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| LA MÚSICA Y YO |
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Fernando Argenta
Es muy difícil para mí resumir en tan poco espacio lo que ha significado y significa la música en mi vida, tanto en el plano profesional como en el emocional.
Siendo hijo de Ataúlfo Argenta, los primeros recuerdos que yo tengo tienen que ir necesariamente asociados con la música y puedo decir que son todos felices menos los capones que recibía de una "tata" tan querida por mí como temida a la hora de la bronca.
El ambiente que reinaba en mi casa era maravilloso. Ocho personas vivíamos en un pisito de no más de 50 metros cuadrados, en donde había que incluir un piano vertical, un aparato de radio como una lavadora de grande, y una salamandra, que era toda la calefacción que teníamos. Eran años de posguerra y en mi casa no reinaba precisamente la abundancia. Hasta entonces mi padre había sido un humilde pianista que tocaba donde fuera y como fuera para poder sacarnos adelante, pero yo era feliz.
Era feliz yendo una vez al mes a un cine de sesión continua. Era feliz jugando con mis amigos en El Retiro lloviera o nevara. Era feliz comiendo boniato tras boniato y escuchando junto a mis hermanas y mi "tata" las radionovelas con música de fondo de Tchaikowsky, y las canciones de Los Panchos y de Machín. Era feliz escuchando por la radio música clásica, escuchando a mi padre tocar el piano y viéndole estudiar las grandes sinfonías que tenía que dirigir sentado en un sillón, mientras mis hermanas y yo le dábamos la tabarra a su alrededor.
Cuando ya tenía cinco o seis años y por el mamotrético aparato de radio salía una sinfonía de Beethoven o de Brahms, a mí se me iban los brazos. En alguna ocasión, cuando me quedaba solo ante aquella música que me inquietaba en lo más profundo, me apoderaba de una aguja de hacer punto de mi madre y me convertía, por unos minutos, en Ataúlfo Argenta.
Cuando eso ocurría, mi padre ya era Director de la Orquesta Nacional de España y yo tenía seis o siete años. Había asistido a pocos conciertos de mi padre pero los suficientes como para tenerlo claro. Todavía conservo una entrevista que le hizo un periodista a mi padre y en la que terminaba preguntándonos a mis hermanas y a mí (que tendría tres años) qué queríamos ser de mayores. Mi respuesta fue concisa y contundente : "Batuta".
A partir de mis nueve años comencé con asiduidad a asistir a los conciertos de la Nacional, sobre todo a los que daba los domingos por las mañanas en el Monumental Cinema. Iba con mi amigo Max Bragado, hoy un gran director de orquesta, y los dos allí en la penumbra de nuestras butacas nos conmocionábamos viendo a directores de la talla de Carl Schuricht, Sergiu Celebidache, Ernest Ansermet, Pierre Monteux, Hans von Benda, Clemens Kraus, Hans Schmidt-Isserstedt, Igor Markevitch, Eugen Jochum, Sir Malcolm Sargent, Ferenc Fricsay, Lorin Maazel, Mario Rossi, Sir Thomas Beecham, Paul Hindemith, Igor Stravinsky..... y tantos y tantos otros. Pero ninguno nos hacía vibrar como Carl Schuricht, o mi padre.
No es difícil imaginar lo que supuso para mí la brusca muerte de mi padre cuando yo tenía tan solo doce años y él cuarenta y cuatro. No solamente perdí a un padre maravilloso, alegre y feliz en su vida familiar, sino que también perdí a la persona que más admiraba en el mundo. Asimismo se me vino abajo un futuro lleno de ilusiones, tanto por las comodidades y la tranquilidad económica que se abrían ante mi familia - mi padre era ya en esos momentos uno de los diez directores más cotizados en el mundo- como por la desaparición, de la noche a la mañana, del mejor maestro que yo podía tener, el mejor guía para haber intentado llegar a ser, por lo menos, un buen director de orquesta. Eso es lo que me hubiese hecho más feliz en mi vida.
A pesar de lo que supuso para mí, para mi familia, y sobre todo para mi madre, la muerte de mi padre, yo continué soñando en poder subirme algún día al podium de las grandes orquestas del mundo.
