José Luis Coll
Se nace guapo, feo, tonto, o de Cuenca -como es mi caso-, y es algo tan inevitable e inmutable, como inútil es cambiar el curso de los ríos para hacer que discurran de forma ascendente. Asimismo se nace con el sentido de la Música, el amor a la Música y la necesidad de la Música, que ya nos acompañará el resto de nuestras vidas.
Cuenca, en la posguerra, para un muchacho de ocho o diez años, era como vivir en una selva de continuas luchas mentales y corporales. Los juegos infantiles estaban teñidos de belicosidad, bañados en violencia, brutalidad, salvajismo y barbarie. Era la consecuencia de la recién terminada "guerra civil", la más incivil de las guerras. Por cierto, ¿han oído hablar de ella?.
Bien, pues en ese ambiente de "terminator" implacable, decir que gustaba la música era sinónimo, poco más o menos, de mariquita. Aunque tampoco había muchas posibilidades de cultivar tal afición, ya que ningún chaval de por entonces teníamos ni tocadiscos -gramófono- ni medio posible para deleitarnos con las cosas de Euterpe.
Pero en mí, y no sé por qué ni cómo, nació la irresistible inclinación a la música. Una antigua radio Philips, a la que había que pegar el oído para oír mejor los ruidos, era el único medio de que disponía para captar melodía, canción o sonata. Y así empezaron a serme ciertamente familiares individuos tales como Beethoven, Brahms, Grieg, Chopin, Prokofiev, Debussy y Mendelssohn, entre otros muchos que aún siguen en primera línea.
Naturalmente, tal "anomalía" o disparate no habría tenido cabida en el cacumen de mis amigos o colegas de barbarie. Inmediatamente me habrían llamado mariposo o niño blando. Incluso mi propia familia me habría llevado al médico, diciendo que algo se me había estropeado en el caletre.
Pero cuando se siente la música, cuando ya es parte de tu piel, no hay doctor capaz de operarte y separarte de semejante amor. Porque entonces la música ya no es una afición, sino una necesidad, como el aire y el sol.
Me enteré de que había una academia -gratuita, claro-, que daba lecciones de solfeo a las siete de la tarde, en la parte de abajo de Cuenca. Yo vivía en la de arriba, en la "verdadera" Cuenca, en la monumental, en la antigua, en la histórica... Pero a las siete en punto, infaliblemente cada tarde, yo me escabullía de mis amistades y me lanzaba cuesta abajo hacia la academia generosa, donde me enteré con paciencia e ilusión de lo que era una corchea, un tresillo, una pausa, un silencio, una clave y hasta una anacrusa.
Cuando cumplí los catorce años, mi abuela -única comprensiva hacia su preferido nieto, que era yo-, ante la firme oposición del resto de la familia, me compró un piano por 1.500 pesetas, con todas sus notas oscuras y amarillas. Suprimí el gasto de algunos juegos, con lo cual pude adquirir un humilde método, que me ayudó a saber, más o menos, cómo se tocaba la escala de Do, la de Re y hasta la de Mi bemol. Fa, do, sol , re, la, mi, si. Si, mi, la re, sol do, fa: sostenidos y bemoles.
Cuando tenía 21 años, a aquella abuela que fue mi vida se le olvidó seguir viviendo. Me quedé solo con dos familiares inviables. Dijeron que durante un año, por lo menos, en casa no se podía oír ni una sola nota del piano. Ni para eso que yo llamaba estudiar. Pasado el año o más, apenas había usado la banqueta unos minutos, Franco dijo que me fuera a servile (¿de qué le podría yo servir a Franco?), lo que supuso otro año y medio más sin mi singular piano. Terminado mi "imprescindible" servicio, y a mis 23 años, tuve que irme de Cuenca en busca de posibles para mi sustento y de la que fuera capaz de compartirlo. Y aquel piano de juguete, pero que era mi propia sangre, fue tomando en mi mente figura de ilusión, de sueño, de maravillosa mentira...
Pero lo que nunca me pudo quitar Franco, ni mis familiares, ni mis amigos tan machos, es que la Música sea mi mejor amiga, mi servicio a mi patria y mi familia mejor.
Porque la Música es... eso que nos quedará cuando todo nos falle.
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