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 LA MÚSICA Y YO
 
Adolfo Marsillach

No he tenido una buena educación musical. En realidad, ni buena ni mala: simplemente, no la he tenido. Recuerdo que a mi padre -que era escritor y periodista- le fascinaba Bach y que mi madre -de profesión "sus labores"- cantaba con muy buen oído los cuplés de Concha Piquer. Tampoco he olvidado a una vecina entrada en carnes, en años y en permanentes, que tendía las sábanas deshojando aquella copla: "En Sevilla había una casa/ y en la casa una ventana/ y en la ventana una niña/ que las rosas envidiaban." Luego, de azotea en azotea y de patio en patio saltaban las letras y los ritmos de "Tatuaje", "A la lima y al limón", "La luna enamorá" o "La Lirio": cosas de una época de guerras y postguerras. Poco más.

Nunca fui al Palau a oír un concierto ni al Liceo a ver y escuchar una ópera. Mi mundo infantil lo construyeron los libros y algunos autores como Julio Verne, Zane Grey, Fenimore Cooper, Emilio Salgari y Richard Cropton con el inefable Guillermo Brown. La música, en cambio, no me influyó. De una forma consciente quiero decir, porque la música, de un modo u otro, no cesa de influirnos continuamente. ¿Cómo no acordarme de la gordita que me susurraba: "Éramos como dos remos/ de una misma embarcación/ lo mismo que los latíos/ en un mismo corazón", o de la hija del pastelero del barrio que se me abrazaba bailando: "Toda una vida/ me estaría contigo./ No me importa en qué forma/ ni dónde, ni cómo,/ pero junto a ti?" Pero, nada, la gordita no consiguió adelgazar y la hija del pastelero se casó con el hijo de un fabricante de conservas.

Luego, ya de jovencito, en mi primera -y última- juventud, después de la Segunda Guerra Mundial y antes de Vietnam y Corea, descubrí a Glenn Miller -lo trajo del brazo un tipo con pajarita que organizaba guateques- y escuché a Bing Crosby a la luz de la luna que había en el barrio de Gracia, cerca de esa plaza del Diamante que se inventó Mercedes Rodoreda. Casi al mismo tiempo Frank Sinatra era "la voz" de un mundo roto, las Andrew Sisters le ponían "swing" al Plan Marshall, Edith Piaf proclamaba, contra toda lógica, "Je ne regrette rien", y Rita Hayworth (Gilda) encajaba, como podía, la bofetada de Glenn Ford. Mientras, yo, iba creciendo.

Al jazz llegué gracias a las actuaciones de Duke Ellington, Louis Armstrong y Aretha Franklin en el cine Windsor de Barcelona; y al flamenco, en algunas noches de fino y aceitunas en el "Jamboree" de la Plaza Real. Fueron tiempos de "ragtime", "Boogie-woogie", "Bebop", soleares, seguidillas y Carmen Amaya. También el tango tuvo mucho que ver en mi derrumbe sentimental cuando Borges me hizo compadrito, milonguero y "chestertoniano": "Soy del barrio'e Montserrate/ donde relumbra el acero./ Lo que digo con el pico/ lo sostengo con el cuero."

Mi oficio teatral me fue aproximando a la música "culta" (la llamo así para entendernos, pero es una expresión al menos imprecisa. Ignoro cuales son los límites de lo culto y de lo inculto y el que diga que los conoce se equivoca). Empecé a distinguir lo clásico de lo barroco y lo barroco de lo romántico. Admiré a Monteverdi, me empalagué con Vivaldi, me asombró Wagner -un antepasado mío, Joaquín Marsillach, fue su primer biógrafo en España y, en un elegante gesto que le honra, se murió de pena al año siguiente de la desaparición del maestro en la Venecia de 1883- y un día, de pronto, "descubrí" a Mozart.

Como ya he confesado mi mala educación musical, no estoy dispuesto a enzarzarme en polémicas inútiles, pero me permito opinar que como él no hay otro. Es el único músico que nunca me defrauda, el único que me sirve para cualquier estado de ánimo porque su alegría, su dolor, su jovialidad, su entusiasmo, su impertinencia, su desafío, su lamento y su diversión, me reconcilian con la vida... y con la muerte. Falleció de una uremia irrespetuosa y le enterraron bajo una lluvia desconsiderada: triste, pobre y magnífico. Como un genio. Como un poeta.

Mozart es "mi" músico. De cuando en cuando se lo presto a alguien, pero me pertenece.