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| LA MÚSICA Y YO |
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Eduardo Sotillos
Mi negro objeto del deseo es un viejo piano al que ahora le falta un pedal y cuyas teclas amarillean como nicotinizadas, las que sobreviven. Es un piano fabricado en Dresden por Emil Ascherberg, junto al que he nacido escuchando a una mujer que interpretaba las canciones populares de García Lorca y con otro guiño de complicidad, moderadamente, el "Himno de Riego". Era mi madre. Es, afortunadamente, mi madre que desde hace años no pone reparos en enseñar a sus nietos, aunque sea con dos dedos, a tocar lo que ella llama todavía "La Marcha Real". Conmigo ha fracasado, hasta en eso. Me refiero a mi incapacidad para coordinar los dedos incluso ante el teclado del ordenador.
Lo que importa es que me criaron entre música y que una buena parte de mi disposición a ser un aceptable oyente se lo debo a otra mujer que merecería haber nacido en otra época y no en aquella España que malograba, en función de la cuna, biografías que se hubieran enriquecido con un normal acceso a la cultura. Se llamaba Angelita, enamoraba a mis profesores cuando me iba a buscar al colegio y se cuidaba de ocultar el uniforme bajo el abrigo que le había regalado mi madre. Amaba la ópera y yo la amaba a ella mientras en una vieja gramola importada por la Compañía Francesa del Gramophone, me hacía oír -discos de pizarra- a Titta Ruffo y Maria Galvany en "Il barbiere di Siviglia" o a Elena Ruskowska en "Aida".
Tenía Angelita una extraordinaria sensibilidad artística de la que me hacía cómplice, confiada, hasta que un día la invité a contemplar juntos aquella ilustración de "La Divina Comedia" en la que Gustavo Doré dibujaba voluptuosamente a Francesca de Rimini transportada a los infiernos en brazos de su amante. «Mira, poeta, esos dos que van volando...»
He sido luego inconstante asistente a los Conciertos del Monumental y, pronto, la voz anónima que presentaba en el Tercer Programa de Radio Nacional unas sesiones operísticas que deberían acabar a las tantas de la madrugada si no fuera porque el encargado del control, un viejo barítono de zarzuela, no tomara la iniciativa de eliminar por su cuenta y riesgo los recitativos y otros pasajes que, a su juicio, solo servían para enturbiar la calidad global de la obra. Jamás hubo una protesta.
En esta relación de profesores merece capítulo aparte José María Quero, a quien después yo pediría que se hiciera cargo de la dirección de Radio 2, ahora Radio Clásica. De él fue la idea de construir un programa, "Esto es música", en el que los clásicos fueron comentados desenfadadamente por un insensato que, con el solo apoyo de unas notas a mano, transmitía sus emociones en sintonía con una marcha fúnebre o el nacimiento de la primavera. La gente de la UER tuvo a bien galardonar esa osadía con el "Premio Jacques Antoine" a la innovación radiofónica. Y como todo es mejorable, ahí están Fernando Argenta y Araceli González Campa consagrando la fórmula en "Clásicos Populares". Chapó.
Ahora sigo teniendo maestros a mi alrededor. Paz Ramos, que me selecciona lo que debo oír, y José Luis Pérez de Arteaga, que me explica cómo debo hacerlo.
Para que estas líneas no parezcan excesivamente amables, necesito gritar que odio a quienes aseguran que escuchan la música clásica como fondo mientras trabajan y que ni el encanto y el poder de persuasión de la compositora Consuelo Díez, han conseguido que traspase la frontera de Stravinsky, Schönberg y Falla más allá de la curiosidad intelectual o la obligación profesional. Por lo que pido humildemente perdón y por lo que sé que nunca podré llamarme melómano. Nadie es perfecto.
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