Inicio
 Melómano en pdf
 Tienda
 Discos: Recomendados
 Guía Práctica
 Claves
 Opinión Nuevo
 Especiales
 Grandes Obras
 Ópera
 Libretos
 Zarzuela
 La música y yo
 Entrevistas
 Promesas Cumplidas
 Consultorio
 Últimas portadas
 Registro
 Orfeo Ediciones
 Tus sugerencias
       
 
 ESPECIALES
 
Las óperas de Verdi. La espléndida trilogía final: Aida, Otello, Falstaff. Aida
Por Carlos Ruiz Silva


Después del estreno de Don Carlos, Verdi permaneció un tiempo inactivo, tomándose un largo y merecido descanso. Sólo le entraron ganas de componer una nueva ópera cuando recibió el argumento de una historia sobre el antiguo Egipto que le envió Camille du Locle, quien lo había tomado de un relato del egiptólogo francés Auguste Mariette. Fue éste quien sugirió al jedive de Egipto (título similar al de virrey) que encargase a Verdi una ópera sobre ese tema para la apertura del canal de Suez. Sin embargo, el tiempo pasó, el canal se inauguró y la ópera ni siquiera se había empezado. Pese a ello, Verdi firmó en junio de 1870 un contrato para estrenar Aida en el Teatro de la Ópera de El Cairo en enero de 1871. En un principio la ópera iba a ser en francés (el libreto original está en esta lengua) pero Verdi prefirió el italiano y llegó a un acuerdo con du Locle para que el libreto se tradujese. El encargado fue Antonio Ghislanzoni. Verdi se puso a la tarea y en cuatro meses terminó la imponente ópera que hoy conocemos. Los monumentales decorados se hicieron en París pero no pudieron llegar a El Cairo debido a la guerra franco-prusiana. Esto hizo que el estreno de Aida tuviese que ser pospuesto hasta casi un año más tarde. Finalmente, se estrenó en El Cairo el 24 de diciembre de 1871. Verdi no estuvo presente perdiéndose así la entusiasta acogida que tuvo su ópera.

La obra está dividida en cuatro actos y siete cuadros y situada en el Egipto faraónico -Menfis y Tebas- en tiempo indeterminado.

La historia de Aida es bastante sencilla si la comparamos con la de Don Carlos. Un capitán egipcio, Radames, está enamorado y es correspondido por una esclava etíope, Aida, que es, en realidad, la hija del rey de Etiopía, Amonasro. Pero Amneris, la hija del faraón, también está enamorada de Radamés y hace lo posible por conquistarlo. Cuando estalla la guerra entre Egipto y Etiopía, Radames vuelve victorioso y a petición de Aida solicita como recompensa la libertad de los prisioneros, entre los que se encuentra, de incógnito, el propio Amonasro. Inducida por su padre, Aida logra que Radames le confíe un secreto militar. Dándose cuenta de su involuntaria traición, Radames se entrega a los sacerdotes. Pese a los esfuerzos de Amneris por salvarle la vida es condenado a morir en una cripta sellada por una gran piedra. Cuando se queda solo descubre que Aida también está allí para morir con él.

Aida consta de cuatro actos y siete cuadros y es la ópera monumental por antonomasia. Su famosa Marcha triunfal puede admitir el más amplio de los coros además de todos los figurantes que el escenario pueda sustentar. La monumentalidad de los edificios del antiguo Egipto es suficiente pretexto para situar sobre la escena los más colosales decorados y el mas lujoso de los espectáculos. Pero además de esto, Aida es una historia íntima de amores y celos. El genio de Verdi acertó a combinar con absoluta maestría los dos planos, el del espectáculo y el íntimo. Para ello escribió una partitura de gran inspiración, con momentos de un lirismo arrebatador y otros de tintes heroicos. Además, logró hacer creíbles a unos seres que viven, sufren y aman sobre el escenario con extraordinaria intensidad.

Tres son los personajes centrales. Aida es la protagonista que lleva en sí una terrible dualidad. Es esclava y princesa y también ama al hombre que va a luchar contra los suyos. Por eso su "Ritorna vincitor" del acto I es a la vez un grito de aliento al hombre que ama y de desesperación porque si retorna vencedor lo será de su padre y sus hermanos, de su pueblo. Al final tendrá que decidir también, en un dilema espantoso, entre vivir sin Radames o morir con él. Aida necesita una soprano lírico-spinta, capaz de alcanzar el do sobreagudo en pianissimo -"O patria mia"en la maravillosa escena del Nilo- y también de otorgar el suficiente dramatismo a las partes más densas del registro grave y medio.

Su rival, Amneris, es uno de los personajes para mezzo más imponentes de la historia de la ópera. Sus celos y su desesperación por no poder conseguir el amor de Radamés, siendo la hija del faraón, la hacen tremendamente humana. El enfrentamiento con Aida por el amor del guerrero en el acto II es uno de los momentos cumbre de la ópera. Su gran escena del primer cuadro del cuarto acto, en su último encuentro con Radamés y sus imprecaciones a los sacerdotes que lo condenan, puede resultar impresionante. Requiere una mezzo de gran poderío y amplia tesitura, capaz de encaramarse con arrojo al si bemol y al si natural.

Radamés es un tenor spinto pero que tiene importantes momentos de lirismo. Su famosa aria Celeste Aida debe ser cantada con efusividad lírica y control de los reguladores, de hecho el aria finaliza en un si bemol agudo en piano. Otro tanto puede decirse del emotivo dúo final entre los amantes, sabedores de su muerte, en la despedida del mundo. Por otro lado, en la gran escena del Nilo -dúo apasionado con Aida y final del acto- debe surgir el tenor de tintes heroicos, con squillo y canto apasionado y viril. El resto del reparto, incluso el personaje de Amonasro, el barítono, tiene mucho menor interés.

Cabe subrayar la belleza de muchos momentos orquestales, singularmente en el tercer acto, en el que Verdi capta toda la poesía y sensualidad de una noche en las orillas del Nilo. En fin, toda la parafernalia de la Marcha triunfal está perfectamente desplegada a través del esplendoroso fulgor de los instrumentos de metal.Las partes corales, muy importantes, tienen la requerida brillantez. Aida es un gran espectáculo, sí, pero también una gran música.

Especial Verdi