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Las óperas de Verdi. Otra vez España: La forza del destino
Por Carlos Ruiz Silva
En 1835 se estrenaba Don Álvaro o La fuerza del sino del duque de Rivas, la obra más importante del teatro romántico español, un drama desmesurado pero lleno de fuerza y de angustia existencial. Verdi conoció la obra española a través de una traducción italiana publicada en Milán en 1850, que le causó una honda impresión: "El drama tiene fuerza, es original y muy extenso. Me gusta extraordinariamente." El autor del libreto, Francesco Maria Piave, en colaboración estrecha y directa con el compositor, adaptó la obra con fidelidad y rigor, aunque en el acto III introdujo algunos elementos, de no mucha importancia, tomados de la primera parte, "El campamento de Wallestein", del poema dramático en tres partes Wallenstein (1799) de Friedich Schiller. Verdi trabajó en la ópera durante parte de 1860 y 1861 para cumplir un contrato con el Teatro Imperial de San Petersburgo. Verdi viajó hasta la ciudad rusa para el estreno, pero debido a la enfermedad de la protagonista, tuvo que posponerse varios meses. Al fin, La forza del destino se estrenó en San Petersburgo el 10 de noviembre de 1862, con Enrico Tamberlick, el tenor predilecto de Galdós, en el papel de don Álvaro.
En la versión original, la ópera finaliza con el suicidio del protagonista siguiendo fielmente el drama de Rivas: "Appritti, o terra, m'ingoi l'inferno... precipiti el ciel... pera la razza umana!" (traducción casi literal de las últimas palabras del desgraciado protagonista: "Infierno, abre tu boca y trágame. Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...") Cuando la ópera se estrenó en Italia -Roma, 7 de febrero de 1863, con el título de Don Álvaro- no tuvo el éxito de otras obras de Verdi y la crítica y los estamentos oficiales, señalaron el exceso de muertes y lo que consideraban poco respeto hacia la Providencia divina. Poco después, el 21 de febrero, se estrenaba en el Teatro Real de Madrid con toda solemnidad, con la asistencia del copositor -que revisó los ensayos- y la del duque de Rivas, a quien parece ser que no gustó la obra. Tal vez influido por estos rechazos, y por la presión de los estamentos próximos a la Iglesia, Verdi prohibió que la obra volviese a ser representada hasta que preparase una revisión. Pese a ello, La forza del destino se estrenó en Nueva York (24 de febrero de 1865), Buenos Aires (9 de julio de 1866) y Londres (22 de junio de 1867). En 1869 -27 de febrero- Verdi presentó en la Scala de Milán la nueva y definitiva versión de la ópera que, con respecto a la original, ofrecía numerosos pequeños cambios (además de la obertura, la más apreciada entre todas las de Verdi) y uno fundamental: don Álvaro no se suicida, sino que asiste a la dulce muerte de Leonor aceptando la voluntad divina y confortado por el padre Guardián. Esta segunda versión, en la que intervino el libretista Antonio Ghislanzoni, es la que se ofrece siempre en todos los teatros de ópera del mundo, pero, probablemente, la primera sea dramáticamente más valiosa y, desde luego, mucho más cercana al espíritu romántico y a la obra de Rivas.
Cuando se produjo el estreno de La forza del destino habían transcurrido 27 años desde que Don Álvaro o La fuerza del sino hubiera subido por primera vez a un escenario, el del Teatro del Príncipe, el 22 de marzo de 1835; 34 cuando se dio a conocer la versión definitiva. El mundo romántico había pasado ya sus momentos de esplendor y la sensibilidad del público también era distinta. Por eso, la versión de Milán resulta menos audaz, más equilibrada. Sin embargo, Don Álvaro, tanto el drama como la ópera original, es una creación fundamentalmente romántica, con sus excesos, sus enloquecidas vicisitudes y su pesimista reflejo de la absurdo, angustioso y desesperante de la condición humana.
La forza del destino se desarrolla en España e Italia en el siglo XVIII, y está dividida en cuatro actos, que, excepto el primero, tienen dos cuadros cada uno. Loa amores del misterioso Don Álvaro y Leonora no son aceptados por el padre de ella, el marqués de Calatrava, debido a razones sociales. Los amantes deciden huir y casarse, pero son descubiertos, el marques muere por el disparo de una pistola que lanza al suelo Don Álvaro y a partir de ahí se van sucediendo las desgracias. El protagonista busca la muerte en la guerra, pero no la encuentra. Leonora se retira a una cueva como penitente; Don Carlos, su hermano busca a Don Álvaro para vengarse, pero perece en el duelo no sin antes herir de muerte a su hermana. Los dos finales los hemos ya comentado. De los protagonistas, hace Verdi un acabado retrato musical que responde a toda su riqueza psicológica. Don Álvaro es un tenor lírico-spinto capaz de ternura y de pasión, de fortaleza y de hondo dramatismo. Uno de los grandes papeles de tenor verdiano. Su gran escena al comienzo del acto III "La vita è inferno all'infelice" es un magnífico retrato lleno de nobleza, de melancolía y de lirismo. El marqués de Calatrava es un bajo que, pese a la brevedad de su papel, tiene su importancia, debiendo dar, sin exageraciones, la doble faceta de padre amante y aristócrata altivo. Don Carlos de Vargas es el típico barítono verdiano, que puede dar la adecuada réplica -tanto en los momentos de amistad como en los de enfrentamiento- al tenor protagonista. De hecho, los tres grandes dúos Álvaro-Carlos constituyen uno de los máximos aciertos de la ópera. Doña Leonor tiene acaso la mejor música de toda la obra. Es una soprano lírico-spinto de línea apasionada en el primer acto, acentos intimistas, exquisitos y casi místicos en el segundo y expresión doliente y alucinada en el cuarto (su "Pace, pace mio Dio" puede resultar impresionante en su contraste de fervorosa plegaria y un final de gran dramatismo sobre la palabra Maledicion). El padre Guardián o Superior del convento es un bajo que debe tener empaque y, al mismo tiempo, sencillez en su expresión de bondad cristiana. En cuanto al gracioso hermano Melitón, Verdi le ofrece la oportunidad de lucirse en algunas ocasiones que sirven de contraste a la gravedad del superior. Por último Preciosilla, la gitana, se lleva la peor parte, pues su música, es duro decirlo, no tiene remisión posible: es mala, sin paliativos.
Especial Verdi
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