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| LA MÚSICA Y YO |
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Jordi Solé Tura
Efectivamente, me considero un melómano, pero que carece de una auténtica cultura musical. Soy, literalmente, un autodidacta que aprendió a apreciar la música a trancas y barrancas sin ningún maestro ni ningún melómano de verdad que me enseñase el camino a seguir.
Mi primer contacto con la música en las largas horas nocturnas de mi oficio juvenil de panadero fue la radio. A través de ella empecé a apreciar algunos de los fragmentos más conocidos de la música clásica, de los grandes dúos o de las grandes arias de la ópera, el jazz y la canción ligera entre los doce y los veinte años. Pero lo que más me interesó fue la batalla por la recuperación de la sardana, increíblemente prohibida por el régimen de Franco durante los seis o siete primeros años posteriores al final de la guerra civil. Cuando se levantó la prohibición me convertí en un auténtico activista, como secretario de una agrupación sardanista y como organizador y cabeza de fila de un grupo que participaba en los diversos concursos que se multiplicaban en las diversas comarcas de Cataluña.
Pero un día, ya entrado en la veintena, con mis amigos de Mollet del Vallés, mi pueblo, decidimos ir al Liceu de Barcelona, llevados por la curiosidad. Tras una larguísima cola conseguimos encaramarnos al último piso para asistir a la representación de una ópera que no conocíamos, "Boris Godunov", nada menos, interpretada por un bajo que tampoco conocíamos, el gran Boris Christoff. Para mí, fue un impacto tremendo. Nunca he olvidado aquella representación, aquella música inmensa, aquella voz maravillosa.
Fue mi primer y decisivo contacto con la ópera. Después hubo un poco de todo. Ir al Liceu no era fácil, dados nuestros escasos recursos económicos y en más de una ocasión nuestro entusiasmo se frustró con representaciones de baja calidad y pésima escenografía, hasta que otro gran acontecimiento nos levantaba el ánimo, como una maravillosa representación de "Porgy and Bess" de Gershwin.
La vida se me complicó luego con duras luchas clandestinas, exilios, cárceles y tantos otros avatares que no me permitían una dedicación seria a la música. Escuché ciertamente bastante música clásica, me entusiasmé con Beethoven, Mozart y Mahler, pero la ópera era un lujo distante y mis escasos recursos no me permitían ir más allá de un gramófono bastante destartalado. Pero seguí con entusiasmo la aparición de la Nova Cançó catalana, con Raimón, Serrat, Pi de la Serra, Llach, María del Mar Bonet, Guillermina Motta y tantos otros y la novedad de los Beatles.
Luego, ya superados los peores momentos y ya entrado en la construcción de la democracia tras la muerte de Franco, volví a la ópera, regresé de manera intermitente al Liceo y recuperé el tiempo perdido con un ansia enorme que me llevaba a escucharlo todo. Fue entonces cuando de verdad penetré en el mundo de la gran música, cuando me extasié con toda la ópera de Mozart, de Verdi, de Bellini, de Donizetti, de Rossini, de Richard Strauss, de Puccini, y con la gran música sinfónica. Entré también en el complejo universo de Wagner, con una mezcla de entusiasmo y de desazón y, en general, acabé construyéndome un espacio musical limitado, sin duda, pero permanente. Con el tiempo he podido asistir a escenarios míticos, como Bayreuth, Salzburgo, la Scala de Milán, la pintoresca Arena de Verona y otros y he hecho lo que he podido para ayudar a reconstruir dos tan significativos como el Teatro Real de Madrid y el Liceu de Barcelona.
En definitiva, no me considero un auténtico melómano, no soy un experto en la materia ni puedo dar lecciones a nadie, pero puedo degustar en buenas condiciones la música que me interesa y explorar toda clase de vertientes musicales, más allá de la llamada clásica.
Me interesan muchísimo, por ejemplo, las mal llamadas músicas étnicas. Es un placer inmenso seguir la música brasileña lanzada al aire por Tom Jobim y multiplicada, construida y reconstruida por decenas y decenas de grandes músicos y espléndidos cantantes. O la música cubana de los Ibrahim Ferrer, Compay Segundo y tantos otros miembros de lo que bien puede llamarse el mundo del Buena Vista Social Club y otros focos parecidos. Y últimamente he entrado en el extraordinario universo de la música africana, en la que he descubierto infinidad de ritmos, de instrumentos y de voces auténticamente maravillosos. Me he quedado pasmado ante las voces y las melodías de los Ali Farka Toure, Ismael Lo, Yossou N'Dour, Salif Keita. Geoffrey Oryema,Manu Dibango, Cesaria Evora, Khadya Nin, Johnny Clegg, Lokua Kanza,Afia Mala, Koffi Olomide, Baaba Maal, Thomas Mapfumo, los Ladysmith Black Mambazo y tantos otros. A veces basta una canción para entrar de lleno en este extraordinario universo en el que la diversidad de lenguas, de ritmos y de tradiciones se funde con una tendencia general a reivindicar la africanidad, la paz y la convivencia entre pueblos desgarrados, explotados y divididos. Pongo por ejemplo canciones tan intensamente emotivas como "Tribal War" de Geoffrey Oryema o "Souareba" de Salif Keita.
Esta mal llamada música étnica, como si no lo fuesen todas las músicas, demuestra a mi entender que el manantial musical es inagotable por su capacidad de creación y de recreación. Y también demuestra que frente a la trivialización de una música reducida a menudo a un ritmo mecánico y elemental, la imaginación creadora puede abrir todavía muchas puertas inmensamente renovadoras.
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