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Las óperas de Verdi. Alzira
Por Carlos Ruiz Silva


Sólo cuatro meses después del estreno en la Scala de Giovanna d'Arco -febrero de 1845- Verdi se había comprometido a entregar una nueva ópera para el teatro San Carlos de Nápoles. Pero las premuras del tiempo y las dolencias de estómago y cabeza que se habían hecho ya casi crónicas retrasaron la entrega, una ópera basada en la tragedia Alzira de Voltaire. El empresario del San Carlo, Vincenzo Flauto, insistió en que el contrato debía cumplirse en el plazo fijado ya que el estreno se había anunciado para junio de ese mismo año. Un cruce de cartas de tono no muy agradable se realizó entre compositor y empresario. Al fin, ante la evidencia, Flauto hubo de ceder y Verdi dispuso de dos meses más para escribir Alzira. Aun con esta prórroga la ópera fue compuesta con extraordinaria rapidez pues a finales de mayo aún no tenía en sus manos el libreto del que se había encargado Salvatore Cammarano. Por fin, la ópera se estrenó en Nápoles el 12 de agosto de 1845 y no constituyó un triunfo. En la temporada de otoño se dio a conocer en Roma, sin éxito. Poco después desaparecía de los escenarios.

Alzira es la ópera más corta de Verdi y la obertura la añadió en el último momento para paliar algo esta brevedad. Parece evidente que hay que achacar a la prisa, tanto del libretista como del músico, el que la ópera resuma excesivamente la obra de Voltaire. El escritor francés trató de expresar la superioridad del cristianismo sobre el paganismo o, dicho de otro modo, de la civilización europea sobre otras culturas más primitivas, en este caso sobre la inca. La tragedia de Voltaire, estrenada en 1736, insiste en los valores éticos de la religión de Cristo, basada en la comprensión, el amor y el perdón frente a la intolerancia y el fanatismo. En realidad, era una crítica a la religión católica oficial que detentaba un poder temporal por completo alejado del espíritu evangélico. Tal vez fue esta crítica lo que atrajo a Verdi, hombre no especialmente clerical, pero el libreto de Cammarano no recoge con la suficiente claridad y hondura el pensamiento de Voltaire, quedando reducido a un mero esquema argumental. El libretista transformó los cinco actos de la obra francesa en sólo dos añadiéndole un breve prólogo para explicar un suceso ocurrido tiempo atrás. En su favor hay que decir que, al menos, Cammarano no creó ningún personaje o situación rayana en el absurdo como había sucedido con Solera en Giovanna d'Arco. La Alzira de Verdi está lejos de ser una obra maestra pero tampoco debe desecharse sin matizar: algunas páginas denotan habilidad y sentido cantabile, especialmente las dedicadas a la protagonista, y no faltan momentos en los que se asoma el típico dramatismo verdiano, su pasión y su vibración emotiva. Tiene, además, otras virtudes: no es farragosa ni monótona y con un buen reparto y una buena dirección Alzira podría hoy pasar la prueba de fuego de la representación. Muchos años más tarde de su estreno, el propio Verdi se referiría a ella con la despectiva frase de "Quella è proprio brutta". Sin duda exageraba.

Alzira es una tragedia lírica en un prólogo y dos actos, el segundo de los cuales consta de tres cuadros, cuya acción tiene lugar en el Perú a mediados del siglo XVI durante la conquista española. Tanto el prólogo como los actos llevan un subtítulo: El prisionero (Prólogo), Vida por vida (Acto I) y La venganza de un salvaje (Acto II). La historia escenifica el choque entre dos culturas: la aborigen y la europea. Zamoro, príncipe de una tribu inca, salva de la muerte a Don Álvaro, gobernador español del Perú, y lo libera. Poco después se entera de que su prometida, Alzira, ha sido hecha prisionera por los españoles. El hijo de don Álvaro, Gusmano, es ahora nuevo gobernador y, para poner paz con los indígenas decide casarse con Alzira, de la que se ha enamorado. Ella consiente por el bien de su pueblo. Cuando se van a celebrarse las bodas, Zamoro apuñala a Gusmano y éste, dando pruebas de su espíritu cristiano, lo perdona poco antes de morir, permitiendo que los jóvenes contraigan matrimonio.

Alzira se inicia con una obertura que no se encuentra entre las mejores de Verdi y que no parece muy adecuada al tema y tono de la ópera. El breve prólogo, de apenas diez minutos, contiene algunos pasajes corales de los que el más destacado es el último "Dio della guerra" en el que los incas piden la protección del dios de la guerra para vencer a los invasores españoles ansiosos de oro y sangre. La intervención del tenor en la cavatina "Un inca,... ecceso orribile" y la posterior cbaletta con el coro nos muestra la nobleza y valentía de Zamoro aunque dista de ser una página a la que podríamos calificar de inspirada.

En el acto I destacan el aria "Eterna la memoria" y la cabaletta "Quando un mortal può chiedere" que canta Gusmano, el barítono, no muy originales pero de buena línea, y la cavatina de presentación de Alzira "Da Gusman, su fragil barca", con la cabaletta "Nell'astro che più fulgido", elegante pero con momentos de slanzio la primera y vistosa y difícil la segunda. El dúo de amor entre Alzira y Zamoro tiene brillantez y el gran concertante con el que se cierra el acto posee el sello verdiano de fuerza y experto manejo de las distintas voces que s eintegran en una unidad superior.

En el acto II, el tenor puede lucirse con la contenida emoción del aria "Irne lungi ancor dovrei", en la que expresa la debilidad que el amor ha impuesto a su corazón de guerrero, y en la subsiguiente e impetuosa cabaletta "non di codarde lagrime", cuando decide que matará a Gusmano. El final de la ópera está dominado por la figura del gobernador que, además de una bella aria, "è dolce la tromba", tiene conmovedoras frases en la escena de su muerte.

Especial Verdi