Inicio
 Melómano en pdf
 Tienda
 Discos: Recomendados
 Guía Práctica
 Claves
 Opinión Nuevo
 Especiales
 Grandes Obras
 Ópera
 Libretos
 Zarzuela
 La música y yo
 Entrevistas
 Promesas Cumplidas
 Consultorio
 Últimas portadas
 Registro
 Orfeo Ediciones
 Tus sugerencias
       
 
 LA MÚSICA Y YO
 
Nuria Espert

Mi relación con la música, en un comienzo, como en todas las familias obreras, es una relación dispersa, más a través de la radio que de otra manera. Pero, cuando ya tenía ocho o nueve años recitaba poesía e iba con mi familia a un lugar llamado "Nidos de Arte", en Barcelona, donde los aficionados-artistas recitaban, cantaban o tocaban el piano a cambio de una modesta consumición que, además, cobraban por adelantado. Es ahí donde tomo contacto por primera vez con piezas de zarzuela o las primeras arias de ópera, cantadas unas veces correctamente y otras no, pero que me han quedado profundamente grabadas. Además de ello, oía lo normal en aquella época en radio, boleros y las canciones de entonces.

Ya más adulta, la música comienza a gustarme, como a cualquiera que tiene la ocasión de acercarse a la Música Clásica. A los doce años empecé mi carrera de actriz en el teatro y la cultura empieza a entrarme a través de mi profesión y los estudios de bachillerato que entonces cursaba. Pero cunado realmente entre el mundo de la ópera es al casarme con Armando. El era un gran aficionado, tal vez no muy conocedor o experto, y sin un repertorio, quizás, tan amplio como pudiera parecer al verle con qué profundidad conocía determinados autores o la música de una determinada época. Pero tenía, sobre todo, un conocimiento lleno de pasión, de un amante de la ópera y de las grandes voces enloquecido, y con un gusto muy depurado. Ibamos a la ópera de vez en cuando y, sobre todo, siempre había una ópera puesta en casa.

Yo, muy lentamente, me fui aficionando y, como todos los "conversos" -después se vuelve uno más papista que el Papa- haciéndome más conocedora de la ópera que mi propio maestro. Fui abriendo mis aficiones, en parte gracias a las oportunidades que he tenido de viajar con mi compañía, lo que me ha permitido asistir a grandes representaciones de ópera.

Pero, en definitiva, no soy más que una aficionada normal, no forofa. Pongo a los grandes maestros en casa mientras leo, estudio, o limpio. Me ayuda, como a todo el mundo, cuando me encuentro algo baja de moral. Sin embargo, no soy una melómana, en el sentido de aquél que necesita escuchar música a diario como algo vital, como yo necesito leer. Yo sí puedo pasar una semana sin escuchar música, pero no puedo pasar un día sin leer. Voy a conciertos, eso sí, adoro a los grandes directores y a las grandes orquestas, pero no puedo decir que la música sea una parte importantísima de mi vida, aunque sí de mi ocio culto.

En cambio, no ha habido un sólo día en mi vida adulta que no oyera ópera, en especial por mi experiencia profesional. No hay que olvidar que me casé con veinte años y comencé a dirigir en escena ópera a los cincuenta. Lo curioso es que mi visión y gusto por la ópera, si bien no ha cambiado, si ha lo ha hecho mi manera de comportarme respecto a ella. Mi experiencia en la dirección de escena me ha puesto en contacto con gente a la que creo que se les puede dar ese adjetivo de genio. Soy una persona de suerte y he trabajado con gente extraordinaria, como Eva Marton, Kraus, Carreras, Plácido, o he actuado al mismo tiempo que Victoria de los Ángeles, por ejemplo. Y todo ello es como un regalo. Me gusta trabajar a solas con los cantantes porque cuando se está creando y se quiere obtener un resultado, hay que generar algo por lo que, si se logra, el cantante tiene deseos de cantar para mí, del mismo modo que yo tengo deseos de actuar para él. Por eso, ha habido momentos inolvidables, a solas, en una sala, con un pianista, momentos que atesoro como regalos fantásticos.

Mi relación profesional, por tanto, con la ópera ha sido definitiva. Jamás pensé que dirigiría una. Cuando Monserrat Caballé me ofreció hacerlo en "Julio César" o en "Tierra Baja", antes de que me introdujera en este mundo, no pensé que fuera capaz de ello. Cuando se me ofreció en Londres hacerlo en "Madame Butterfly", ya era distinto. Lo difícil fue tomar la decisión de dirigir algo, decisión que tomé para llevar la dirección de "La Casa de Bernarda Alba". Por eso, decir que sí a la Royal Scottish Opera de Glasgow fue más fácil. Después vino lo demás, con el Covent Garden en "Rigoletto", Glasgow de nuevo con "La Traviata", otra vez Covent Garden en "Carmen" y La Monaie para dirigir "Elektra" de Strauss, etc..

Pero lo cierto es que mi experiencia profesional ha sido estupenda. No ha sido fácil, pero siempre se me han facilitado las cosas por parte de todos, los cantantes y los directores de orquesta. No hay que olvidar que en la ópera, la música cuenta una historia y tú debes exponerla tratando de que aquello que el compositor ha creado se comprenda a través de los cuerpos que la están representando. Lo importante es la música, que ahí está y tiene sentido en sí misma, pero la dirección de escena es muy importante también, aunque lo que me importa es que esas gargantas privilegiadas vean algo más y hagan mejor si cabe lo que ya saben hacer. Para eso es para lo que me entrego en la dirección de escena. Y en todo ello siempre he tenido mucha suerte y he contado con la ayuda, comprensión y ánimo de todos. Recuerdo que cuando iba a comenzar con "Madame Butterfly", Sir Alexander Gibson, su director de orquesta, vino a verme y yo le dije: "Sir Alexander. Yo no sé nada de esto en lo que me voy a meter. Yo no he dirigido nunca óperas, apenas puedo leer una partitura; usted no se va a tirar por un balcón cuando yo diga una tontería, ¿verdad?" Como con otros grandes directores, como Zubin Mehta, a partir de ahí han nacido unas relaciones fantásticas.