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Las óperas de Verdi. La ópera total: Don Carlos
Por Carlos Ruiz Silva
En 1865, la Ópera de París encargó a Verdi un nuevo título para ser estrenado durante la Exposición Universal de 1867. Esta vez el maestro eligió el drama de Schiller Don Carlos (1787) del que se encargó el libretista Joseph Méry. Por desgracia, el escritor falleció antes de terminar su obra y fue Camille du Locle el encargado de terminarla. Verdi se retiró a su villa de Sant'Agata y a finales del verano de 1866 la obra había sido terminada. Dada la complejidad de la nueva ópera, pronto comenzaron los larguísimos ensayos (más de 200) y, después de numerosos cambios y problemas, Don Carlos se estrenó en la Ópera de París el 11 de marzo de 1867 con éxito discreto. Pese a ello, la ópera se representó 43 veces durante la temporada lo que, evidentemente, indica el interés del público. Poco después se estrenaba en Italia, y en italiano, como Don Carlo en traducción de Achile de Lauzieres y Angelo Zanardini. En 1884, Verdi estrenó en la Scala una nueva versión de la ópera más reducida. Esta versión italiana en cuatro actos, es la que se interpreta hoy con más frecuencia.
Don Carlos es una grand opéra, es decir, una ópera francesa en cinco actos, de asunto histórico, con ballet y tono espectacular. Históricamente hablando, tanto la obra de Schiller como la de Verdi contienen numerosas inexactitudes y algunas cosas abiertamente falsas. En realidad, el hijo y heredero de Felipe II fue un loco lindando con la deficiencia mental y no el héroe romántico del drama alemán. El Escorial del que se habla en la obra no terminó de construirse hasta 1584, 16 años después de la muerte de don Carlos y de Isabel de Valois, fallecidos ambos en 1568 a los 23 años, pero ni a Schiller ni a Verdi les interesaba excesivamente la verdad histórica sino la verdad dramática y el pensamiento de libertad política a la que ambos artistas fueron muy sensibles.
En Don Carlos encontramos el trasfondo político de la España del siglo XVI, con las luchas en los Países Bajos y la intromisión de la Iglesia Católica en los asuntos del Estado. Simultáneamente, se nos cuenta una historia de familia, la del rey más poderoso de la tierra, su hijo (habido de su primer matrimonio con María de Portugal), su joven y desventurada esposa Isabel de Valois, la intrigante princesa de Éboli y el fiel y noble marqués de Posa. Con todo ello construye Schiller y luego Verdi una imponente obra dramático-musical con acertada alternancia de momentos espectaculares y otros intimistas y en la que encontramos pasión, amor, celos, soledad, renuncia, exaltación de la libertad y condena de la tiranía.
Don Carlos es la ópera más larga y compleja de Verdi y en su versión original francesa consta de los obligados cinco actos, de los cuales segundo, tercero y cuarto tienen dos cuadros cada uno. Los personajes están trazados con una mezcla espléndida de vigor y sensibilidad. Felipe II no es el tirano de una pieza. Hay en él una humanidad y una palpitación que Verdi expresa de modo elocuente en la gran escena del rey en la soledad de su gabinete a comienzos del IV acto. El melancólico recitativo "Elle ne m'aime pas" ("Ella giammai m'amò"), y la subsiguiente aria "Je dormirai dans mon manteau royal" ("Dormirò sol nel manto mio regal"), con su expresivo solo de violonchelo, es una de las más conmovedoras páginas escritas nunca para un bajo, del mismo modo que los acentos apasionados del "O don fatal et dédesté" ("O don fatale, o don crudel") que canta la mezzosoprano en el acto IV nos revelan el alma inquieta y la fuerza de la princesa de Éboli, enamorada de don Carlos y dispuesta a ingresar en un convento huyendo de las veleidades del mundo. El marqués de Posa (en realidad de Pozas) tiene en la soberbia escena de su muerte -final del IV acto- uno de los más completos retratos dramático-musicales del barítono verdiano. Las diversas intervenciones de la desgraciada reina, que culminan en su gran aria del V acto, "Toi qui sus le néant" ("Tu, che le vanità"), cantada ante el sepulcro de Carlos V, llevan el sello de la desventura vital y moral de Isabel de Valois. En cuanto al protagonista, está perfectamente dibujado como un héroe romántico, fuerte y al mismo tiempo vulnerable, sabedor de que su amor por la reina, que en principio le estaba destinada, es imposible y que la llamada de la libertad le obliga a enfrentarse a su propio padre y rey. En fin, el pequeño pero dificilísimo papel del Gran Inquisidor -su escena con el rey es de lo mejor de todo Verdi, con ese tenebroso enfrentamiento entre los dos bajos- redondea la galería de personajes y situaciones de esta magnífica ópera. Las escenas corales del monumental Auto de Fe ante la catedral de Valladolid ponen de relieve la condena implícita que dramaturgo y compositor hacen de la España negra de la Inquisición.
Especial Verdi
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