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 LA MÚSICA Y YO
 
Iñaki Gabilondo

De la música no sé nada, salvo que me elige. Lo compruebo cada día.
Yo selecciono lo que creo querer y a menudo descubro que no era eso lo que quería. Swan consideraba los motivos musicales como verdaderas ideas. Ideas entre tinieblas, desconocidas, impenetrables por la inteligencia.

No seré yo quien contradiga a Proust. Siempre me ha parecido un milagro que la música me conozca mejor que yo mismo. Programo Beethoven, "Concierto nº3 para piano y orquesta", con Pollini. Sé que me espera, precisamente, lo que sé que escucharé. Y no. Hoy no. Ahora no.

La oferta, supongo, será igual a la de siempre, pero las sensaciones no lo son. Y me encuentro sin saber cómo ni por qué con, por ejemplo, el violín de Perlman en la música de Elgar.

Los melómanos disfrutan penetrando en los misterios de la música. Su conocimiento técnico les permite escrutar al escuchar, examinar, desentrañar los enigmas. A cambio, ¿les impide entregarse? Me he fijado en que los entendidos muy entendidos -salvo dos o tres- permanecen siempre helados en los conciertos, interesados administrativamente, diseccionando como entomólogos. Por desgracia, me es extraño su placer. Yo no me acerco a la música para entenderla sino para entenderme.

La amo desde crío. Mi padre era carnicero y me llevaba los domingos al Victoria Eugenia a los conciertos de la Orquesta Santa Cecilia de San Sebastián. Los lunes me telefoneaba y silbábamos a dúo algo que nos había gustado. Mi evocación más lejana me trae a Rosamunda... Luego, los tres años de solfeo en el Conservatorio y Juan Urteaga marcando el compás con el pie además de con la mano. Decía que yo era un fenómeno leyendo partituras a primera vista. Yo estaba orgulloso y convencido de que mi futuro era la música, pero comencé piano y los horarios del cole no eran compatibles con los del Conservatorio.

Años después, la música se me apareció como acostumbra a hacerlo con uno de cada tres vascos: a través de un coro. Canté en el Orfeón Pamplonés de Pedro Pírfano cuando fui universitario y me fueron dados a conocer algunos placeres maravillosos. Recuerdo, sobre todo, la emoción que me proporcionó la "Misa Solemnis" de Beethoven, con la Orquesta de La Haya y Lorin Maazel en el Coliseo Dos Recreos de Lisboa. Me sentí uno con el coro, uno con la música, uno con el universo.

Adoro a Alfredo Kraus, las "Cuatro últimas canciones" de Richard Strauss, Debussy, Fauré. Y, como dijera Eduardo Sotillos, nunca he soportado leer con música de fondo. O leer o escuchar. ¿Se puede leer si alguien nos está hablando?