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Vivaldi: el genio de la descripción
Por Marco Antonio Molín Ruiz


"El jilguero", con dos aportaciones (R.V. 90 y 428), tiene en su primer movimiento una cadencia a placer, que desencadenará trinos y escalas ascendentes, figuras en semicorchea, ornamentación profusa y un diálogo constante del solista y la orquesta a modo de gorjeo. El segundo movimiento es una siciliana apacible y nostálgica donde la melodía sencilla evoca al mismo canto del pájaro. Y el "allegro" final, libertad: toda suerte de onomatopeyas. Da la impresión de que el jilguero se ha escapado de la jaula, y, por eso, la música es irrefrenable.

"La sospecha" (R.V. 199) deja al corazón en un puño: los violines segundos frasean rítmicamente reposando en la parte fuerte del compás, de forma que acentúan el tema de los primeros violines, que lo rodean todo obsesivamente. "Cantabile" con ese tono agridulce tan característico en Vivaldi. Y cerrando la obra, un movimiento que disipa las mínimas dudas en música de pulso tan seguro que hasta se podría bailar.

Puede que "La inquietud" (R.V. 234) sea una de las obras donde Vivaldi se retrata: en este concierto, para violín, en re mayor, se oye su voz extravertida y reprimida, dos caracteres que a menudo se funden. Sí. La satisfacción y el descontento, sin límites definidos. El movimiento primero es una música que sale a borbotones: irrumpe el solista como si brincare. Para el segundo movimiento, una oleada de melodía que van de arriba abajo y de izquierda a derecha. Al comienzo, se nota inhibición, algo justificado en la tonalidad, sin determinar del todo. Cuando entra el violín, la inquietud se plasma mucho mejor, en una textura cromática muy intensa, a la que sucederá un sosiego pasajero, difuminado pronto en el conflicto del tema, más desarrollado, hasta desembocar en, si menor. El movimiento tercero arranca con una tensión extraordinaria, cuyo ritmo hace pensar en el trote. Entra el violín, serpeando por la escala y con trazos incisivos. Retorna la orquesta, con la novedad de trémolo. Episodio nuevo del violín, que divaga. Reentrada de la orquesta, con un motivo en trémolo descendente, que recuerda la tormenta de "El verano". Nueva rutina del solista, que dialoga con el "tutti". Vuelta al tema inicial, que se remata efusivamente. Orquesta, con un fondo de trémolo, analogía de un mal superado. Delirio final.

"La tempestad"
Aquí, con toda razón de ser, el compositor entrecruza las escalas ascendentes y descendentes dotando a la música de una tensión apasionante. En ese sentido, con los violines representa el movimiento normal de las olas, y con los chelos, el choque de éstas con la embarcación o el acantilado (en escalas ascendentes). Hacia la mitad hay un choque trascendental del "solo" y el "tutti", metáforas del hombre y la naturaleza, respectivamente. El violín da varias sacudidas, que provocan la retirada de las olas (la cuerda grave, en movimiento de retroceso). En el segundo movimiento encontramos una relación entre las notas y la cábala: se repite la constante de siete notas, que representa a Dios en su perfecta unidad; como si la superación de la tempestad fuere el restablecimiento del orden. En el movimiento tercero el ambiente es festivo.

"El reposo" (para el Santísimo Nacimiento)
El compositor ratifica su genialidad en este concierto, donde emplea la sordina, lógicamente, para no despertar al Niño. El primer movimiento es de un comienzo gratísimo: los violines, en intervalos de tercera mayor, crean una escena de ilusión profunda, a la que contribuyen también algunas frases en contrapunto y la línea ascendente con efecto de canon, algo que Vivaldi usó en el aria "Cum dederis dilectis suis somnum" (del "Nisi Dominus") y en el concierto R.V. 442. El acompañamiento es rico: cuatro notas rítmicas (la cuna), dos notas en anacrusa (arrullo de la Virgen) y una nota sobre pedal (gozo sin límites). En el segundo movimiento todo el misterio de la Navidad se concentra, y crea un ambiente esotérico, de una abstracción tal que recuerda el "Et incarnatus est" de su credo R.V. 591. ¡Las campanas! Repiquetean las campanas en el último movimiento, donde los violines y las violas hacen preguntas y respuestas. El violín se deja llevar por el júbilo.

"El afectuoso"
Ésta es una obra que lleva el número de catálogo 271, un concierto para violín en mi mayor, donde se nos habla de los sentimientos. Aquí se oye ternura y pasión. Primer movimiento entrañable, donde parece que Vivaldi da sin miedo todo lo que lleva dentro. El violín frasea dulcemente, perfumando nota a nota con su lirismo (líneas ascendentes y descendentes, motivos recelosos que son auténticos suspiros, etcétera). Después, en el segundo movimiento, suena compromiso. Expresividad en solitario del violín, acompañado con un "ostinato" de la cuerda alta y media que son la sombra de uno mismo: el incierto gozo de amar, que conlleva un profundo sufrimiento. La segunda parte, con sus cromatismos, es sollozo puro, que recuerda el violín en obligado del "Erbarme dich, mein Gott" de Bach. Y coronando esa trayectoria de afectos, un tercer movimiento que transmite triunfo. Todo fructifica. La música se hace más luminosa, sin perder la delicadeza que encontrábamos en el movimiento inicial. El violín canta toda la magnitud del amor, mostrado ahora confiadamente.

"La noche"
Éste es un concierto para flauta de la opus 10 número 2. Penumbra y misterio en el "largo" inicial, sostenido en un ritmo con puntillo que crea expectación; los pasajes con trino de la flauta, que se mantienen largamente, expresan algo que al anochecer es como si saliere de la tierra. "Fantasmas" opta por convulsiones, ya que la figura con puntillo se pronuncia mucho más; una escala ascendente rapidísima refleja el espanto. Llega la calma en el "largo": desaparece la síncopa y la melodía cambia paulatinamente del modo menor al mayor. ¿Acaso representa esto una familiarización con la noche? Con el "presto" todo se torna violento, con rupturas imprevistas y trazos quebradizos en un "tutti" que da sacudidas. Le sigue el "sueño", de notas largas que se pierden en la distancia. Finalmente, un "allegro" de frases ondulantes: la flauta se desinhibe, metáfora del hombre, que termina adentrándose en la noche, y sale a celebrarlo.

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