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Las óperas de Verdi. Introducción
Por Carlos Ruiz Silva
Giuseppe Verdi, nacido en Busseto en 1813 y muerto en Milán en 1901, es la culminación de la ópera italiana del siglo XIX. En un principio, se manifiesta como el continuador de la gran tradición belcantista de Rossini, Bellini y Donizetti, que más tarde supo transformar en un tipo de ópera más complejo y profundo, tanto desde el punto de vista musical como del dramático. Verdi fue capaz de combinar, con mano maestra, los trazos melódicos y cantábiles típicamente italianos con la vida psicológica y palpitante de sus personajes, que alcanzan una humanidad y una emoción difícilmente igualables en la historia del melodrama, es decir, de la ópera. Títulos como Rigoletto, La Traviata, Don Carlos u Otello son un ejemplo de la verdad del arte, de la fascinación que la belleza del teatro puesto en música puede ejercer, a través de la voz humana y de una orquesta, en el público de todo tiempo y lugar. Verdi es para la música italiana lo que Wagner para la alemana: un gigante que nos ha dejado una obra inmortal que expresa algunas de las más hondas y hermosas vivencias de la condición humana y que supera las barreras de las lenguas y las naciones.
¿Cúal era la situación de la ópera italiana hacia 1839, cuando Verdi escribe su primera ópera? Tres grandes maestros habían impuesto su personalidad a comienzos de siglo: Rossini, Bellini y Donizetti. El primero contaba 47 años, es decir 21 más que Verdi, y había ya estrenado todas sus óperas -la última Guillermo Tell diez años atrás-, Bellini, probablemente el más genial de todos los compositores italianos había muerto cuatro años antes y Donizetti tenía 42 y había estrenado ya L'elisir d'amore y Lucia di Lammermoor. El estilo belcantista estaba todavía en auge.En general, la opera italiana había dado siempre preeminencia a la voz sobre el resto de los componentes del melodrama: la orquesta, los personajes y el sentido dramático de la historia, y puede decirse que este dominio de la voz humana continuó durante todo el siglo.
El triunfo del Romanticismo había sido total. A las óperas serias de reyes, dioses y héroes un tanto estáticos se había pasado al dominio de las pasiones, al canto de la libertad expresiva, a heroínas que se morían de amor o perdían la razón y a situaciones límite que servían tanto para impresionar al espectador como para servir de pretexto a lucimientos de virtuosismo vocal. Frente a las fórmulas rígidas de la ópera seria la nueva ópera romántica suponía un rompimiento esencial con lo anterior, produciéndose un fenómeno paralelo al del teatro romántico con relación al neoclásico. Verdi aprendió todo esto y así no es de extrañar que su primera ópera, Oberto muestre un hálito abiertamente romántico en unos años en los que ya había triunfado este movimiento en toda Europa. Puede resultar interesante consignar que en las fechas de la composición de Oberto ya había muerto Weber, y Wagner había compuesto sus dos primeras óperas Las hadas y La prohibición de amar. Por lo que respecta a la ópera francesa, Meyerbeer había dado a conocer Roberto el Diablo y Los Hugonotes, Halévy La Judía y Berlioz su monumental Benvenuto Cellini.
Especial Verdi
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