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Las óperas de Verdi. Rigoletto
Por Carlos Ruiz Silva


El Teatro de la Fenice le encargó a Verdi una nueva ópera a mediados de 1850. El maestro se decidió por poner música al drama de Victor Hugo Le roi s'amuse estrenado en 1832. El libretista, Piave, hizo una fiel traslación al italiano del texto francés, aunque con el nombre de La maledizione, pues Verdi opinaba que el corazón del drama estaba precisamente en la escena de la maldición. Ya Hugo había tenido problemas con la censura al día siguiente del estreno, debido al mal lugar en el que dejaba al monarca francés Francisco I, un personaje amoral y libertino. Y también hubo problemas con la ópera. Venecia estaba entonces en poder de los austriacos y cuando se presentó el libreto la censura no permitió lo que se consideraba un ataque a la monarquía. Hubo, pues, que cambiar el lugar y los personajes, y así el rey de Francia pasó a ser el duque de Mantua; el bufón Triboulet, Rigoletto, y su hija Blanche, Gilda. Naturalmente, en lugar del Louvre y las calles de París estamos en el palacio ducal de Mantua y en las calles de la bella ciudad italiana. Por cambiar, hasta se cambió otra vez el título de la ópera que pasó a llamarse Rigoletto. Se conservó, en cambio, la época, el siglo XVI.

Verdi trabajó con extraordinario entusiasmo durante mes y medio, aunque hay que tener en cuenta que había estado elaborando mentalmente la ópera durante los meses anteriores. Tanto la orquestación como el tratamiento de las voces y del coro están realizados con mano maestra. Se alcanza, además, una intensidad teatral extraordinaria, con lo que Rigoletto resulta ser un melodrama de inusitada perfección y equilibrio. Se estrenó en la Fenice el 11 de marzo de 1851 con enorme éxito. El público veneciano aclamó al compositor de modo apoteósico. La obra se hizo pronto enormemente popular en todo el mundo, popularidad que ha conservado hasta hoy. Es justo.

Rigoletto consta de tres actos y cuatro cuadros y en ellos se escenifica la tremenda historia del bufón del duque de Mantua, que riendo las gracias de su amo y atacando a sus enemigos con su lengua viperina, es maldecido por uno de ellos, el conde Monterone, y esa maldición parece la causa de su tragedia: su hija Gilda es seducida por el duque, que se hace pasar por estudiante, y para vengarse, Rigoletto compra los servicios de un asesino a sueldo, Sparafucile. Pero la hermana de éste, Maddalena, se apiada del atractivo joven y en su lugar deciden matar a un viajero desconocido, que resulta ser la propia Gilda disfrazada de hombre. Cuando Rigoletto va a saborear su venganza, abriendo el saco donde cree está el duque, encuentra en él a su propia hija. La maldición se ha cumplido.

Rigoletto se abre con un breve pero intenso preludio, lleno de fuerza y dramatismo. Cuando se alza el telón, la música se transforma en ligera y frívola, tal como requiere la fiesta que el duque da en su palacio. En seguida, Verdi retrata al libertino con su rítmica y cínica "Questa o quella". En este primer cuadro, merece destacarse el excelente empleo del coro, sólo masculino, que no sólo comenta sino que forma parte activa de la acción dramática. La breve intervención de Monterone es de gran densidad y su maldición, tanto al duque como a su bufón, tiene la fuerza requerida como para asustar al deslenguado Rigoletto. En el segundo cuadro y tras el siniestro ofrecimiento profesional del matón Sparafucile, encontramos el espléndido soliloquio del protagonista "Pari siamo", primer momento para que el barítono pueda lucirse ampliamente en su meditación sobre la belleza y la fealdad del hombre y su temor por la maldición recibida. El dúo que sigue entre padre e hija expresa toda la ternura y también el inmenso cariño que Rigoletto profesa a su hija, que lo es todo para él. La escena de amor entre el duque y la ingenua Gilda, que culmina con el vital y brillante dúo "Addio speranza ed anima", tiene el pálpito de la pasión juvenil y frescor amoroso de dos caracteres contrapuestos: el experimentado conquistador y la muchacha que descubre por vez primera el amor. El gran momento de Gilda es el famosísimo "Caro nome" en el que expresa la adoración que siente por Gualtier Maldè, el nombre falso que el aristócrata le ha dado. Requiere una lírico-ligera con capacidad para los agudos y las agilidades pero que tenga también una voz de cierto cuerpo en el centro. El acto se cierra con el rapto de Gilda por los cortesanos (éstos creen que es la amante del jorobado) y las breves pero lacerantes frases de Rigoletto al perder a su hija. De nuevo está presente la maldición.

En el acto II destaca el recitativo, aria y cabaletta del duque, que pone a prueba el fraseo y la pureza de estilo de un tenor lírico que debe presentar la cara menos frívola y más poética del seductor, con su cierto sentido del remordimiento y con su canto al amor que siente por la doncella. Si en el recitativo "Ella mi fu rapita" hay una agitación dramática y en el aria "Parmi veder le lagrime" un lirismo belcantista de la mejor ley, en la cabaletta "Possente amor" debe el cantante dar toda la brillantez de un hombre embriagado por la pasión. La gran escena de Rigoletto, en la que descubre a los cortesanos que Gilda es su hija, tiene una indudable grandeza y el aria "Cortigiani, vil razza dannata" es una de las más bellas y conmovedoras de toda la producción verdiana. El acto culmina con otra gran escena entre padre e hija que retrata con con gran acierto la psicología de ambos personajes, un duelo entre el amor y el honor, el ruego por el perdón y los deseos de venganza. La secuencia "Sì, vendetta, tremenda vendetta" tiene toda la tensión, la fuerza y también la belleza del mejor Verdi.

En el último acto se encuentra la más famosa de las arias de Verdi, la archipopular "La donna è mobile, canzonetta ligera que resume la filosofía de vida del libertino duque, y también el cuarteto "Un di, se ben rammentomi", de mayor calidad musical, y en el que los cuatro personajes (los tres protagonistas y la ramera Maddalena) expresan sus distintos sentires que convergen en una espléndida simultaneidad y equilibrio siendo tan distintos cada uno de ellos. La tempestad, reflejo de las pasiones de los personajes, es un tanto ingenua, pero no así la integración de las voces cuando ésta descarga. El sacrificio de Gilda, su inmolación por el hombre que ama a pesar de que sabe ya que es un canalla, está muy bien expresado por el compositor, y la escena final, cuando Rigoletto abre el saco que contiene el supuesto cadáver del odiado duque y se encuentra con su hija moribunda, resulta estremecedora por la emoción, la ternura y, al mismo tiempo, la desesperación con la que está expresada. La ópera finaliza con el grito desgarrador del bufón ante el cadáver de su hija acordándose de la maldición.

Especial Verdi