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Sinfonía Nº
3 “El Divino Poema” op. 43 de
Alexander Scriabin
Por Martín Llade
El
ciclo sinfónico de Scriabin se inaugura con una
sinfonía en mi mayor con solistas y coro, estrenada en 1900.
En ella aún se nos revela al autor
post-romántico, de vagos ecos lisztianos. Lo llamativo de la
obra es su división en seis movimientos y una suerte de
himno a la música cantado por una mezzosoprano, un tenor y
el coro en el andante final, que obviamente toma como modelo la
Sinfonía Nº 9 de Beethoven. Hay que decir que la
pretensión de Scriabin es excesiva para una primera
sinfonía y que la partitura puede resultar incluso ingenua,
a pesar de una instrumentación autopostulada como
“paradisíaca” y de unas
armonías que quieren plasmar lo divino. El coro concluye
cantando los siguientes versos: “Venid gentes de toda la
tierra al arte, gobernante omnipotente. Cantémosle
alabanzas”, toda una constatación de esa
fijación scriabiniana por el mesianismo que, sin embargo,
habrá de esperar todavía para eclosionar en todo
su esplendor.
Scriabin no se dio por vencido y apenas un año
después del estreno de la Sinfonía Nº 1
trabaja apasionadamente en una segunda, que vería la luz a
comienzos de 1902. A pesar del breve lapso de tiempo transcurrido entre
ambas, aquí elabora una partitura mucho más
sólida, estructurada en cinco movimientos. Liszt sigue
siendo la referencia, pero de forma mucho más contundente,
al estar la obra regida principalmente por el principio
cíclico creado por el húngaro y desarrollado
hasta su máxima expresión por Cesar Franck. La Segunda es un
escalafón más hacia lo que
será el Divino
poema, pero se trata de una obra de
carácter intermedio, impecable en su forma, con ese crisol
de sensualidad, lirismo, carácter pastoril y ascetismo tan
caro al compositor, aunque plasmado de forma un tanto comedida. En el
quinto y último movimiento se dejan sentir las resonancias
de un himno que, siguiendo el principio cíclico, retrotrae
al andante inicial, sin embargo, Scriabin opta por concluir con la
misma mesura con la que ha ido desarrollando la sinfonía.
A propósito de la Segunda,
el director Vasili Safonov
comentó a los profesores de la orquesta, antes de dirigirla,
“Señores, descubrámonos porque
aquí tenemos la Biblia”.
La gestación de
su siguiente y última sinfonía va a demorarse
algo más en el tiempo, teniendo lugar mientras tanto una
serie de acontecimientos que dejarán no poca huella en
Scriabin. Para empezar, en 1903 abandona su puesto de profesor en el
Conservatorio de Moscú y se traslada a Suiza. Es entonces
cuando entra en contacto con los círculos
teosóficos. Esta doctrina esotérica sostiene que
todas las religiones no son sino intentos de acercarse al concepto de
lo divino y que, por lo tanto, cada religión está
en posesión de parte de la verdad universal, sólo
que formulada desde el prisma de sus propias circunstancias
históricas y sociales. La teosofía
pretendía, por tanto, analizar todas las religiones y
filosofías para extraer lo que de sabiduría
divina (esto es, teosofía), hubiera en ellas. El movimiento
teosófico nació en 1875 de la mano del
estadounidense Henry Olcott y la rusa Helena Blavatski. Aún
así, esta última residió la
última parte de su vida fuera de su país y
falleció en 1891, por lo que debe descartarse cualquier
contacto del joven Scriabin con ella. De hecho parece que fue en Suiza
donde empezó a manifestar su interés por esta
doctrina, cristiana en su esencia pero desde un planteamiento
esotérico, influenciado por el budismo y en
conexión con otros movimientos de finales del siglo XIX,
como el espiritista, los rosacruces o los gnósticos.
Al instalarse en Suiza Scriabin rompe además con su esposa
Vera, a la que abandona junto a sus cuatro hijos. Las razones de esta
ruptura no se deben tanto a su interés por la
teosofía como por Tatiana de Schloezer, sobrina del pianista
y compositor Paul de Schloezer, por entonces todavía una
adolescente. Ella le seguirá a partir de entonces en sus
viajes y le daría un hijo, Julian, compositor precoz
destinado a morir ahogado a los once años, cuatro
después de la muerte de su padre.
