacer la de piano, con la que soñó mi abuela. Pero una vez más me refugio en el convencimiento de que, de ser así, seguramente a estas horas de la película estaría hecho un romántico intratable. Y eso a mi edad es peligroso y desaconsejable.
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