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La música en tiempos de Velázquez
Por Andrés Ruiz Tarazona
Velázquez y los músicos
Resulta ciertamente extraño, o acaso revelador de un escaso interés por la música, la poca presencia que este arte tiene en la pintura de Velázquez. Parece raro que habiendo estado dos veces en Italia, donde pudo conocer a Monteverdi, Frescobaldi, y casi, casi coincidir en Roma con Froberger, y de haber sido pintor real, desde 1623, en la Corte, Ugier de Cámara y Ayuda de Cámara en el Alcázar de Madrid y desde 1652 Aposentador Mayor de Palacio, no pintase Velázquez a los muchos músicos españoles y extranjeros con los que hubo de tratar a lo largo de su vida. Felipe IV fue el rey músico por excelencia. En su "Laura de la música eclesiástica, Nobleça y antigüedad de esta sciencia y sus profesores" (Madrid, 1644), Juan Ruiz de Robledo, prior de la colegiata de Berlanga de Duero, dice del rey: «Desde los primeros años de su edad ha favorecido esta ciencia, no sólo como lo ha hecho siempre la Imperial Casa de Austria con singular afecto, engrandeciendo cada día más sus reales capillas...» y añade, después de compararle con el rey David: "ya ha compuesto admirablemente muchas obras en latín y romance....".
En la biblioteca del Alcázar el rey tenía, según Gómez de Mora «todo lo perteneciente a la mussica, de libros i instrumentos de diferentes suertes y grandeça». Incluso escribió Felipe IV un motete, "Ab initio", motete que, a instancias de Mateo Romero, utilizó el gran polifonista portugués Manuel Cardoso en una de sus misas parodia. Con tal rey no era raro que en Madrid se diesen cita tantos buenos maestros. A muchos los conoció Velázquez.
Compositores como Mateo Romero, llamado por sus méritos Maestro Capitán, Enrique Botelero, Andrea Falconiero, Carlos Patiño, Clavijo del Castillo, a cuyas tertulias pudo acudir recién llegado a Madrid; Juan Hidalgo de Polanco, arpista de la Real Capilla y compositor de zarzuelas y de óperas con textos de Calderón de la Barca; Juan Blas de Castro, fallecido cuando Velázquez regresaba de su primer viaje a Italia y gran amigo de Lope de Vega; Juan Pérez Roldán, a quien pudo conocer durante la época en que este fue maestro de capilla del Monasterio de la Encarnación de Madrid, donde brilló un polifonista de primera línea: Matías Juan Veana.
Música y pintura
En la pintura de Velázquez, a veces tan etérea y musical (recuerdo los versos de Lope "Oh imagen del pintor diestro/que de cerca es un borrón") no hay apenas reflejo del mundo de la música.
Un cuadro juvenil, "Los tres músicos", nos presenta una escena de taberna, o una venta, donde tres personas, dos adultos y un niño guitarrista, tañen y cantan. De los dos hombres, uno de ellos parece cantar o entonar para que otro afine un violín barroco. Son tres tipos muy españoles. En primer plano, sobre una mesa, pan , queso, vaso de vino, y cuchillo clavado (reloj de sol), nos recuerda el veloz paso del tiempo y de la vida, incitándonos al horaciano "carpe diem". El niño guitarrista no toca sino que sostiene en su mano izquierda otro vaso de vino. El cuadro se encuentra en Berlín (Gemäldegalerie). Otro lienzo de Velázquez en el que aparece un instrumento de música pertenece también a su última época, nada menos que el celebérrimo "Las hilanderas" (1657), también titulado "La fábula de Aracne".
Se representa en él la contienda de Palas Atenea, o Minerva y Aracne, cuando ésta tejió los amoríos de Júpiter, entre ellos el rapto de Europa (que se ve en la pintura), adoptando la figura de un toro. Minerva castiga a la doncella Lidia, gran tejedora, convirtiéndola en araña. El veneno de Aracne (la tarántula) sólo tiene un antídoto: la música, y de ahí que Velázquez sitúe una viola de gamba grave, de espaldas, de caja muy gruesa, en el mismo centro del cuadro. Casi nadie repara en ella, pero ahí está, apoyada en una mesita, permitiendo a las tres damas (sirenas, Bellas Artes, damas Lidias), una de ellas vuelta hacia el espectador del cuadro, contemplar con tranquilidad la transformación de Aracne en araña.
Poco antes de pintar Velázquez "Las hilanderas" publicó Andrea Falconiero su "Primo libro de canzone"...(Nápoles, 1650), donde se recogen 50 piezas instrumentales, para violines, violas "overo altro strumento". El libro está dedicado a Don Juan de Austria, hijo natural de Felipe IV y de la Calderona.
Posiblemente en Madrid, Falconieri coincidió con un excelente violinista inglés, Henry Butler, conocido por los madrileños con el nombre castellanizado de Enrique Botelero. Su "Canción, dicha la Preciosa", es perfectamente comprensible que llevara ese nombre.
Velázquez pudo bien conocer a Henry Butler y, por supuesto, trató durante años a Matheo Romero (1575-1647) maestro incomparable de la música religiosa y del villancico, músico que siendo un muchacho de 11 años entró como niño de coro en la capilla flamenca de Felipe II. En ella se formó nada menos que con Philippe Rogier; llegaría a ser un factótum de la música española, profesor de música de Felipe IV llevando su fama hasta Borgoña o Portugal, donde el rey Juan IV recibió en el palacio de Vila Viçosa en 1638. A Romero se le llamó "maestro capitán", "espíritu divino", "maestro de las musas" y fue, sin duda, artista favorito del rey Felipe III y de Felipe IV; amigo de Góngora, de Lope, de Salas Barbadillo y otros ingenios, es raro que Velázquez no le retratase.
En los últimos años de su vida tuvo que tratar Velázquez a Juan Pérez Roldán (1604-1672), el cual sucedería a Patiño como director de la Capilla Real de Madrid, pero que antes ejerció en la Encarnación de Madrid y en su juventud había ostentado el magisterio de la catedral de Toledo y de la de Segovia. Es autor de algunas zarzuelas, entre ellas la titulada "Tetis y Peleo". Su música tiene a veces intensa viveza y dramatismo, como se aprecia en su villancico a San Agustín y a San Francisco, "Al humillado".
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