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| LA MÚSICA Y YO |
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Manuel Alcorlo, pintor
Yo creo que la mayoría de los pintores amamos la música profundamente, tenemos además la gran suerte de oírla mientras pintamos.
Mi relación con ella fue siempre de lo más cordial y gratificante. Desde niño tengo grabados en mi memoria tantos temas de Schubert, de Haendel... Sin duda, aliviaron mucho mis años de hospital, esos años duros, grises y carenciales de la postguerra.
A pesar de todo y con el milagro de la radio de galena, pinchando, pinchando ese pedrusquín, se producía el milagro maravilloso de oír a Yehudi Menuhin tocando Mozart, Beethoven o Mendelssohn. Este deslumbramiento fue el estímulo para estudiar un poco el violín
Ya en la escuela de Bellas Artes y entre los espacios que me permitían las clases aprovechaba para estudiar este instrumento y el solfeo, saltaba pues de los modelos pictóricos, de Vesalius y su "Humanis Corporis Fabrica" a la otra anatomía intangible: La Música.
También he conocido violinistas como Miguel Amador que pintaban hermosos paisajes y hemos hecho música en nuestras exposiciones.
Con los años y las peripecias de la vida, he tenido ocasión de ver y oír a tantos genios entrañables como por ejemplo a Stravinsky en Roma. Era una vez ya muy viejecito, dirigiendo en la Iglesia de Santa María Sopra Minerva "Las bodas". Había tanta gente que tuve que sentarme en el suelo ¡pero qué suelo! Era la tumba de Fray Angélico...
En Siena estaba entonces realizando un trabajo para la Academia de Roma. Asistí a alguno de los ensayos del gran Celebidache. Mi amigo Carmelo Bernaola me lo presentó y nos invitó a comer con él.
He tenido y tengo la fortuna de haber conocido muchos músicos, muchos amigos. Algunos me han dedicado sus obras, como Amando Blanquer, Carmelo Bernaola, Agustín González Acilu.
Para mí es muy entrañable pensar que he realizado cuadros para compositores como Antón García Abril, para violinistas como Kriales, Morillo, Agustín León Ara, pianistas como Miguel Zanetti, Cristina Bruno...
Tengo el recuerdo para siempre vivo de mi amigo Antonio Gorostiaga. Nunca escuché Bach, sus partitas y sonatas como él las recreaba. Una indescriptible emoción nos embargaba a todos cuando generosamente las tocaba para los amigos, en aquella inolvidable casa de María y Climens Linzen.
De niño también conocí a Esteban Sánchez, el malogrado pianista, músico genial, muchas veces me llevaba al conservatorio... Con él escuchaba sus ensayos de Albéniz, Beethoven, Mozart y todo lo que se le pusiera por delante. Después, ya en mi época de pensionado en la Academia de Roma (1960-64) coincidimos de nuevo y le escuché algunos conciertos que dio allí.
Siempre me conmovió la generosidad de los músicos que he conocido y de los que ya no están con nosotros. De todos he aprendido.
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