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 LA MÚSICA Y YO
 
Celia Villalobos

Está sonando la obertura de la "Suite nº 1" de Juan Sebastián Bach mientras escribo estas impresiones sobre la música. No es fácil reducir la polifonía de emociones y sentimientos que en cada momento se producen y manifiestan a un catálogo, a una clasificación. La música me provoca una pluralidad de sensaciones que tranquilizan mi espíritu o lo enervan. Qué complejo es llevar a palabras el álgebra perfecta, la armonía de las esferas que la música transmite, el lenguaje universal que habla a la razón y al corazón en medida diversa según el tiempo y las circunstancias.

De la misma manera que el buen lector relee tanto como lee cosas nuevas; el amante de la música, al menos yo, cada vez se deleita más con aquellos autores y obras que forman parte de emociones muy profundas en la vida. Se identifica absolutamente con esas músicas que me relajan y me animan, me descansan y me hacen pensar en una sucesión que no tiene más límites en el tiempo que los que se derivan de mis estados de ánimo. Por poner un ejemplo el "Judas Macabeo" de Handel tiene un tono épico indiscutible pero, en mi opinión, un profundo lirismo que se eleva como bóvedas en un paisaje de geometrías que cruza la emoción. Es la música del XVII y del XVIII el período que más me gusta y más cercano está a mi sensibilidad; ese clasicismo que no coincide con la periodización artística y que me lleva de Vivaldi a Tartini pasando por Rameau con paradas en Corelli, Geminiani y Scarlatti sin olvidar a Purcell.

Tengo una versión de "Zadok the Priest", vuelvo a Händel, de la batuta de Robert King que he escuchado tantas veces que he perdido la cuenta. Los timbales con y sobre las voces del Coro del New College de Oxford; los violines en el preludio del anuncio de "Salomón", con el pueblo unido en la común alabanza. De nuevo los timbales y las trompetas en un acto sacro que se hace remanso en los momentos en los que las voces blancas se elevan. La exquisita delicadeza sólo te permite establecer comparaciones con el discurrir remansado de un río en una tarde apacible; hasta el entusiasmo se contiene un momento para dejar la voz en suspenso y continuar su camino hacia no se sabe muy bien dónde porque la sugerencia, pese a la intención explícita de la página, es cualidad sustantiva a las artes y en grado eminente a la música y de nuevo el triunfo de los metales.

La "Sinfonía nº40" de Mozart es rizar el aire para alcanzar la contundencia; es un giro sutil con la fuerza contenida de los elementos; es un juego nada inocente, una estructura donde la forma es sustancia. Se trata, junto con la conocida "Tocata y Fuga" de Bach en otro aspecto muy diferente, de una de mis obras favoritas. El ceremonioso Andante trae los ecos de jardines con laberintos en los que se pierden las princesas al atardecer. El "Menuetto" es bastante más enérgico que lo que el estereotipo sugiere. Quiero ver debajo de la delicadeza un cierto misterio, un eco de un mensaje antiguo en el diálogo de los metales y las cuerdas. Qué podría decir del "Allegro assai"; es como correr con la brisa de frente. ¡Por cierto! Y Haydn.