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| LA MÚSICA Y YO |
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Joaquín Almunia
El primer contacto que yo recuerdo con la música clásica tuvo lugar en casa de mi abuelo materno, bilbaíno, allá a principios de los años 50, siendo yo aún niño. El tenía una buena discoteca, de aquellos discos de 78 revoluciones anteriores a los de vinilo, y un gramófono, al que había que dar cuerda. Allí escuché yo por vez primera música clásica y ópera. El era muy melómano, e incluso tocaba el piano. Gracias a su influencia me acostumbré a escuchar música, y a asisitir de vez en cuando a los conciertos al aire libre del Arenal, o a la tradicional representación navideña de Los Sobrinos del Capitán Grant.
Ya después, en mi época de universitario, en la segunda mitad de los años 60, comencé a acudir a los conciertos que la Sinfónica de Bilbao ofrecía en el Teatro Buenos Aires. Estaban muy al alcance de todos pues nos hacían unos precios muy baratos a los estudiantes universitarios. De vez en cuando, también asistía a los conciertos que organizaba la Sociedad Filarmónica. Posteriormente, desde que empecé a trabajar, fui haciendo mi pequeña discoteca, primero con vinilo, después con casettes y desde principios de los años ochenta con compactos.
Aquí, en Madrid, cada vez hay más posibilidades de escuchar muy buena música. La oferta de conciertos es muy amplia, incluso excesiva para quienes tenemos un horario muy intenso de trabajo, como es el de los políticos. Cada temporada hay que renunciar a muchas de las actuaciones que nos gustaría escuchar, pero, con todo, consigo ir a un buen número de conciertos en el Auditorio y, por supuesto, a la temporada de ópera.
Resulta difícil elegir entre unos intérpretes y otros; los hay muy buenos, y optar por alguno de ellos sería hacer una injusticia con los demás. A algunos de ellos los he podido ver en directo. Recuerdo, por ejemplo, una Novena de Bruckner por la Filarmónica de Berlín, hace cuatro o cinco años, que ponía la carne de gallina. En cuanto a estilo o categoría musical, en ópera claramente prefiero la italiana: Verdi por encima de todos, y después Rossini, Bellini y Donizetti. En música sinfónica, si debo elegir, me quedo con Mozart, aunque no es lógico prescindir de otros muchos genios. Me gusta una gama amplia de música, pero sí es cierto que en mi discoteca tengo más Mozart, Beethoven o Brahms, que música barroca, lo que quizás demuestre que prefiero la música que va desde finales del siglo XVIII y principios del XIX hacia adelante.
La música clásica es un motivo de relajamiento muy notable, en especial para personas que, como yo, tenemos una vida tan agitada y tan llena de actividades durante muchas horas al día y durante muchos días de la semana. Dedicar una parte del fin de semana a asistir a una ópera, o a un concierto, o, simplemente escuchar música en casa, es un complemento necesario de otras actividades menos placenteras. Cuando no estoy trabajando, no soy una persona hiperactiva, y por eso prefiero sentarme a escuchar música o a leer con un trasfondo musical.
La música es, además, un factor de unificación entre colegas políticos, aún de tendencias contrarias. Hay conversaciones muy divertidas que tienen lugar en el entreacto de un concierto o de una ópera, y que no podrían imaginarse durante la semana en los pasillos del Parlamento. Alberto Ruiz Gallardón, por ejemplo, es amigo de muchos simpatizantes o afiliados al Partido Socialista, gracias a la música clásica y a través de ella. Yo mismo, he coincidido en muchas ocasiones, en el Teatro de la Zarzuela, con Federico Trillo, en momentos de virulentos debates durante la semana cuando él era portavoz del Partido Popular en materia de Justicia, y hemos departido durante diez minutos comentando lo bien que había cantado la soprano o lo mal que lo hacía el barítono. En general, en las actividades musicales que tienen lugar en Madrid suelen darse cita un buen número de políticos. Algunos son auténticos expertos: Jerónimo Saavedra, Narcís Serra, Félix Pons, Alberto Ruiz Gallardón. Otros no lo somos, pero ello no impide que goce con la música. Además, sobre todo en los últimos años, en Madrid, se aprecia una cierta obligación social de acudir a determinados eventos musicales. Hay quienes han considerado que asistir al estreno de una ópera o a los conciertos de Ibermúsica, era inexcusable. Yo nunca lo he entendido así. Si me ha apetecido un concierto y he podido encontrar un hueco en la agenda, he ido, pero no para que me vean, sino para escuchar.
Música clásica: sólo desde el barroco
Música Clásica es desde el Barroco hasta la música más moderna, pero siempre que sea interpretada con los instrumentos clásicos. Hace poco, por ejemplo, en la última temporada de ópera en Madrid, se ofrecieron dos obras nada convencionales: una, que es de este siglo, aunque ya tiene unos años, El amor brujo, de Falla; la otra a la que me refiero era Selene, de Tomás Marco, ultramoderna, con unos astronautas como protagonistas. Tanto una como otra son música clásica, en su concepto genérico; autores actuales como Halffter, Tomás Marco, Carmelo Bernaola, Luis de Pablo, son en cierto modo clásicos. Sin embargo, otras músicas como el jazz o el rock, aún el sinfónico, no llego a identificarlas como música clásica, aunque me encantan. El jazz representa toda una cultura, es algo más que música. También el rock pasará a la historia. Son músicas distintas, sin desmerecimiento de una hacia la otra, que requieren instrumentaciones y escenarios distintos. Dylan no puede imaginarse en una sala de conciertos, por más que le interpreten los violines y los contrabajos, sino que requiere una guitarra eléctrica y una armónica.
La sensación que me produce la música clásica es la de interiorizar la belleza de la melodía, de la composición, de la armonía, del sentimiento; es la traslación a través del sonido y de la composición musical, de pulsiones agradables como las puede producir también una amistad, la contemplación de un paisaje o una magnífica película. Entre el placer estético que he podido sentir viendo, por ejemplo, películas de Orson Welles, y el que he sentido escuchando una sinfonía de Brahms hay muchas similitudes. ¿Cómo definirlo? Es difícil, pero, en definitiva se trata de interiorizar la belleza y disfrutar de ella.
Por ello, es muy importante difundir la música clásica, y la música en general. Creo que el esfuerzo que se ha hecho en los últimos años ha sido muy positivo, al ponerse la música al alcance de millones de personas. Esto ha producido una extensión de la afición por la música clásica, que creo que en España se ha reavivado. Además, no sólo es más fácil ahora poder asistir en directo a conciertos, sino que la popularización de los aparatos de reproducción electrónica y de los compactos, que son más accesibles ahora que hace unos cuantos años, porque el nivel de renta de las familias ha subido y el precio de los aparatos ha bajado en términos relativos, ha permitido a mucha gente ir formando una buena discoteca.
Hay otro aspecto en la difusión de la música que es muy atractivo. Se trata de la extensión de las enseñanzas musicales, a través del sistema educativo. Es una cuestión difícil, porque no se puede improvisar en pocos años una red de profesorado suficientemente grande como para transmitir conocimientos a un número elevado de alumnos y conseguir tener muchos más músicos profesionales de los que tenemos ahora en España. Además, a través de las casas de cultura municipales y de actividades locales y autonómicas, se va apreciando un aumento de las posibilidades del aprendizaje de determinados instrumentos. Todo ello es una labor muy buena, que habrá que seguir haciendo. Esto demuestra que disfrutar de una buena música está al alcance de todos, aunque el aprendizaje de los secretos de la música y el dominio del lenguaje musical o de los instrumentos aún no esté al alcance del común de los mortales.
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