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 LA MÚSICA Y YO
 
Julio López Hernández, escultor

Desde muy pequeño la música desentrañó para mí el descubrimiento de un mundo mágico y distinto al que nos rodea cotidianamente. Yo vivía en una barriada extrema, cerca de Tetuán de las Victorias, en medio de un ambiente obrero y con el trasfondo de una posguerra muy dura. En ese mundo, una de las liberaciones más encantadoras que podíamos tener era escapar los fines de semana y acudir a los conciertos del Retiro. Allí accedíamos con auténtica devoción a universos tan apasionantes como el de la "Obertura 1812". Mi familia, qué duda cabe, también ejerció una influencia importante. Algunas obras que amas desde niño, como "Sheherezade" o "En un mercado persa", no son otra cosa que frutos de la herencia paterna. Y es así como vas adentrándote en este mundo.

Más tarde, siendo ya alumno de la Escuela de Bellas Artes, solíamos organizar reuniones juveniles en el estudio de algún compañero afortunado que tenía un local un poco más grande. Allí nos reuníamos, a veces invitando a chicas para bailar y oír algunas canciones francesas que nos parecían más intelectuales. Pero al avanzar la tarde y acercarse la noche, cuando llegaba la hora en que las chicas tenían que regresar a sus casas, nosotros permanecíamos allí mucho más tiempo aún. Era entonces cuando descubríamos "La consagración de la primavera" o el "Concierto para la mano izquierda" de Ravel. Ese fue el caminar de mi afición a la música. Luego, paulatinamente vas creciendo, oyendo más cosas y depurando tus gustos: Tchaikovsky -que a lo largo de mi vida siempre ha tenido mucha fuerza y que se resiste a dejar de ser importante-, Brahms, Beethoven... ¡Beethoven! Es una constante en mi vida. Lo aprovecho egoístamente. Me sirve de aliento, me empuja a trabajar. Que te acompañe su música es una manera de avanzar sin cansancio. El entusiasmo de su obra, el aliento que imprime, es una de las cosas que me han influido y con la que he convivido más a gusto. Qué duda cabe que Mozart también me maravilla. Pero a Mozart le falta ese punto de emoción. Mozart más bien me asombra en el sentido de su genialidad. No es carnal, no es apasionado... pero está ahí, en un punto misterioso en el que no llega a ser un romántico, no parece que sienta las cosas humanamente y sin embargo es un hombre que preside a todo lo humano, está por encima de las pasiones humanas. Y claro, me tiene atrapado. Otro momento muy emocionante se produjo a finales de los 50, con el descubrimiento de la música de Gustav Mahler. Lo primero que escuché de él fue su "Cuarta Sinfonía". De repente empiezas a encontrar multitud de conexiones con un paisaje poderoso y misterioso, como podría ser el de la Selva Negra. En esta larga trayectoria he descubierto la belleza de la voz humana, que puede llegar a ser estremecedora. El "Canto de la Tierra" es una de las piezas que ha presidido muchas de mis tardes. A lo mejor en el momento de modelar una medalla, tranquila y serenamente, con una luz ya de atardecer, la "Canción de la Tierra" cobra una dimensión magistral.

Y es que indudablemente hay músicas que te pueden acompañar a la hora del trabajo. En mi caso debe ser una música no demasidado incisiva o que exija una atención plena; que quede en un segundo plano -de otra forma no podría oír música-. Y es ahí donde reaparece Beethoven que me sirve por lo que tiene de entusiasta, de alentador, por su empuje inacabable; parece que se va a acabar y vuelve, siempre vuelve. Considerándolo en este sentido también podría citar a Brahms. Y el colmo de esa angustia por salir a flote lo encuentro en Bruckner.

Reconozco, sin embargo, que me cuesta trabajo alcanzar la música contemporánea. Llego a Schönberg aunque no he conseguido hacerme con él. Quizá debería tener más atención, ser un aficionado más generoso e ir en su busca, pero me reservo mucho tiempo para la escultura y en ese sentido me considero un egoísta de la música, porque quiero que repercuta en beneficio de mi obra. No para que la música sea directamente reflejada -ya conocemos el antiguo debate que desde siempre se ha planteado entre la interacción de las artes-, pero qué duda cabe que por alguna vía de conexión siempre quieres lograr en tu escultura ese algo que tiene la música. A mí me sucede y no me lo planteo como una transgresión, aunque de hecho la música siempre se ha considerado como del reino del espíritu mientras que la escultura pertenece al reino de la materia.

Quizá el punto de enlace que la música tiene con todas las demás artes -y en esto coinciden muchos escritores y poetas- reside en su capacidad para lograr la emoción. Yo quisiera que la escultura emocionara igual que la música. Sé que es imposible. No puede ser. Sin embargo recuerdo haber leído a Thomas Mann en "Doctor Fausto" acerca de la relación que podía existir entre la belleza de una partitura -una belleza exclusivamente gráfica- con la belleza sonora que esa partitura indicaba. Y por ahí pueden cruzarse los caminos de la música y la escultura. Esta idea de Mann la empleé para reflejar la partitura de esa escultura que llamo "El revés del aire", que está ubicada en el Auditorio Nacional y que es un homenaje a la música -especialmente la de piano-, en la que una figura alada se repite, indicando así el movimiento de traslación de lo sonoro. Lo acompañé con una de las frases en las que Thomas Mann se basó para hacer aquella analogía de bellezas entre la partitura y la música: "oír con los ojos es una de las agudezas del amor". Por esa vía quizá se justifique mi sueño de que la escultura pueda emocionar lo mismo que la música. Es difícil puesto que pertenecen a mundos diferentes, aunque ya Rainer María Rilke habló en su momento de "componer con palabras lo que con pinceladas realiza Cezanne".

En otra de sus obras capitales, "La Montaña Mágica", Mann definía la música como "políticamente sospechosa" porque tiene la facultad de arrebatarnos de tal manera que el margen que nos deja para el raciocinio es pequeñísimo, nos somete y nos atrapa.