Inicio
 Melómano en pdf
 Tienda
 Discos: Recomendados
 Guía Práctica
 Claves
 Opinión Nuevo
 Especiales
 Grandes Obras
 Ópera
 Libretos
 Zarzuela
 La música y yo
 Entrevistas
 Promesas Cumplidas
 Consultorio
 Últimas portadas
 Registro
 Orfeo Ediciones
 Tus sugerencias
       
 
 LA MÚSICA Y YO
 
Carlos Herrera

Vamos a ver: yo soy hijo del Rock, del rock duro, además. Y del Pop. Y de todo eso. Pero de poco más. Ocurre que soy muy buen hijo, yo diría que hijo predilecto, padrero, fiel, muy de mi casa y mis cosas. Mis grupos favoritos, los que me hicieron amar la música en mis años mozos, eran lo más alejado de cualquier ortodoxia que pudiera haber. Eran greñudos, maleducados, sucios y chillones. Pero también eran creativos, revolucionarios, artistas y geniales. Fueron los Purple, los Free, los Grand Funk, los Led Zeppellin, los Yes y una larga lista de tipos que me hicieron enloquecer con la música y enloquecer, además, especialmente con la de mi generación, la de los que tenemos ya los jodidos cuarenta tacos. Luego me emocionaron determinados baladistas. Llegaron los telentosos y líricos Elton John o James Taylor y con ellos llegué -y llego- a cotas de entusiasmo inolvidable. Lo demás me ha interesado relativamente poco. El Country está bien pero poco más, el Jazz no me llega y determinados movimientos urbano-musicales me han parecido flor de un día, capricho de pijos si acaso. El Punk no ha dejado nada, absolutamente nada. En todo caso ha dejado muertos; muertos y mierda. Y así con todo lo demás. Con la música clásica siempre mantuve un respetuoso distanciamiento, mucho respeto y todo eso, pero ni el más mínimo interés. Me aburría soberanamente y se me antojaba propio de un auditorio de repeinados y cariacontecidos ciudadanos incapaces de meterse un dedo en la nariz ni siquiera estando solos. Además, yo, tan andaluz, me crié en Barcelona, en la maravillosa Barcelona de los setenta, esa que guardo en mi corazón como un precioso regalo de la vida, y allí ir al Liceo tenía un significado muy especial: era burgués, requetepijo y essstupendíííísimo. Luego cambió, pero ya era demasiado tarde: no supe subirme al carro. Sin embargo, sí que tenía y tengo una coartada moral para no tener que esquivar los salivazos de todos mis lectores: La Zarzuela, y más concretamente, el Género Chico. Lo explico párrafo aparte.

Mi abuela Cecilia, tan fundamental en mi vida, era, como casi todas las de su quinta, muy zarzuelera, coleccionaba algunos discos de pizarra, canturreaba romanzas mientras daba puntadas a las cortinas por las que le pagaban cuatro duro y no se perdía ni un sólo programa de aquellos que hacía García de la Vega para televisión y que emitían todos los sábados por la noche. Ello, y un alto sentido de la españolidad hidalga, hizo que no sólo no me fuera extraño el sonido patrio de la zarzuela castiza, sino que incluso llegara a gustarme. Cuando conseguí sacudirme de encima los complejos progres que la inútil izquierda de los años sesenta y setenta nos dejó encima a toda una generación de idiotas, empecé a deleitarme con determinados pasajes del género, todos ellos irresistiblemente populares.

Así me hice definitivamente fan del sevillano Jiménez, de Bretón, de Guerrero, de los maestros de lo popular. Las voces de Manuel Ausensi, de Pilar Lorengar, de Ana María Iriarte, del Coro de Cantores de Madrid, de una larga colección de artistas, me son tan familiares como las de Ian Guillan, Michael MacDonald, Joe Cocker o John Fogerty. Me precio de poder cantar de memoria toda "Luisa Fernanda", de representar "La Alegría de la Huerta" de 'pe' a 'pa' y de no desentonar demasiado cuando tomo por la mano la "Fiel Espada Triunfadora". O sea, que por ahí me voy a salvar. No soy, empero, un caso perdido. Estoy seguro de que todavía puedo alcanzar la salvación. Necesito para eso un apóstol. Pero un apóstol que entienda esto de lo clásico desde lo divertido y lo ameno, y comprenda que no estoy preparado para soportar de entrada un leñazo de Wagner, que hasta ahora cuando algún amigo ha querido llevarme por el buen camino me ha soltado unos pestiñazos estupendos y muy cultos y todo eso, pero que me han hecho salir huyendo como si aquello fuera una convención de mormones. Y es que debo decir que he conocido a mucho gaita que ponía cara de cordero degollado escuchando unos rollazos de tomo y lomo y que, además, debía hacerlo porque eso es lo más culto, lo más sereno, lo que ahora llamaríamos políticamente correcto.

Es decir, que aquí estoy, dispuesto a todo. Bueno, a todo no, a cosas ligeritas de momento. Adelante, salvad a esta oveja descarriada, llevadla al paraíso de la semifusa y la corchea.