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 LA MÚSICA Y YO
 
Emilio Aragón

Comienzo a escribir estas líneas mientras mi hijo se cuelga de mi cuello y me hace mil y una preguntas sobre el motivo de mi concentración ante la pantalla. Es muy curioso y tiene buen oído; igual que sus hermanas. He de confesar que me encantaría que siguieran el camino de la música.

De pequeño aprendí a amar la música gracias a mi padre. En casa se respiraba música por todas partes. Ahora comprendo a mi madre cuando recuerda que "a partir de las 6, de Lunes a Domingo, la música de fondo eran dos pianos (el de mi hermana Rita y el mío) con frases y compases repetidos hasta la saciedad". Recuerdo con cariño cada uno de los momentos vividos en mi etapa de estudiante: mis clases de Piano con el Profesor Bastida en San Juan de Puerto Rico, donde un día conocí a un señor que vino a casa a probar la paella que hacía mi padre; un señor que fumaba en pipa y que jugaba muy bien al dominó. Años más tarde me enteré que era Pablo Casals. O los dos maravillosos años con Eduardo D'Agostino en Buenos Aires. Mi hermana y yo esperábamos con ilusión la mañana del sábado para ir al 25000 de la Avenida Corrientes a nuestras clases en su Conservatorio. Pero le tengo especial cariño a la etapa de ópera. Don Rafael de Solís supo transmitirme su amor por el Piano. No sólo era mi Profesor: era también mi amigo. Su manera de abordar las obras era y es, distinta y especial. Desmenuzaba cada pieza y cada compás tenía su especial significado y tratamiento. Era muy creativo: igual daba las clases uno para uno, que abordaba una obra en grupo pidiendo puntos de vista a cada uno de los alumnos (¡yo me encargaba de traer pipas y demás elementos comestibles!). Los conciertos en el gallinero del antiguo Teatro Real, con el lomo y el chorizo que guardaba Fernando en la habitación de arriba y que comíamos mientras escuchábamos tumbados en el suelo el concierto de la semana. Aquellas tardes en casa de Flora merendando y tocando lo que habíamos escrito: Flora con su chelo, Rita con la viola, Sebastián con la flauta y María y yo con el piano. El B-14 hasta María de Molina y luego el metro hasta ópera tres veces por semana después del colegio. El bocadillo de calamares en Valladares antes de ir a clase, ¡qué tiempos aquellos!

A lo largo de estos años he centrado mi actividad profesional desarrollando distintos proyectos de Televisión, pero sabía que tarde o temprano me reencontraría con aquello que tan intensamente viví. Junto con Rafael de Solís y Antonio Zamorano, la idea de crear una Orquesta Sinfónica de estudiantes de Grado Medio y Superior se ha hecho realidad. Ver a los integrantes de la Orquesta (chicos y chicas de 14 a 20 años) cada sábado llegar al Centro Cultural y ensayar con ellos durante 4 horas es para mí un gozo y un privilegio. Hay auténticos "fuera de serie" que, con apenas 14 o 15 años, ya apuntan alto. Poder compartir con Profesores del Conservatorio ideas y proyectos, sólo hace que cada día me ilusione más.

Hace casi tres años, después de muchas reflexiones, decidí que había llegado el momento de un punto y aparte. Mi marcha de un año a Estados Unidos era por fin el comienzo de un nuevo camino en mi vida: mi reencuentro con la música. Creo sinceramente que nunca se es "demasiado viejo" para algo así. He continuado mis estudios en Madrid y continúo con mis estudios de Composición y Dirección de Orquesta en EEUU. Creo que se pueden hacer muchas cosas interesantes y alternativas en el mundo de la música. Cosas que ayuden a acercar este mundo único y maravilloso a todo tipo de público. La música "clásica" o "seria" o como queramos llamarla, debe apelar a todos, no solo a una minoría. Tengo amigos que empiezan a descubrirla ahora y están entusiasmados.

En fin, que si la alegría de la juventud es su fuerza, ¡yo sigo siendo joven! Espero, querido lector, que si algún día ve anunciada una Orquesta de alumnos de Conservatorio y da la casualidad de que es la nuestra, por favor venga a vernos. Lo haremos mejor o peor, pero con toda la ilusión y el cariño del mundo. ¡Gracias!