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 LA MÚSICA Y YO
 
Elías Querejeta

Creo que no se puede hablar ni escribir de lo inefable. Quizá habría que decir que no se debe. Porque lo que no se puede explicar con palabras, tal vez merece la pena que permanezca en lo inalcanzable.

Con brevedad, eso me ocurre con la música. ¿Qué decir? ¿Qué escribir? Lo primero que se me ocurre es huir. Huyo hasta una zona de mi memoria. Allí puedo recuperar la música que, por fortuna, rodeó, desde muy pronto, mi crecimiento. Y aparecen La Voz de su Amo, los discos de 33 r.p.m. y, algo más tarde, los de 45 r.p.m. Y aquel aparato rectangular, de un rojo subido, que no había que enchufar y que reproducía canciones inolvidables. Como inolvidable fue el atardecer en el que mi padre nos regaló a mis hermanos y a mí aquel prodigio y cómo en tropel fuimos al Paseo de los Tilos y, allí, bajo el esplendor del otoño, conseguimos reunir a medio Hernani para que escucharan una pieza de Schubert y varios espirituales negros. (Muy cerca, la fachada nordeste de la iglesia, que servía de frontón, y los pelotazos y los gritos. Todo en uno).

Pero sigo pensando, mientras escribo, que de música no debo ni escribir, ni hablar.

Tal vez sí, en cambio, debo considerar que pasó el tiempo del Paseo de los Tilos, de La Voz de su Amo y de la Zenith descomunal que acercaba en noches interminables a lejanas voces, a músicas recién descubiertas, a versos y palabras de todo el mundo. Y enseguida llegó el Orfeón y el coro Easo y el Maitea. Esa música de la que no sé decir nada quedaba allí cerca y remontaba el monte Santa Bárbara y su cantera y, en ocasiones se reunía con los rayos y truenos. (Siempre pensé que era la propia montaña la que generaba las tormentas que su cumbre, en días de noroeste, consumía). Después, el Victoria Eugenia y la Asociación de Cultura Musical de la que, sin tener edad, gracias a un favor de Calparsoro, su presidente y papelero de Tolosa, pude ser socio. Oí cantar a la Schwarzkopf. Oí tocar a Segovia y a Amphiateatroff. Y mi asombro no cesaba porque era verdad que Rubinstein estaba allí, delante de mis ojos que ún no tenían suficiente edad.

Hasta que una tarde, la Orquesta de Cámara de Berlín dirigida por Hans von Wender tocó un programa de Mozart. Y entonces, mientras el esplendor ocupaba el viejo teatro, me di cuenta de que la música a través de los resquicios de maderas mal encajadas salía a la calle, alcanzaba la desembocadura del Urumea, llegaba con el suave oleaje hasta la Concha en marea baja y, luego sin pedir permiso a nadie, sin que nadie tuviera que hablar o escribir de ella, remontaba el monte Urgull y alcanzaba el Cementerio de los Ingleses. Y desde allí, en un salto prodigioso, llegaba hasta la cumbre de Santa Barbara que ese atardecer no produjo ni rayos, ni truenos. Por fin la música se remansó en casa de mis padres, a piedemonte. Y Mozart durmió con nosotros.

Creo que es por eso por lo que no sé escribir de música, pero si sé una cosa: nada como la música, nunca nada como la música. Ni Flaubert, ni Proust, ni Kafka, ni Touch of Evil, ni Elliot, ni Rilke, ni Wermeer, ni Faulkner, ni Claudio Rodríguez (mi recuerdo para él). De todos ellos se puede hablar. De lo inefable, no. Si alguien quiere comprobarlo que escuche la sonata para piano Opus 111 de Beethoven interpretada por Pollini.