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| LA MÚSICA Y YO |
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Jaime Lissavetzky, Ex consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid
Por lo común, uno toma contacto con la música a través de la experiencia de los padres. En mi caso, fue el hogar familiar, inmerso en la realidad de los años cincuenta -nací en 1951- el primer lugar donde se fraguó una cierta sintonía con la creación musical. En aquellos años sin televisión -o con los primeros mamotretos en blanco y negro de imprecisa imagen y sonido de escasa calidad-, en mi casa y en las de mis amigos eran dos los canales a través de los cuales uno tomaba contacto con la música: la radio y los tocadiscos. Como se puede evidenciar por mi apellido, las primeras piezas de música clásica de las que guardo memoria eran las que correspondían a las aficiones de mi padre, que era gran aficionado a la música de raíz eslava y que tenía numerosos discos de compositores rusos. Recuerdo las tardes de mi infancia escuchando, como rumor de fondo, piezas de Tchaikovsky o de Borodin en el comedor de casa, composiciones que a veces se alternaban con músicas de Albéniz o Falla y con alguna que otra pieza de Mozart o de Verdi. Esos primeros recuerdos, que educarían mi sensibilidad aunque no me convertirían, todo hay que decirlo, en un melómano apasionado, se mezclan en mi memoria con otros que quizá viví con mayor intensidad: las largas sesiones de radio, a cuyo través me llegaban, en un espacio creo recordar que de Radio Intercontinental titulado "Peticiones del oyente", las más diversas manifestaciones de la música popular de la época: tangos, la copla -con una intérprete que descollaba sobre el resto: Concha Piquer-, la música melódica americana de los 40/50 -Bing Crosby, Sinatra, Nat King Cole, Belafonte, entre otros- y cierta música francesa todavía marcada por los tonos grises de la Europa de posguerra: Edith Piaff, el entonces jovencísimo Brassens, Aznavour, el también muy joven cantante belga Jacques Brel.
Esos recuerdos de música escuchada en casa se complementan con la asistencia, junto a mis padres, a algunos conciertos en el Real -recuerdo las largas colas de la época- en los que tomé contacto, de un modo más intenso, con los compositores clásicos españoles.
Como gran parte de las gentes de mi generación, en mi etapa escolar di clases de canto. Aunque intentaba aplicarme al máximo, he de decir que no sobresalía en exceso en aquella disciplina. Después, con el paso del tiempo y dedicado a tareas profesionales tan alejadas de la música como la investigación científica en el ámbito de la química, echaría de menos no haber tenido una más sólida y continuada formación musical.
A lo largo de los años sesenta, ya de camino hacia la adolescencia, mis aficiones musicales, aun manteniendo los vínculos inevitables con la música clásica -Beethoven, Brahms, Rachmaninov, Rossini- estuvieron marcadas por la creciente influencia de la música moderna, especialmente por el binomio pop-rock: a la música ligera que llegaba de Estados Unidos representada por Paul Anka o por Elvis Presley, al jazz, a la voz cascada de Louis Armstrong, se añadiría el conocimiento de un grupo que conmocionaría el panorama musical del momento: Los Beatles. En ese terreno, recuerdo con especial intensidad la polémica que se estableció -y que, en cierto modo, todavía pervive- entre Los Beatles y Los Rolling Stones, una polémica que, en el fondo, serviría para que uno y otro grupo ocuparan un lugar insustituible en la historia de la música moderna, y que tendría su versión hispana en la pugna entre Los Bravos y Los Brincos. Después, ya en la Universidad y tal y como les ocurriría a los hombres y mujeres de mi generación que se decantaban por ideas progresistas, comencé a acercarme a la música de los cantautores, a lo que entonces se llamó "canción protesta": Serrat, Raimon, Ovidi Montllor. Fue un acercamiento un tanto desordenado que se simultaneaba con la creciente actividad en favor de la democracia y con la audición de cantautores americanos como Bob Dylan, Joan Baez, Pete Seeger o Leonard Cohen -magnífico poeta-, sudamericanos como Víctor Jara, o Pablo Milanés, entre otros, o nuevos grupos que, de alguna manera, serían adscritos por los especialistas a lo que se daría en llamar "rock sinfónico" como Pink Floyd o Jethro Tull.