Otras formas de ser ruso
Scriabin pasa una temporada en Suiza y luego se traslada a Bruselas,
donde su interés por la teosofía se intensifica,
visitando los círculos existentes en torno a este
movimiento. Curiosamente, no hay evidencias de que llegase a
convertirse oficialmente en un integrante del mismo. También
por entonces lee con gran interés a Nietzsche y Marx. Parece
ser que, después de todo, y dado su acusado egocentrismo,
ninguna forma de pensamiento colectivo podía ajustarse a su
personalidad. Sin embargo, asimila muchas de las ideas de los
teosóficos dentro de su propio imaginario, a la vez que su
estética va sufriendo una profunda
transformación. El lirismo de Chopin y la expresividad de
Liszt y han quedado ya atrás y ahora es la música
de Wagner la que le lleva a su siguiente estadio evolutivo. Al igual
que el autor alemán, Scriabin concibe la música
como una religión, su personal forma de llegar hasta lo
divino. Más no hay aquí identificación
con una cultura y un pueblo concretos. Scriabin es el primer compositor
ruso que no se molesta en serlo. Incluso Tchaikovski, tildado por los
Cinco de occidental descarado, se consideraba profundamente eslavo y
hacía gala de ello en su música. Scriabin reniega
de este planteamiento ‘folklorista’, no negando ser
ruso, pero sí acogiéndose a su derecho a ser ruso
a su manera.
Por otro lado, la evolución hacia postulados wagnerianos es
forzosamente lógica, teniendo en cuenta que hasta 1900 toda
su producción es prácticamente
pianística. Con su introducción en el terreno
sinfónico explora todos los resortes de la orquesta, el
espectro de sonoridades que le brindan las distintas secciones
instrumentales, las posibilidades del lenguaje armónico...
En sus dos primeras sinfonías esta búsqueda es
todavía tibia y parece moverse en ocasiones en terreno de
nadie. La Sinfonía
Nº 3 constituirá su
cenit dentro de este nuevo lenguaje y su último estertor
post-romántico, tras el cual derivará, sin
influencias exteriores, a su propio lenguaje atonal, nacido de la
superposición de los intervalos de cuarta. Esto
dará paso al tercer y último período
scriabiniano, aquel que le hará constituirse en uno de los
visionarios del siglo XX. El hecho de que no llegue a crear una escuela
ni a tener sucesores directos tiene una explicación
sencilla: a diferencia de Schoenberg y los otros vanguardistas, la
única voluntad del músico ruso es trascender los
límites de la expresión musical y sus barreras
sonoras para, con ello, alcanzar el culmen de la espiritualidad, ese
clímax de misticismo que sus amigos los
teosóficos aspiran a alcanzar a través del
pensamiento.
Vislumbrando la esencia del misterio
La gran obra de Scriabin a este respecto será su Poema del
éxtasis op. 54, con el que
franqueará los
límites entre su etapa de impronta wagneriana e incluso
debussyana e irá configurando ese nuevo lenguaje comentado
anteriormente, que, ya perfectamente articulado, enunciará Prometeo, poema del fuego,
su última composición
sinfónica. Como curiosidad hay que citar
inclusión en esta última partitura de un teclado
luminoso, inventado por el propio artista, en el que deben proyectarse
diversos colores en consonancia con las distintas armonías y
timbres, mientras va sonando la música. Esto no debe
considerarse como una extravagancia, ya que, al igual que
Rimski-Korsakov o el lituano Mikolajus Konstantinas Ciurlionis,
Scriabin era sinestésico, esto es, era capaz de percibir un
sentido a través de otro, en su caso, los colores a
través de las sonoridades. De hecho, se jactaba de poder
“escucharlos”. Rachmaninov recordaría
toda su vida una conversación con él y Rimski, en
el que le expusieron sus sensaciones a este respecto y su escepticismo
cedió cuando cayó en la cuenta de que ambos
asociaban los mismos colores con las mismas notas.
