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"Sinfonía nº2, "Resurrección" de Gustav Mahler: Morir para vivir
Por Carlos Tarín


V.
La vida es un paso hacia la muerte, que sólo tiene sentido en la supervivencia tras el adiós físico. El camino iniciado es irreversible y necesario. Para este paso extremo Mahler recurrirá a una orquesta de proporciones titánicas: más de 110 músicos -que tocarán 130 instrumentos-, y otras tantas voces que compondrán un monumental coro, más una banda de metales interna. Algo que no es desmedido si lo que se quiere pintar es un cuadro sinfónico que recoja en toda su crudeza y virulencia el Juicio Final.

Los contrabajos arrancan con la destemplanza del comienzo -de nuevo aquellas escalas de semicorcheas-; luego, "el grito de desesperanza" del Scherzo atrona en la orquesta. El tema de la resurrección (Do mayor) alterna entre madera y trompas. Un toque lejano de éstas (quinta vacía) se repite en la lejanía, un eco forzoso en esta "llamada en el desierto". El motivo (arpegiando Fa mayor) sirve para que el oboe desarrolle una nueva tonada, aunque las trompas no abandonarán su idea inicial.

Después comienza un coral sobre las cuatro notas de la secuencia gregoriana Dies Irae iniciado por las maderas agudas, que Mahler lo continuará a su manera, y al que yuxtapondrá en el trombón, continuado por la trompeta, el tema Auferstehn (Resucitarás): notemos aquí que las tres primeras notas de éste son una inversión -ascendente- de las tres iniciales del Dies Irae, y que aparecerán repetidamente juntas: es nuevamente un anticipo a la llamada del Juicio Final -al día de la ira-, que se contrapone a la esperanza -la certeza, la fe- en la resurrección. Las trompas entablan un diálogo con las maderas (que continúan el contrapunto, ahora por tresillos, iniciado por las cuerdas, con carácter evocador), para quedarse luego solas sobre el tema arpegiado y suavemente fanfárrico en Fa mayor, cuya cabecera recuerda al de Auferstehn, hasta que se apaga. Hay algo de súplica en el pasaje que se inicia a continuación, en Si bemol menor, protagonizado por esa llamada descendente del corno junto a la flauta, que servirá más tarde a la implorante melodía de O Glaube (Oh cree), una melodía expuesta sobre un intenso trémolo de los segundos violines con sordina, y una respuesta afirmativa, nuevamente esperanzada, en flautines y oboes (motivo ahora ascendente), dialéctica en la que se implicarán los demás instrumentos.

Mahler repite básicamente el esquema descrito en el párrafo anterior, aunque cambiando la orquestación: de manera tímida, recogida, oímos entonar de nuevo el coral sobre el Dies Irae en la madera (contrafagot) y metal graves, continuando como antes con el tema de Auferstehn. El tema irá creciendo de manera épica, hasta hacerse triunfal (Do mayor, una modulación que antes no se dio), gracias a las trompas y después las trompetas, mientras que los contrapuntos adquieren una entidad mayor.

Poco a poco la actividad va decreciendo hasta que casi se hace casi imperceptible (arpa -fortissimo- y contrabajos -pianissimo- en notas muy graves). El gong chino, timbales, bombo... parece que hacen temblar la tierra, mientras el metal entona un entrecortado arpegio ("La tierra tiembla, resuena la última trompeta, comienza la Gran Llamada. Los muertos luchan por salir de sus tumbas, gimiendo y temblando"). Los dibujos que entona la madera no encubren lo siniestro y espectral que tiene el cortejo. No tardará la trompeta en iniciar un tema juguetón e infantil... sobre el tema del Dies Irae en violines y flautas, que luego pasará a toda la madera. Se inicia así una marcha fantasmagórica entonada por la cuerda (martellato, Fa mayor), sobre la cabecera del tema medieval en disminución (negras), con peculiar carácter festivo ("Caminarán juntos en una larga comitiva ricos y mendigos, campesinos y reyes, la ecclesia militans con obispos y papas"); la trompeta se une con carácter protagonista, entonando una renovada versión del Auferstehn. Sin embargo, la procesión cada vez adquiere tintes más sombríos, descubriendo así la naturaleza esperpéntica y terrible del desfile.

