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El Teatro de la
Ópera de París
Por Beatriz Montes
El Teatro de la Ópera de
París, el Palais Garnier, es uno de los monumentos
más importantes de París, además de
uno de los teatros de ópera y ballet más
visitados del mundo y ha sido elegido como marco y ambiente de
numerosas piezas literarias, teatrales y películas.
¿Quién no ha visto El fantasma de la
ópera en alguna de sus muchas versiones y no recuerda el
argumento de una pieza donde ópera, amor y tragedia se
alían en una intriga llena de misterio? Esta famosa novela,
y las versiones televisivas o cinematográficas que se han
producido a partir de ella, se desarrollan en el Palacio Garnier, un
edificio inconfundible. Lujo y policromía son sus
señas de identidad y, dentro de él,
ópera y danza conviven desde hace más de un
siglo. Tras la reciente restauración de la fachada principal
y parte del interior, el Palacio Garnier luce con todo esplendor.
Conociendo el Palacio Garnier
La historia del Palacio Garnier comienza con una
trágica circunstancia: el 14 de enero de 1858 el emperador
Napoleón III y la emperatriz Eugenia, cuando se
dirigían a una representación de ópera
en la sala de la calle Peletier de París, sufrieron un
atentado a las puertas del teatro. Salieron ilesos pero este incidente
tuvo dos consecuencias significativas: la primera, el inicio de la
guerra entre Italia y Austria; la segunda, la construcción
de un nuevo teatro de ópera más amplio y seguro.
El 29 de diciembre de 1860 se declaró la
construcción del futuro teatro de utilidad
pública y se organizó un concurso al que se
presentaron la mayoría de los arquitectos relevantes del
momento. Contra todas las expectativas, resultó ganador un
desconocido, Jean-Louis Charles Garnier (1825-1898), que, aunque
había obtenido el Primer Gran Premio de Roma en 1848, no
había realizado grandes proyectos hasta entonces. Garnier
propuso una idea ambiciosa e innovadora, que correspondía
perfectamente al París que estaba diseñando el
Barón Haussmann. Su proyecto no solo convenció al
jurado y al Emperador, sino que, un siglo y medio después
deja a los turistas anonadados. Además, otros teatros han
seguido el modelo del Palacio Garnier, como el Nacional de
Río de Janeiro y el “Teatro del
Fantasma” en las Vegas.
La construcción comenzó en
1862, pero se demoró hasta 1875, a causa de diversos
contratiempos, desde la aparición de aguas
subterráneas que fue necesario aspirar hasta un
acontecimiento político de primera magnitud, como fue la
caída del Segundo Imperio francés en 1870.
Finalmente el Palacio Garnier fue inaugurado el 5 de enero de 1875 por
el presidente de la III República, el Mariscal Mac-Mahon,
con una representación que incluía, entre otras
piezas, extractos de las óperas La Judía de
Halevy y Los hugonotes de Meyerbeer.
El Palacio Garnier es un edificio de casi doce mil
metros cuadrados, con una altura de 74 metros. Su apariencia es
suntuosa, de un lujo comparable al Palacio de Versalles y con un estilo
que tiene influencias de la arquitectura griega clásica y
renacentista, pero que resulta al mismo tiempo muy barroco, y que
parece ser que el propio Garnier bautizó como
“estilo Napoleón III”.
Estéticamente, la policromía y la calidad de los
materiales están presentes tanto en el exterior como en el
interior: piedras, mármoles y metales, que van desde el
blanco al granate, desde el verde del cobre oxidado hasta el dorado;
terciopelos de un bermellón intenso, jarrones azules de
Sèvres, liras doradas de Apolo por doquier, grupos
escultóricos que representan la poesía, la danza,
la armonía, candelabros inmensos, mosaicos, frescos y
espejos que reflejan cada detalle hasta el infinito… El arte
lírico, como anuncia el friso de la fachada principal, nunca
encontró mejor y más lujosa expresión.
Los nombres de Haydn, Mozart, Pergolese, o Meyerbeer no pudieron tener
mejores guardianes que las colosales esculturas de Pegaso y Apolo.
Entrar en el Palacio Garnier y subir la gran
escalinata de 30 metros de alto, bajo las pinturas de Isidore Pils, nos
lleva a una época donde París daba la medida del
lujo y la ostentación de Europa. En la sala de
espectáculos llama la atención el escenario, de
60 metros de alto y con un espacio para más de cuatrocientos
artistas. Una inmensa araña de cristal, cuyo peso es de unas
ocho toneladas, cuelga del techo que, en 1964, André
Malraux, siendo ministro de cultura, encargó al pintor Marc
Chagall (1887-1985), quien también pintó dos
murales para el Metropolitan Opera House. La bóveda de
Chagall evoca las grandes obras del repertorio lírico y
coreográfico, como Pelleas y Melisande o Romeo y Julieta,
además de representar algunos monumentos de
París, como el Arco del Triunfo, la Torre Eiffel y el propio
Palacio Garnier, y es tan exuberante como el resto del teatro.
