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Las óperas de Verdi. De Trieste a Trieste pasando por Roma y Nápoles. Il Corsaro
Por Carlos Ruiz Silva


A finales de 1847, Verdi se dedicó a la composición de una nueva ópera que le había encargado el Teatro Grande de Trieste, El Corsario, sobre un poema dramático de Lord Byron. Piave realizó un libreto ajustado que sigue con bastante fidelidad el original. Byron escribió The Corsair en 1814 y están presentes en ella algunos de los rasgos más personales del autor: la pasión, el sacrificio, la lucha por la libertad, el sentimiento de culpa y el destino trágico del protagonista. Il Corsaro es una ópera escasamete representada pese a la indudabe belleza de alguna de sus páginas y al lucimiento de los papales principales, sobre todo los de Gulnara y Corrado. Tal vez la orquestación sea un tanto ruda en ocasiones y los retratos psicológicos de los protagonistas no ofrezcan los intentos de introspección dramática ensayados en Macbeth, pero en Il Corsaro encontramos la expresión de una pasión amorosa que alcanza momentos de desbordante fuerza y que bien podrían ser el trasunto de los impetuosos amores del compositor con la soprano Giuseppina Strepponi, mujer extraordinaria, más por su talento y personalidad que por su voz o belleza, de la que Verdi se hizo amante precisamente en los meses parisinos en los que compuso Il Corsaro, meses además de revolución y grandes acontecimientos político-sociales en Francia e Italia.

Finalizada la partitura, el músico se la envió a su amigo Emanuele Muzio para que se la hiciese llegar al empresario Lucca al que Verdi profesaba gran antipatía, reclamándole al tiempo los 100 napoleones de oro que figuraban en el contrato por la composición. La ópera se estrenó en el Teatro Grande de Trieste el 25 de octubre de 1848 y pese a que en el reparto figuraben dos grandes nombres de la lírica de su tiempo, el tenor Gaetano Fraschini y la soprano Marianna Barbieri-Nini, la representación constituyó un verdadero fracaso. El maestro, que no asistió al estreno, se ahorró el mal trago de contemplar cómo su ópera no merecía siquiera el mínimo honor de que el telón se levantase una sola vez al final de la función.

Il Corsaro es un melodrama en tres actos y siete cuadros cuya acción se desarrolla a comienzos del S. XIX en una isla del mar Egeo y en la ciudad turca de Corona. La trama gira en torno a Corrado, un corsario que desprecia el mundo y a los hombres. Desprendiéndose de los brazos de su amante, Medora, ataca con sus hombres la ciudad turca de Corona, incendiando las naves del bajá Seid. En el palacio de Seid, Corrado salva del fuego a Gulnara, la favorita del harén, que se enamora de él, pero es apresado por los turcos y condenado a muerte. Gulnara mata a Seid y huye con el corsario. Mientras, Medora, creyendo muerto a Corrado, se envenena y éste, desesperado, se arroja al mar.

La ópera se inica con un tormentoso preludio que tiene una sección central más calmada. Todo el primer cuadro está encomendado al tenor. El aria "Tutto parea sorridere" es de buena factura y agradable línea melódica, mientras que la cabaletta con coro es gallarda y apropiada al texto. En el segundo cuadro destaca el aria de Medora "Non so le tetre immagine", de exquisita línea y delicada orquestación, con especial protagonismo del arpa. El dúo entre los amantes posee pasión y ternura. Dramáticamente es también adecuado pues el compositor acierta a plasmar en él los contradictorios sentimientos del protagonista, que se debate entre el dulce amor de Medora y su propósito de asaltar el campamento turco.

El coro de odaliscas, con el que se inicia el acto II, es de no mucha calidad. El cuadro está protagonizado por Gulnara, al que Verdi otorga abundantes motivos de lucimiento. Tanto su cavatina "Vola talor dal carcere", sensible y un tanto belliniana, como la cabaletta que sigue "Ah conforto è sol la speme" son de gran dificultad, en especial la segunda que necesita una spinto con dominio de las agilidades y un gran sentido rítmico. El segundo cuadro nos presenta la figura de Seid, el barítono, al que el compositor otorga empaque y cierta nobleza. Lo más destacable del cuadro es el concertante final que tiene amplitud, fuerza expresiva y adecuada línea cantabile, en especial la parte encomendada a la soprano que es, de nuevo, muy difícil.

El primer cuadro del acto III es el gran momento del barítono. El recitativo "Alfin questo corsaro" es excelente, con un acertado diseño zigzagueante en las cuerdas acompañando las palabras "serpe feroce che dagl'occhi avventi" en las que el bajá expresa sus feroces celos. El aria "Cento leggiaderi vergine" con una primera parte con acompañamiento de pizzicati, un tanto seca, se hace más lírica y apasionada en la segunda. La cabaletta "S'avvicina il tuo momento" es de gran efecto y brillantez pese a la no intervención del coro. El dúo que sigue, entre Seid y Gulnara, si no muy sutil, posee sentido dramático y adecuación al texto. El segundo cuadro se abre con una breve pero conmovedora introducción orquestal. El soliloquio de Corrado "Eccomi prigioniero" es excelente: grave, austero y expresivo. Todo el gran dúo entre el corsario y Gulnara posee una extraña mezcla de pasión, delicadeza y melancolía enmarcada en una precisa estructura rítmica. Muy acertada es la fase de Gulnara que comienza "Non sai tu che sulla testa", cantabile y dramática al mismo tiempo. La breve tempestad que tiene lugar mientras la esclava asesina al bajá posee gran ímpetu, si bien resulta un tanto ingenua. El último cuadro se inicia con una evocación de la música del aria de Medora del primer acto. El trío con coro, que ocupa lo fundamental del cuadro, es de muy aceptable nivel, con una amplia expresión lírica, y un adecuado contraste entre las diferentes voces. El desenlace de Il Corsaro tal vez sea un poco apresurado, defecto éste bastante común en las obras de esta época.

Especial Verdi