Pero en la adolescencia descubrí el "rock'n roll" y mi camino se desvió drásticamente durante cuatro años. Si bien continué yendo a los conciertos y viendo a directores como Kubelik, Giulini, Mehta, Abbado, Muti y, naturalmente bastante a Frühbeck de Burgos, aquellos años se llenaron en un primer momento sustancialmente de canciones de Elvis Presley, Little Richard, Chuck Berry, Los Everly Brothers, Ricky Nelson, Sam Cooke, Cliff Richard y Los Shadows; y más tarde de Los Beatles o Los Rolling Stones.
Pero el pop o el rock no solamente lo viví a comienzos de los 60 como mero aficionado; fui todo un profesional. Durante cuatro años formé parte de "Micky y Los Tonys", uno de los grupos pioneros del rock en Madrid. Grabamos bastantes discos y hasta fuimos protagonistas de la primera película rockera de la historia de España, aunque su horroroso título lo diga todo: "Megatón Ye-Ye".
El capítulo de "Micky y Los Tonys" me desvió de mi camino y es posible que por eso yo no esté ahora viviendo de la dirección de orquesta, pero me dio otra cosa que me ha servido mucho en mi carrera radiofónica y como presentador de conciertos para niños: mi capacidad para conectar con los jóvenes y con la gente..... digamos que de la calle, y así poder transmitirles mejor mi amor por la música clásica.
Al acabar el bachillerato y dejar "Micky y Los Tonys", quise retomar mi secreta y vieja ilusión de ser director de orquesta y para ello hablé en Suiza con el mítico director, Ernest Ansermet. Su orquesta, la "Suisse Romande", me había apadrinado a la muerte de mi padre, a quien adoraban, y me estaba pagando mis estudios.
Llegué a Suiza con la esperanza de poder estudiar música, arropado por semejante colectivo, pero Ansermet me echó un jarro de agua fría: la orquesta quería que yo estudiara una carrera universitaria ya que esa había sido la ilusión de mi padre y, por otro lado, Ansermet pensaba que yo era ya demasiado mayor para empezar una carrera musical.....¡tenía dieciocho años!.
Así que en Madrid estudié la carrera de Derecho, me casé, comencé a trabajar en Radio Nacional de España y al mismo tiempo, ¡qué narices!, me matriculé en el Real Conservatorio de Música de Madrid. En tan solo cuatro años hice cinco cursos de Solfeo, cinco de Piano, cuatro de Armonía, tres de Contrapunto y Fuga, y uno de Composición, además de las asignaturas complementarias, pero se me hacía muy cuesta arriba continuar, puesto que por entonces en la Radio ya hacía tres programas diarios entre los que estaba "Clásicos Populares". Aquello significaba estar más de catorce horas diarias sentado en una silla trabajando sin parar siete días a la semana, y sin vacaciones.
No pude más y tiré la toalla. Como diría Freud, tuve que matar a mi padre, tuve que olvidarme de lo que había sido la gran ilusión de toda mi vida, y poner mi pensamiento única y exclusivamente en la Radio.
Hice todo tipo de programas musicales, dirigí las emisoras de Radio 3 y Radio 1, he conseguido importantes premios con "Clásicos Populares", soy un privilegiado que vivo rodeado de cariño y tengo el reconocimiento de muchas personas en mi país. Realizo un trabajo interesantísimo y apasionante que me permite llevar la música clásica todos los días a cientos de miles de oyentes en toda España, presento al año más de ochenta conciertos para niños, muchos de ellos con grandes orquestas sinfónicas, produzco discos de música clásica que se venden por cientos de miles, escribo artículos, libros, doy conferencias...... pero sigo y seguiré siendo un frustrado director de orquesta.
Aún así, desde el año 80 he tenido la enorme suerte de poder rebajar ese nivel de frustración ya que en más de setenta ocasiones me he puesto al frente de diferentes orquestas sinfónicas españolas o extranjeras. Eso sí, siempre contando con su ayuda y con la verdad por delante: yo no soy un director profesional y apenas sé dirigir. Lo que sé, lo sé por intuición y genética. Soy únicamente un enamorado a tope de la dirección de orquesta; un enamorado a tope de LA MÚSICA.
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