Aún así, no todo el mundo considera que su estilo
combina bien con el Napoleón III concebido por Garnier.
Además de la belleza, la sala de
espectáculos es un modelo de funcionalidad. Garnier no
dejó ningún detalle al azar y estudió
la acústica de otros teatros de ópera europeos.
Le influyeron especialmente los proyectos del arquitecto Victor Louis,
autor del Gran Teatro de Burdeos y del Teatro Montansier. Tras los
elementos decorativos se esconden las mayores innovaciones
técnicas del momento, que han permitido la
representación de óperas y
espectáculos de ballet y danza de difícil y
complicada producción.
No menos importantes son los foyers, donde el
público descansaba y paseaba en los entreactos, tan
ricamente decorados como los lugares principales. El gran foyer, muy
amplio con casi 20 metros de altura y 60 de largo, es conocido por sus
espejos y por las bóvedas de Paul Baudry que evocan la
tragedia, la comedia y la música. El foyer de la danza era
donde se podía contemplar y conocer personalmente a los
bailarines.
Tras la Ópera de París,
Garnier diseñó otros proyectos importantes como
la sala de espectáculos y el salón de juego del
Casino de Montecarlo (1878-79), el Casino de Vittel (1882), el Cercle
de la librairie et d’Hachette de París (1880) y el
Observatorio de Niza (1892).
| “Cuando Chagall pinta, no se sabe
si está durmiendo o soñando. Debe tener un
ángel en algún lugar de su cabeza”
(Pablo Picasso) |
El fantasma de la ópera
Un teatro de las características del
Palacio Garnier se prestaba a todo tipo de ensueños y
fantasías. Gaston Leroux (1868-1927) ambientó en
él, y en general en el París del siglo XIX, su
famosa novela El fantasma de la Ópera publicada en 1910 e
inspirada de Trilby de George du Maurier. El fantasma de la
Ópera es una historia gótica, donde un misterioso
habitante del teatro provoca, por un lado, accidentes que aterrorizan
al personal y a los gerentes, a los que chantajea para que se estrenen
las obras que él compone; por otro lado, protege como un
verdadero ángel guardián, la carrera de una joven
y bella corista llamada Christine Daaé. Como el amor que el
fantasma siente por ella no se verá correspondido la
historia acaba en tragedia, no sin antes mostrar al mundo que su amada
merece dejar los coros y representar los más bellos e
importantes papeles líricos como la mejor prima donna. Uno
de los aspectos más interesantes de la novela de Leroux es
la importancia de la arquitectura del teatro en la trama de la novela.
El fantasma, que en realidad es un hombre que
lleva una máscara para ocultar la deformación de
su rostro, y cuyo nombre es Erik, es un brillante ingeniero y
arquitecto, además de un genio musical. Tras numerosas
peripecias y viajes alrededor del mundo, acaba trabajando en la
edificación del Palacio Garnier. Aprovecha sus numerosos
conocimientos para construir su propia vivienda bajo el teatro. Para
llegar a ella es necesario atravesar un lago subterráneo que
se encuentra bajo el edificio. Laberintos de túneles impiden
que nadie pueda localizarla. El único mundo exterior que
frecuenta el fantasma es el teatro, que conoce como nadie y en el que
se maneja como un equilibrista de circo.
El fantasma de la ópera ha conocido
numerosas versiones tanto literarias como teatrales y
cinematográficas. También ha inspirado el musical
del mismo nombre compuesto por Andrew Lloyd Webber en 1986 y que, en
estas tres décadas, se ha convertido en uno de los
más representados de la historia y ha contado con un
número de espectadores inmenso. Dentro del apartado
cinematográfico son varias las versiones, desde la de 1916,
protagonizada por Nils Crisander y Aud Nissen y dirigida por Ernst
Matray hasta la reciente versión para cine del musical de
Lloyd Weber, dirigida en el 2004 por Joel Schumacher.