Un molto ritardando precipita a la madera hacia una caída resbaladiza (escalas cromáticas descendentes interrumpidas por las advertencias espectrales de los trombones) sobre el temblor general de percusión y cuerda. El tema que más tarde se asociará a O Glaube se inicia como un tremendo lamento (< >), desarrollándose en la cuerda (primero violonchelos y luego los violines), mientras la banda, distante y discorde, interrumpe el discurso repetidamente con sus polirritmias. Todo se agita violentamente por última vez, suenan las trompetas apocalípticas con urgencia, y súbitamente se vuelve a Re bemol mayor -despacio (Langsam)-, donde los violonchelos y luego los violines entonan ese canto apaciguador que promete la redención.

Las trompas llaman por última vez, las trompetas nos desconciertan con su premura, con los ecos de sus fanfarrias. Una flauta y un flautín hacen cantar al pájaro -símbolo de naturaleza, de vida- por última vez ("Las trompetas del Apocalipsis callan. Ya los muertos han salido de sus tumbas y la tierra permanece en silencioso vacío, tan sólo interrumpido por el canto del pájaro de la muerte; pero incluso éste calla finalmente").

Comienza así la última parte del tiempo, movimiento, con la entrada de los santos (Sol bemol) en un coral de delicadeza sobrecogedora -nuevo anticipo del Coro Místico de la Octava-, sobre el texto de Klopstock, en el que se va imponiendo el canto de la soprano solista (Aufersteh'n). En medio, un bello pasaje orquestal con la exposición del tema de la Redención (trompas), y de nuevo el coro vuelve a la idea inicial.

Después, la impresionante intervención de la contralto con el famoso pasaje O glaube. El coro de hombres centra el núcleo ideológico de la sinfonía: "Lo que ha nacido debe perecer (aquí la frase desciende sin recelo). ¡Perecer para resucitar!" (el coro entona con énfasis un ascenso que reposa suavemente en Do bemol mayor). Una serena convicción en contralto y coro exaltan a que se pierda el miedo (Hör' auf zu beben!), clamando en fortissimo y en enérgica homofonía (Re bemol de nuevo) "¡Disponte a vivir!" (Bereite dich zu leben!). Un poco más adelante, en un pasaje doloroso (en La bemol mayor), soprano y contralto se enzarzan en vivo diálogo de entradas canónicas, donde dejan ver claramente que la muerte así ha sido vencida, convergiendo finalmente a partir de "Zum Licht...", cuando se alce el vuelo "hacia la luz que ningún ojo ha visto". El coro insiste en esta idea de elevación ("Mit Flügeln..."), sobre el tema capital que ahora señalamos, también en entradas imitativas. Poco a poco todos los elementos se van sumando en un crescendo amplio que termina en forma de coral sobre las palabras que Mahler añadió al texto de Klopstock, y que resumen el sentido de la sinfonía: "Moriré para vivir" (Sterben werd' ich, um zu leben!), tema en aumentación con respecto al ya presentado anteriormente.

El coro vuelve a repetir la melodía, aún más fuerte, desde la dominante de Mi bemol, un efecto que enfatiza aún más la frase, junto a la retención del tempo, trémolos en timbales y madera, o la misma situación cadencial en que se plantea, todo lo cual conduce finalmente a Mi bemol mayor.

Un coral se levanta sobre la última estrofa, que comienza nuevamente sobre el texto Resucitarás, aunque el tema definitorio lo exponen trompetas y trombones. Las sopranos alcanzan el Si bemol cuando aluden al corazón (Herz) que resucitará en un instante, elevándose la melodía progresivamente, primero sobre was du geschlagen ("lo que has sentido"), hasta terminar triunfalmente sobre zu Gott wird es dich tragen! ("hacia Dios te llevará").

A partir de aquí, quedará el tema de la resurrección en las trompas, luego en las maderas, subrayado por arpegios en las arpas, campanas, trémolos en la cuerda o golpes de gong chino en constante crescendo, que pondrán un vivificante punto final a la obra. Visto en conjunto, el tránsito ciclópeo desde el lóbrego y desesperanzado Do menor inicial al brillante y trinitario Mi bemol final completan la visión celular de una sinfonía pensada para sobrevivir.

Pág.ant