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 LA MÚSICA Y YO
 
J.J. Armas Marcelo

Escribo mis novelas y relatos con Schubert al fondo del oído: sus piezas para piano, cuando es Alfred Brendel quien lo toca, me llevan hasta un mundo lleno de sugerencias y se me acercan a mi imaginario, un universo que sólo existe mientras escribo mis novelas y relatos. Pero en el principio, hace más de cuarenta años, mi infancia es el recuerdo de un patio del colegio de los jesuitas de Las Palmas de Gran Canaria, un campo de fútbol -de asfalto duro, lleno de baches- en el que nos batíamos las pasiones, en los tiempos de ocio y recreo, los virtuosos de la pelota: no se asusten, recuerden a Albert Camus y, entre nosotros a Chillida. Al fondo la música de los altavoces se desperdigaba por los aires: los jesuitas nos hacían jugar con música de fondo, la marcha triunfal del "Aida", el "Bolero" de Ravel, y de ahí, sin solución de continuidad, saltaba a "El Sitio de Zaragoza", la voz de Kraus, algo de Carusso, el piano de Schubert, ahí está la vaina, el recuerdo, el paladar infantil del oído. El gol sonaba a veces, lo recuerdo bien, con la marcha de "Aida": aún los asocio en aquel pasado que no fue mejor.

Más tarde escribí, en 1976, "Estado de coma", la tragedia de un hombre, Juan García el Corredera, una muerte injusta con garrote vil, un asesinato del franquismo. Un experto en música, compositor frustrado que utiliza para firmar sus críticas el nombre del monje Martín Codax, quiso escribir una ópera de la novela. Tres actos, dijo, con escenografía de Manolo Millares. Al final, fuese y no hubo nada.

Seguí escribiendo novelas, como si tal cosa, la noche quedó atrás, mezclé mi oído de krausista impertinente con el Classical de Barbra Streisand, Beau Soir, Lascia ch'io, Monduarcht, por ejemplo y no me moví mucho en esa exégesis de mis negros americanos -Ellington, Franklin, Ella Fitzgerald- , porque me parecen una continuación de la gloria clásica de la música, hasta llegar a Philip Glass, "Songs from liquid days": ya sé que no todo el mundo piensa lo mismo, más bien casi nadie, hablo de gustos personales, de experiencias de mi imaginario de escritor; pero me interesan mucho más esos bosques llenos de sugerencias que el número meramente comercial del viaje por el mundo de los llamados tres tenores.

Al abogado de Juan García el Corredera, Alfonso Calzada Fiol, en cierta medida un melómano, le traje de Nueva York casi todo Pavarotti -no lo encontraba entonces en España, al menos como él quería-, y también me aficioné a esa voz extraordinaria que ahora ha perdido tanto gas. De eso hace muchos años, pero recuerdo que en 1979, cuando se publicó mi novela "Los dioses de sí mismos", que fue escrita como una gran sinfonía generacional -en tres actos: la revolución, la transición y el cambio-, Teddy Bautista, músico y compositor, Carlos Villarrubia y yo comenzamos a escribir otra ópera -en tres actos, claro- que contara encima de un escenario la ópera misma de nuestra existencia a través de la música, desde Mozart al para mí inevitable y necesario Schubert, con el piano tirando de la imaginación hacia la literatura. Pero, otra vez más, fuese y no hubo nada: sólo un proyecto, como otros, a nuestra imagen y semejanza. Y van dos matrimonios frustrados con la música, si ustedes quieren.

Por eso envidio sanamente que un voluntarista tan extraordinario como mi amigo Mario Vargas Llosa se aplicara con disciplina compulsiva a aprender música clásica. Fue hace siete años, más o menos, y hoy es un asistente apasionado a los más relevantes festivales de música clásica del mundo, empezando por Salzburgo. Ahora me sorprende de cuando en vez, en cada una de nuestras tenidas, con sus comentarios de experto en música clásica, un monólogo, más bien, del que aprendo mucho. De lo que se desprende que la música es una disciplina que se estudia en los primeros años -¡qué carencia y qué pena la escuela española, tan lejos tantos años de la música!- o hay que hacer un esfuerzo de voluntad y conviccion ya de mayor para entender, participar, gozar de verdad del hedonismo sobrenatural que se esconde en los secretos de la ópera y la música clásicas. Nunca es tarde si la dicha llega.

Mientras tanto, escribo con Schubert. Es una fidelidad pasional, pareja con los años, con el piano -instrumento favorito-, con Schubert y con Kraus. Este gigante me enseñó entre otras muchas cosas que hoy en día no se debe hacer nada profesionalmente sin rigor estético y sin valorar ese mismo trabajo económicamente. «En tu tierra, cobra el doble todo lo que te pidan: es el mejor modo para hacerte respetar», me enseñó el maestro. Llevé a la práctica el consejo de Kraus y, aunque me acarreó la enemistad -gracias por el odio- de quien exhibe sus frustraciones musicales bajo el seudónimo de Martín Codax, sé hoy que el maestro tenía toda la razón. Sé, por ejemplo, que pasan las personas al olvido, que es mentira que las instituciones permanezcan -ni siquiera existen de verdad- y que lo único grande y perdurable es el recuerdo, la memoria de lo que somos, creemos y creamos: la música de Schubert, el piano, la voz líricamente insuperable de Alfredo Kraus, entre otras cosas eternas.