Aunque Prometeo puede considerarse la plasmación absoluta de
las ideas filosóficas y religiosas del artista,
él consideraba que aún estaban lejos de alcanzar
su plena expresión y concibió una obra en la que
se diera una síntesis sacra de todas las artes, en la que se
anunciase la creación de un nuevo mundo. Esta obra, cuya
envergadura resulta difícil de imaginar, y en la que las
artes plásticas, los sonidos y el color, se fundiesen en una
sola creación, iba a llevar por título Mysterium
y Scriabin afirmaba que debía de ser representada nada menos
que en el Himalaya. La muerte del músico en 1915, por causa
de una septicemia, dejó inconcluso tan inconcebible proyecto.
Así pues, la importancia de la Sinfonía
Nº 3 “El divino poema”,
radica en que se
trata del primer paso que conducirá al clímax de
su producción sinfónica, siendo,
paradójicamente, la última de sus tres
sinfonías, pero el primero de sus tres poemas
sinfónicos.
Una sinfonía entre el canto de los
pájaros
No se trata, sin embargo, de la primera partitura en la que Scriabin da
rienda suelta a sus teorías místicas, ya que este
honor le corresponde a su Sonata
para piano Nº 3.
Así pues, El Divino Poema comienza a gestarse cuando el
músico, tras haber dado un portazo a su vida de profesor de
conservatorio y padre de familia, vive su idilio con Tatiana. Durante
la primavera de 1903, el músico y Tatiana regresan
temporalmente a Rusia, a una dacha cerca de Maloyaroslavets, donde
coinciden con un amigo de Alexander, Leonid Pasternak. Éste
tiene un hijo adolescente llamado Boris, que años
después escribiría Doctor Zhivago, una de las
cumbres de la literatura rusa del siglo XX. Por aquel entonces,
Scriabin estaba enfrascado componiendo la Sinfonía
Nº 3 y así lo recordaría el
futuro
escritor: “A la vez que el sol y la sombra se alternaban en
el bosque y los pájaros cantaban volando de una rama a otra,
fragmentos y retazos de El Divino Poema, que él estaba
componiendo en su piano, en la dacha contigua a la nuestra, flotaban en
el aire. ¡Y Dios, qué música aquella!
La sinfonía estallaba en el aire una y otra vez, como una
ciudad que se encontrase bajo la artillería enemiga,
renaciendo una y otra vez de sus ruinas. A pesar de que en ocasiones
parecía bordear lo insano, luego renacía, al
igual que el bosque, toda nueva y llena de vida, palpitante de
frescura”. El impacto causado en el joven por Scriabin llega
a ser tal que Pasternak decide hacerse músico y comienza sus
estudios musicales poco después, en 1904,
prolongándolos por espacio de seis años. Cabe
preguntarse si esa decisión fue tomada precisamente como
consecuencia de la audición de El Divino Poema.
En noviembre de ese mismo año, Scriabin puede presentar la
partitura para piano ya completa al círculo de compositores
de San Petersburgo. Aunque se temía una reacción
hostil para su sorpresa, el ultraconservador Glazunov se
mostró encantado y también Rimski-Korsakov le dio
su aprobación. Leonid Sabaneev recoge que algunos de los que
tuvieron ocasión de asistir a esta audición a
piano llegaron a afirmar que la obra tenía mucho
más sentido en su formato pianístico que en su
escritura orquestal. Curiosamente, no sería en Rusia donde
El Divino Poema se presentase por primera vez sino en París,
el 29 de mayor de 1905, bajo la batuta de Arthur Nikisch. La obra se
vendió publicitariamente como una
“creación grandiosa, capaz de transportar al
oyente, de forma fantástica, a otro mundo”. La
recepción fue lo suficientemente buena como para convencer
al mundillo musical ruso de que su público, poco amigo de
los experimentos, le dispensaría una buena acogida. Esta vez
le fue encomendada a la dirección a Felix Blumenfeld, con el
propio Rimski ofreciendo su ayuda en los preparativos. Por cierto, que
entre los asistentes a los ensayos se encontraba un muchacho de quince
años, que despuntaba como una joven promesa del piano y
soñaba con ser compositor. Su nombre era Sergei Prokofiev.
