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| LA MÚSICA Y YO |
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Federico Trillo
Tengo que empezar confesando que no soy, ni jamás he pretendido ser, un experto en música clásica, ni menos un técnico, ni tan siquiera un entendido; soy un modesto aficionado pero, eso sí, entusiasta. Para mí la música es el caudal más hondo del alma, aquel que nos permite bañarnos en el pozo interior de nuestro corazón, en nuestros sueños y añoranzas, el que sacia momentáneamente ese infinito afán de lo infinito, el arte más cercano -junto con la poesía- a Dios.
Siempre he sentido una sana envidia de quienes tuvieron ocasión de aprender solfeo, o de formarse asistiendo desde jóvenes a los auditorios a escuchar selectos conciertos. No es ése mi caso. Pertenezco a ese inmenso grupo de autodidactas que descubren a cada poco nuevos mediterráneos musicales, ahora que la técnica nos permite a todos disfrutar de clásicos.
Mi primera y única formación musical me la proporcionó un esforzado profesor de música del Instituto Público de Cartagena, mi ciudad natal, donde cursé el Bachillerato. Todavía me asombra recordar la vocación docente de aquel hombre, que osaba enfrentarse a una docena de chiquillos vociferantes, sin duda convencido por vocación de que "la música amansa a las fieras". Con la ayuda de un rudimentario magnetofón y a una hora tan intempestiva como las dos de la tarde, consiguió enseñarnos lo que eran poemas sinfónicos, sinfonías, y grabó en el fondo de nuestras almas las melodías de lo que hoy se llamarían "Clásicos Populares".
Luego, como les habrá sucedido a otros muchos españoles de mi generación nacidos en provincias, fueron realmente la radio y los viejos microsurcos los que nos permitieron familiarizarnos con los grandes clásicos.
Quienes hemos dedicado muchas horas de nuestra vida al estudio -y no digamos ya, a la preparación de oposiciones- no podemos dejar de asociar esta etapa de nuestras vidas a alguna pieza musical concreta. Todavía hoy, cuando tengo ocasión de sentarme cómodamente ante un libro, me cuesta un poco concentrarme sin la compañía de alguna de mis obras favoritas, como el "Concierto para piano nº1" de Chopin, o el "Concierto para violín" de Bruch.
Por otro lado, sigo pensando que en los momentos de decaimiento no hay nada para levantar el ánimo como las oberturas de Rossini. En cambio, en los momentos de recogimiento, suelo refugiarme en el "Requiem Alemán" de Brahms o en la "Misa Solemne" de Gounod. Más recientemente he buscado a menudo la compañía de Bruckner y sus monumentales sinfonías, mientras que he huido de la de Wagner y sus nieblas hiperbólicas.
Sin duda gracias a mi afición-pasión por la literatura, y muy especialmente por el teatro, muchas de mis obras favoritas son en realidad tratamientos musicales de los grandes mitos literarios. En mi caso al menos, el conocimiento de la versión literaria me permite disfrutar con especial intensidad de obras como el "Macbeth" de Verdi, el "Fausto" de Liszt o el "Mefistófeles" de Boito, y otro tanto de Richard Strauss. De hecho, en los últimos años me ha interesado más que otra cosa la ópera, y me alegró por ello la reapertura del Teatro Real, que está mejorando sin duda la calidad de vida musical de nuestra sufrida capital. He podido saludar y tratar personalmente a grandes figuras del mundo de la ópera como Alfredo Kraus o Plácido Domingo, que tanto han hecho por éste género musical en España y en el mundo entero.
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