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 LA MÚSICA Y YO
 
Ramón Luis Valcárcel Siso
Presidente de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia


Por tópico que resulte decirlo, es bien cierto que mi relación con la música arranca de la niñez. No es que se diese en mí una particular inclinación a la melomanía, pero tuve la fortuna de crecer en una familia en la que se nos enseñó a escuchar -en todos los sentidos- y recuerdo con un punto de nostalgia mi descubrimiento del "Cascanueces" de Tchaikowsky o de la "Pastoral" de Beethoven, con la ayuda de de mi padre y de un viejo "pick-up" que hoy pondría los pelos de punta al aficionado menos exigente.

Curiosamente, no retengo con tanta claridad mis experiencias musicales de la adolescencia. Aunque, si bien lo pienso, tampoco es de extrañar, porque bastante tuve por entonces compaginando la preocupación del bachillerato con intereses que, excepción hecha de mi equipo de fútbol, cambiaban casi cada semana. Sí tengo claro de esa época el descubrimiento de Dvorák con la "Sinfonía del Nuevo Mundo", un impacto sonoro que, sin que yo sepa por qué, se mezcla en la distancia con la "Novena" de Beethoven y con unos Beatles que comenzaban a asomar por nuestro país. Algo más tarde, ya casi en la universidad, fui perfilando mi gusto musical y centrándome en los que, con el tiempo, han venido a ser mis autores más cercanos. También de esos días universitarios me viene la tendencia a escuchar música solo, sobre todo cuando estoy ante alguna versión nueva. Con todo, soy tolerante cuando me interrumpen y no me molesta que haya gente a mi alrededor.

Desde siempre, escuchar música ha tenido para mí un efecto sedante -no en el sentido de aletargamiento, sino en el de lucidez-, y no es raro que eche mano de algún disco cuando tengo en la cabeza algo que considero importante. En esto, como cuando compagino música y lectura, elijo siempre obras que conozco bien; si no es así, prefiero dedicar a la audición un tiempo en exclusiva y desconectar por completo de lo que me rodea. Por lo demás, no dispongo en los últimos tiempos de muchas ocasiones para el directo. Cuando me es posible, me doy la satisfacción de un concierto en el Auditorio de Murcia, donde directores como Celebidache o Solti me llegaron a premiar con intervenciones que son ya, lamentablemente, irrepetibles. Sin embargo, lo normal es que deba conformarme con los discos que escucho por la noche, ya algo tarde, y los fines de semana que estoy en casa. Tengo que decir, no obstante, que saco buen partido a estos momentos y que me desquito con largueza durante las vacaciones, aprovechando que mi mujer y mi hija, que conocen bien mis gustos, suelen regalarme discos sin esperar a ocasiones señaladas.

En cuanto a gustos, soy oyente "de amplio espectro" -¡imagínense que Verdi y Wagner comparten mi casa sin que surja ningún conflicto...!-, pero tengo mis preferencias, claro está. No escondo, por ejemplo, mi inclinación por las sonatas de Beethoven -¿se acuerdan de aquella serie incompleta que emitió Televisión Española, a una hora endemoniada, a cargo de Daniel Barenboim?- y confieso mi debilidad por el "Segundo Concierto para piano" de Rachmaninov, por cualquier cosa de Mozart que se ponga en mi camino y por las pequeñas piezas de Erik Satie. Junto a esto, quizá sean Dvorák y Debussy los autores con los que me siento más cómodo, aunque todo depende del momento y en ocasiones, cuando necesito cargar baterías, opto por Eric Clapton o por la llamada música de raíz. No se pierdan, si pueden, las grabaciones de gente como The Chieftains, Milladoiro o Liam O'Flynn.