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 LA MÚSICA Y YO
 
Peridis. La música es buena para las piedras y mejor para el empleo

A la vera de las colinas en la Montaña Palentina, se yerguen la solitarias iglesias y ermitas románicas que desde la atalaya de sus esbeltas espadañas lloran con el silencio de sus campanas la despoblación de los campos circundantes y la ruina de unos pueblos antaño florecientes.

Peor era la suerte que había corrido antaño el espléndido y glorioso monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campóo, expulsados sus monjes premostratenses, arruinadas sus fábricas, hundidas su bóvedas y despojado el claustro de sus mejores capiteles.

Cuando acudimos en socorro de los lugareños allá por el año 1997 con la asociación de Amigos, pensamos que la Música, el Teatro y la Poesía, a falta de otros recursos, eran el alimento indispensable para el renacer de las piedras antes de cualquier intervención restauradora.

Era menester llevar la música a los desolados claustros y las solitarias naves de las ermitas del entorno, en romería y como señal de solidaridad y renacimiento, para conocer y dar a conocer nuestro pasado, para visitar y acompañar a los escasos habitantes de los solitarios pueblos, para comprobar el estado del deterioro de los templos. Y para sembrar la esperanza de una recuperación venidera, pusimos en marcha las Semanas del Románico Palentino, que fueron un hito y una experiencia inolvidable para los que las organizamos y disfrutamos. Las romerías discurrían más o menos del siguiente modo:

Salida del Claustro del Monasterio de Santa María, donde se había dado cita a un grupo de música antigua como el Seminario de Música Antigua de José Rey o Pro Música Antigua de Miguel Ángel Tallante y otras veces a la Joven Orquesta de España que intentó formar Jorge María Rivero y que dirigía siendo un adolescente Víctor Pablo Pérez.

Al principio nos acompañaba recitando poemas Antonio Gala, y como animador permanente cantábamos con un juglar incomparable como Santiago Amón y procurábamos integrar a grupos de Teatro como el grupo Buho de Magallo, entre los doscientos animosos romeros de la comitiva.

De templo en templo, de prado en prado y de pueblo en pueblo, aquella muchedumbre itinerante iba conociendo, mejor dicho reconociendo y en cierto modo recuperando su memoria histórica al hilo del recitado de Gonzalo de Berceo, de la representación teatral de los clásicos en la penumbra de los ábsides y del brillante fulgor de los violines o el lamento de los orlos o el clamor de las trompetas y las trompas con la inevitable referencia explicativa de las arquivoltas, de las ménsulas y canecillos y el asombroso descubrimiento de las miradas murales de los apóstoles pintados profusamente por el Maestro de San Felices

Al mediodía llegaba el momento de buscar el sombreado prado con la cristalina fuente para dar buena cuenta de las generosas fiambreras con el acompañamiento del inevitable vino de la Ribera del Duero.

Finalizado el yantar, los mismos músicos que habían sonado a lo divino en las iglesias tocaban en la campa a lo profano valses, pasodobles o música popular con sus delicados instrumentos para que los jóvenes y no tan jóvenes danzaran entre la verdura de las eras.

Al caer la tarde, después de terminada la gira, alguno de los curas que iban camuflados en la romería oficiaba la misa en el último de los prados que daban vista a la iglesia lejana para que los creyentes no se quedasen en ayunas de la palabra divina después de haber peregrinado a lo profano por cinco o seis iglesias románicas.

Año tras año, durante un decenio, se repitieron metódicamente las romerías-concierto del Románico en los calurosos días de agosto en torno a Nuestra Señora.

Ahora, al cabo de más de veinte años, otra romería no menos jubilosa de jóvenes restauradores ha sustituido a los romeros en su visita terapéutica de las ruinas, las decaídas piedras y desfallecidas pinturas murales que primero parpadearon con la música y ahora resplandecen restauradas por las manos expertas y jóvenes que han tomado el relevo de la tarea recuperadora que en su día la música, el teatro y la poesía comenzaron.

Como es bien savido, Joaquín Almunia es un gran aficionado a la música. Doy fe de ello puesto que más de una vez he coincidido con él en una velada de ópera. Así ocurrió en la primavera de 1985 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid durante la representación de "I due Foscani" para mí inolvidable por las razones que paso a referir.

Por aquellos años se empezaban a disparar las cifras del paro, y sobre todo del paro juvenil, y a la sazón Joaquín Almunia era Ministro de Trabajo.

La experiencia de recuperación del Patrimonio Artístico en Aguilar de Campoo nos había demostrado la posibilidad de formar y emplear jóvenes en los viejos oficios sin necesidad de grandes inversiones, pero con grandes dosis de entusiasmo y motivación. la inmediata incorporación de España a la Unión Europea auguraba nuevos recursos para luchar contra el desempleo. Hete aquí que en el descanso de la ópera citada me topo de frente con el ministro competente y responsable de los asuntos de empleo acompañado (o acompañando, que nunca se sabe) a Narcís Serra, ministro de Defensa de la Patria y conocido aficionado a la música en general y al piano en particular.

Pasados los saludos de rigor y los comentarios sobre la actuación de los divos, le espeté a Almunia a bocajarro: "¿Qué piensa hacer este gobierno con esos cientos de miles de jóvenes en paro?" "Hombre, -me dijo- ya estamos aplicando el plan de Formación e Inserción Profesional de Jóvenes". "Es totalmente insuficiente" -señalé. "¿Tienes alguna idea?". "Pues sí -le dije mirándole fijamente a los ojos.- Se podría formar y dar trabajo a miles de jóvenes marginados y sin empleo en las Escuelas Taller". Y me lancé (sin probar apenas los canapés con que obsequiaban a las autoridades en el intermedio) a la más concienzuda explicación de lo que yo pensaba que podía ser un novedoso e imaginativo programa que financiara la imaginación y no el desempleo. Ante mi desmesurado entusiasmo y temeroso de perderse la segunda parte del concierto, me dijo cambiando de tercio: "Ven a verme al Ministerio y me lo terminas de contar".

Así lo hice, acompañado del entonces presidente de la Federación de Municipios y Provincias y Alcalde de Valladolid, Tomás Rodríguez Bolaños, con cuyo respaldo argumental terminamos de convencer al receptivo y melómano ministro.

La experiencia de las Escuelas Taller se puso en marcha, como una iniciativa pública de empleo que ha permitido restaurar, entre otros muchos monumentos, las iglesias y ermitas románicas del Norte de Palencia, que primero fueron animadas por la música de las romerías-concierto y ahora son restauradas primorosamente por los jóvenes de las Escuelas Taller, de modo que podemos afirmar sin sonrojo que la música es buena para las piedras y mejor para el empleo.