Como se puede comprobar, mi relación con la música ha sido una relación "mestiza" y multipolar. No podría establecer una preferencia clara entre la música clásica y la música más popular. Digamos que con ambas me une una relación de amistad, de fiel aficionado.
Esa afición, todo hay que decirlo, se acrecentó en la etapa en que, como miembro del gobierno de la Comunidad de Madrid, asumí la responsabilidad de Cultura, que se añadió a las competencias de la antigua Consejería de Educación. En aquella etapa comprendí la enorme importancia que tiene la formación musical en el proceso educativo. Si en los años anteriores nos habíamos empeñado en potenciar las Escuelas Municipales de Música y en crear nuevos Conservatorios con el fin de equipararnos con las regiones más avanzadas de Europa, cuando fueron asumidas las competencias de Cultura me di cuenta de la importancia que tenía -y tiene- la acción institucional en la promoción y la extensión de la música comenzando por la escuela y la primera enseñanza. Pero también recuperé una vieja afición: asistir a conciertos. Si antes esa afición había quedado un tanto relegada por dedicaciones profesionales y políticas acuciantes, a partir de aquel momento, la obligación institucional de asistir a numerosos conciertos, a estrenos de óperas o a representaciones de ballet, tuvo la virtud -no me importa reconocerlo- de reconciliarme con una práctica abandonada y, sobre todo, a conocer, en directo, el quehacer tanto de la Orquesta Sinfónica de la Comunidad de Madrid -una orquesta emblemática- como de la Orquesta Joven y, junto a ello, el de numerosos colectivos que en la región de Madrid, ya sea desde la enseñanza musical, ya desde el campo de la divulgación en los distritos, barrios y pueblos, estaban empeñados en extender en nuestra Comunidad una auténtica cultura musical.
También acrecentó mi afición por la música el enorme esfuerzo desarrollado, junto a los responsables de entonces del Ministerio de Cultura, por dotar a Madrid de un auténtico Teatro Lírico, por restaurar y adaptar a las nuevas necesidades -y a la condición de Teatro de la Ópera- el Teatro Real, un esfuerzo lleno de complejidad y de dificultades que ha dado sus frutos. Hoy, Madrid puede vanagloriarse de contar no sólo con un Auditorio, como el Nacional, de primerísimo nivel, sino con un Teatro Lírico equiparable a cualquiera de los mejores teatros líricos de Europa.
Pero, con ser importante ese paso, quien viva la afición por la música, quien entienda el enorme valor de ésta en la conformación de la sensibilidad de los ciudadanos, no puede conformarse con que Madrid cuente con tales equipamientos. A mi juicio, es necesario dedicar un parecido esfuerzo al impulso de nuevos públicos, a la formación de nuevos aficionados -y, si ello fuera posible, de nuevos apasionados-. La viva y rica red de Centros Culturales, de Auditorios, de Teatros municipales con que cuentan nuestros pueblos permiten que las administraciones -ya sean autonómica o locales- realicen esfuerzos en esa dirección. Se echa de menos la interrelación entre estas infraestructuras y la actividad escolar: crear pequeñas orquestas, convertir la música en parte inseparable de la vida cotidiana.
Releo estas notas y me doy cuenta que de mi relación con la música he derivado a la relación de la música con la sociedad -o viceversa-. De ello extraigo una conclusión: ambas interrelaciones son inseparables. Tal vez por eso, cuando escucho una pieza musical, o cuando me dispongo a leer un buen libro con un fondo de música clásica, o cuando asisto a un concierto, no puedo evitar pensar que, junto al valor cultural que, en sí misma, la música contiene, tiene también la virtud de ser uno de los más fieles acompañantes del hombre, un acompañante al que la sociedad -la política- tiene que dedicar recursos y esfuerzos.
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