Scriabin redactó un extenso poema y a partir de
él elaboró la sinfonía. Sin embargo,
éste se ha perdido, y lo único que se conserva es
una síntesis del mismo, debida a Tatiana de Schoezer y su
hermano. Scriabin realizaba en él una digresión
sobre el Ego, dividiéndolo en el concepto de Hombre-Dios y
Hombre-Esclavo. La violenta batalla entre estos dos conceptos genera la
discordancia y la concordia de la propia esencia del ser humano,
logrando finalmente, alcanzar la unidad, tras la cual se da paso a la
libertad absoluta, plasmada a través de un gozoso
éxtasis que conduce al alma (la del propio Scriabin, se
supone) al cielo de otros mundos. La obra está planteada en
tres movimientos, adoptando la forma sonata, cada uno de los cuales
lleva el siguiente título:
Luchas
Este allegro, de grandes dimensiones, abarca tanto como los otros dos
movimientos siguientes juntos. En su primera mitad se nos plantea en
constante ebullición, con esas “luchas”
entre los dos temas presentados, en constante conflicto, pasando de la
apoteosis violenta al derrumbamiento, para renacer luego la lucha de un
clímax de desolación tras la tormenta. Sin
embargo, en su segunda mitad, Scriabin despierta su vena
lírica, ofreciendo una página
bucólica, de gran sosiego, con gran protagonismo de los
instrumentos de viento-madera.
divino_poema1
El compositor anota en la partitura que la introducción debe
ser “divina, grandiosa”; el tema principal
“misterioso, trágico, rojo”, es
enunciado por la cuerda, como una suerte de variante de la entrada de
los trombones, en fortissimo. El segundo tema, de gran belleza, se
desarrolla “velado”, casi en un segundo plano.
Voluptuosidades
Movimiento lento -“sublime” apunta el compositor-,
de resonancias wagnerianas profundas, sobre todo alusivas al Anillo del
Nibelungo, aunque la tonalidad de Mi mayor nos retrotrae
nada menos que
a la Sinfonía Fausto de Liszt, el músico que
más marcó anteriormente a Scriabin. El tema
principal de este movimiento ya ha sido prefigurado en Luchas y
dominará la primera parte del mismo, hasta que Scriabin hace
un receso y cambia el climax por una sección pastoril
“de textura límpida”, en el que los
pájaros cantan (¿Los mismos que
escuchó Boris Pasternak en Maloyaroslavets?) una tierna
melodía, a la que Scriabin confía una refinada
orquestación, repartida entre la madera, las trompas y la
cuerda. Luego, de forma abrupta, las trompas llaman a recuperar el tema
principal de la sinfonía, para enlazar sin fisuras con el
movimiento final.
Juego Divino
“Allegro de alegría radiante, rojo, en Do
Mayor”. Es éste un movimiento en el cual los
metales adquieren un inusitado protagonismo, dotando al conjunto de
solemnidad y triunfo. Un breve prólogo, lento, da paso a una
trinidad de motivos, llamados de la siguiente manera: “Divina
grandeza” (una idea que parte de un poema
sinfónico inacabado escrito entre 1896 y 1897),
“Llamada al hombre” y “Miedo al
acercamiento, sugestión de vuelo”. Estos tres
temas son combinados, siguiendo el principio cíclico
lisztiano, con el tema principal de la obra
(“también llamado tema del ego”) al cual
le responde el tema principal del segundo movimiento, con un solo de
violín que irá incrementándose hasta
un fortissimo de la orquesta al completo.
El Divino
Poema concluye con una apoteosis de arpegios descendentes
de
do mayor, que representan, en efecto, el triunfo del Ego sobre las
dudas y adversidades, en una suerte de comunión espiritual
de la humanidad con lo Divino. A partir de este momento, Scriabin ya
puede concebir sin complejos el Poema
del éxtasis y el Poema
del fuego.
Discografía recomendada::
- Orquesta Nacional de Rusia. Director: Mikhail
Pletnev. DEUTSCHE GRAMMOPHON.
- Orquesta Sinfónica de la Radio
Danesa. Director: Neeme Järvi. CHANDOS.
- Orquesta Sinfónica de
Moscú. Director: Igor Golovschin. NAXOS.
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