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| GUÍA PRÁCTICA DEL MELÓMANO |
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La interpretación
Por Andrés Ruiz Tarazona
La interpretación acaso sea la mayor servidumbre de la Música, pero al tiempo es su canto de sirena. ¿Qué sería de los conciertos sin el tirón, el señuelo de los intérpretes? Las grandes salas y auditorios, los mejores teatros de ópera del mundo, llegarían a morir de esa tristeza y frialdad, de la desatención derivada de la ausencia de público. Pero viven gracias a la savia, incesantemente renovada, de los intérpretes.
Se ha dicho más de una vez que el pintor o el escritor pueden realizar sus obras para su propia satisfacción, sin importarles que sean contempladas o declamadas por alguien, salvo por ellos mismos. Eso, según la mayoría de los autores, no ocurre con el teatro ni con la música, artes representativas por excelencia, es decir, que exigen la intervención de otros para ser transmitidas al público.
No lo creemos así pues un drama o una sinfonía tienen valor en sí mismos y no es necesario que sean representados (en el caso de la comedia o el drama) ni ejecutados (en el caso de la música) por solistas y orquestas para que sigan siendo lo que son.
Sin embargo, es cierto que la lectura para los demás, la interpretación, les otorga su definitivo significado. Porque, sobre todo en la música, ¿no forma parte de su esencia que suene, y si no es así, deja de ser música?
El pintor y el escultor, el poeta o el novelista pueden, por supuesto, tener su obra acabada sin necesidad de que nadie la interprete, pero siempre les faltará un último eslabón para que el proceso creativo alcance su auténtico sentido.
Y ese no es otro que el público, sea el que asiste a la exposición, el amigo o el familiar que visita el estudio del pintor, o sea el lector que viaja en el metro o en el autobús embebido en las páginas del libro.
Por otra parte, nunca hemos creído en el autor para sí mismo, aunque haya casos en la historia (Kafka, Skalkotas) que parezcan llegar a esa conclusión. El arte es, ante todo, una forma de comunicarse que utilizan con frecuencia, curiosamente, personas de difícil trato, gente de pocos amigos. Un deseo irrefrenable de expresar cosas (siempre para otro), bien sean estas indefinibles, y aunque parezca no vayan a tener jamás un público lector o espectador. Y ese deseo de comunicación subyace siempre en la obra de arte, quienquiera que sea su creador.
Ahora bien, -y aquí está la cuestión principal-, el destinatario de la obra de arte va a ser, en muchos casos, alguien no querido por el artista, alguien incluso que sería rechazado por éste si verdaderamente conociese su sensibilidad, preparación, formación en suma para ser receptor de una obra que con frecuencia, es resultado de un proceso complejo del pensamiento y la técnica del creador.
Ya sabemos que Las Meninas está ahí y es como es, sin posibilidad alguna de sufrir la más mínima modificación (bueno, ha sido, por ejemplo, restaurado en los últimos años). Pero, ¿fue visto igual en su tiempo que en los siglos XVIII, XIX y XX? ¿Será apreciado por la crítica, es decir, aquellos que ostentan teóricamente una mayor capacidad de entendimiento por su alta preparación, en el siglo XXI de la misma manera?
La música tiene un problema similar respecto a sus oyentes. ¿Cuál es la capacidad de cada uno para captar su significado? Pero, además, la música tiene una "desventaja-ventaja" muy significativa. Para que suene, es decir, para cumplir con su esencia íntima, ha de tocarse, ser ejecutada con la voz o los instrumentos que pida la partitura. Imagínense un repertorio como el de piano, a veces en manos de auténticos analfabetos o de personas cuya sola edad ya les incapacita para la correcta comprensión de determinadas partituras. Imagínense la complicación de una gran sinfonía, en la que un solo hombre, el director, ha de transmitir sus ideas acerca de una partitura escrita tal vez hace un siglo o más, a un centenar de profesores de la orquesta, y estos a su vez, a los oyentes.
¿Y para qué hablar de la ópera, donde lo escénico prima hoy día sobre la partitura?
Los compositores -primera figura, sin la cual no habría música, no lo olvidemos- tienen motivos de desesperación. Ya para superarlos se han lanzado a veces a ser intérpretes de sus obras, pero no siempre coincide la capacidad de componer música con la de ser buen ejecutante; para esto se necesita una técnica de la cual, con frecuencia carecen.
Ciertos directores y compositores han negado al intérprete aportación creadora. Para ellos, todo está en la partitura y tratar de salirse de lo escrito, sacar punta a lo claramente definido, llega a alterar gravemente el pensamiento del autor, a destruir su mensaje.
No estamos de acuerdo, ni mucho menos. Un intérprete genial puede hasta elevar la peor música a su altura, y por ello babe afirmar que no hay música mala si el intérprete es bueno.
Sin embargo, y por desgracia, los mejores intérpretes, movidos por poderosos agentes de conciertos, sólo se dedican al gran repertorio, relativamente limitado. Por su culpa -la de los agentes, primero y la de los pianistas, violinistas, cantantes, directores de orquesta, violonchelistas, etc.,- el repertorio se ha ido empequeñeciendo y, por tanto repitiéndose en exceso.
La estabilidad y la limitación de ese repertorio ha puesto al intérprete en primer plano, lugar donde no había estado históricamente nunca. El público aficionado ya no va a escuchar la Cuarta sinfonía de Brahms por enésima vez, sino la versión de Solti o de Celebidache. En ese sentido es una suerte que la música necesite intérpretes (todas las artes los necesitan, lo que ocurre es que en algunas es quien lee o quien mira) porque, actualmente, en las grandes salas de conciertos, los intérpretes son por lo general artistas de excepción, dominadores de la técnica de su instrumento y, por tanto, aptos para extraer de él lo mejor. la técnica no es el mecanismo, la habilidad en el manejo o el control del instrumento. Es algo más, algo que trasciende lo mecánico para recrear el sentido de lo escrito, para extraer toda la belleza, la importancia de un acorde, el sentido de un pasaje, los matices más ocultos en un pentagrama, la vibración humana que late en toda creación.
Son infinitas las cuestiones colaterales al hecho irrepetible de la interpretación musical, desde las históricas hasta las sociales. Para tocar a Beethoven, ¿debería empezar el intérprete por conocer el estado evolutivo de los instrumentos en su tiempo, o el entorno político y social en el que Beethoven se movió?
Quizá nada de esto le sea necesario si ha profundizado en la obra a ejecutar y no ha rechazado nada que le acerque al alma del artista. Ha de estar bien formado técnicamente, eso sí, para asumir su verdadera función, que no es como en el pasado, la de disfrutar de la música en casa con la familia los amigos, sino transmitir con la mayor perfección e identidad de objetivos, lo escrito por el compositor. Ya sabemos que esto no es fácil, pero también es cierto que un intérprete de hoy o del futuro está, por lo general, a un nivel superior a los intérpretes contemporáneos del autor.
Por tanto, lo que fuera virtual para éstos se hace feliz realidad en los de ahora y alcanzará posiblemente cotas superiores en los del provenir si el sistema de estrellato no los convierte en autómatas.
Resumamos con un consejo: para entender la música bueno es estudiar sus pormenores técnicos, sus circunstancias y su evolución histórica, pero es mejor aún frecuentarla cuanto sea posible, en vivo y por la radio en su práctica no importa, sea a nivel modesto o como discófilo, pero escuchar, escuchar, con mucha atención.
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