| “El fantasma de la ópera
ha existido. No fue, como se creyó durante mucho tiempo, una
invención de artistas, una superstición de
empresarios, la creación medrosa del cerebro excitado de las
señoritas del cuerpo de baile, de sus madres, de los
acomodadores, de los empleados de la guardarropía y de la
portería. Sí, ha existido en carne y hueso, aun
cuando se le dio todas las apariencias de un verdadero fantasma, es
decir, de una sombra.” (Gaston Leroux, El fantasma de la
ópera) |
El Ballet de la Ópera
El Ballet de la Ópera de
París está instalado en el Palacio Garnier desde
1875. En este marco ha evolucionado desde el ballet de corte, repleto
de reminiscencias del estilo Luis XIV, al ballet más actual,
pasando por la herencia de las estrellas románticas como
Marie Taglioni, Carlotta Grisi o Fanny Elssler. El director de la
Ópera de París entre 1914 y 1944, Jacques
Rouchet, supo dar un gran impulso al ballet, contratando como maestro
de baile y coreógrafo al ruso Serge Lifar, estrella de los
ballets de Serge de Diaghilev. Lifar permaneció en este
puesto de 1929 a 1957. Desde entonces, el Palacio Garnier ha vivido y
puesto de relieve las aportaciones de los grandes
coreógrafos contemporáneos como Maurice Bejart y
Pina Bausch entre otros.
La compañía actual cuenta
con unos ciento cincuenta bailarines, divididos en cinco
categorías, entre las que destacan los bailarines estrellas
(las famosas étoiles de l’opéra), y los
primeros bailarines. La edad media de los bailarines es de veinticinco
años, lo que convierte a la compañía
de la Ópera de París en una de las más
jóvenes de Europa. Desde 1987 el Ballet de la
Ópera de París está ligado a la
Escuela de Danza de la Ópera, situada en Nanterre, en las
afueras de París, donde alrededor de ciento treinta y cinco
niños y niñas viven y se dedican plenamente a
esta disciplina.
“Imágenes
de la
Danza” en la Biblioteca-Museo de la Ópera de
París
Hasta el 11 de enero del 2009 seguirá abierta la
exposición “Imágenes de la
danza” en la Biblioteca-Museo, un recorrido
iconográfico compuesto por dibujos, estampas, pinturas,
fotografías, etc. que, intentan captar los instantes reales
o imaginarios del “arte del movimiento”. |
El verdadero secreto de la
Ópera de París
Si, cuando se cierran las puertas al
público y al personal del Palacio Garnier, uno pudiera
recorrer libremente sus salas, pasillos y espléndidas
habitaciones tal vez conseguiría llegar al escondite del
fantasma de la ópera en los subsuelos y sótanos
del edificio. Aún así, ese no sería el
hallazgo más interesante. El verdadero secreto del Palacio
Garnier (un secreto que todo músico y aficionado a la
música debería conocer) es la Biblioteca-Museo de
la Ópera. Situada en el ala occidental del edificio, en el
Pabellón del Emperador, solo pueden acceder a la Biblioteca
aquellas personas que posean un carné de investigador
temporal o anual de la Biblioteca Nacional de Francia, ya que es uno de
sus departamentos. Es un incalculable placer sortear las colas de
turistas y los controles de seguridad que se rinden ante la tarjeta de
la Biblioteca Nacional de Francia. Recorrer los pasillos del palacio
con toda naturalidad hasta llegar a la Biblioteca y allí
tener acceso a tres siglos de materiales literarios, musicales e
iconográficos de ópera, danza, ballet, circo,
mimo... donde obras anónimas que en su tiempo tal vez
brillaron y hoy desconocemos frecuentan a los grandes compositores,
intérpretes, bailarines, escenográfos,
dibujantes… de la historia de las artes
escénicas.
La Biblioteca-Museo fue abierta al
público en 1875 y está especializada en los
fondos del Teatro de la Ópera de París (y su
antecesora la Academia Real de Música) y el Teatro de la
Ópera Cómica, es decir, dos centros europeos
musicales y escénicos de primer orden desde Luis XIV. Los
mejores compositores, las óperas y ballets que han marcado
la historia de la música y de la danza, los grabados,
decorados, dibujos de vestuarios, carteles, críticas,
documentos legales tienen más de una ficha a su nombre.
También se conserva parte de la correspondencia de los
artistas con los gerentes de la Ópera. La Biblioteca
también tiene a su cargo el Museo, que comprende objetos de
cantantes, cuadros, joyas de escenario y una selección de
más de dos mil quinientas maquetas de decorados.
La sala donde el investigador puede abstraerse del mundo entre las 10h
y las 17h tiene amplísimos techos, cuadros del museo
decorando las paredes y unos grandes ventanales que dan sobre la Plaza
de la Ópera y desde los que se ve el frecuentado
Café de la Paix. Los bibliotecarios depositan en amplias
mesas de madera los manuscritos autógrafos, planos de
decorados, bocetos del vestuario... y tantas riquezas que no solo no se
encuentran en otras bibliotecas francesas o internacionales, sino que
incluso el catálogo informático de la Biblioteca
Nacional de Francia no recoge. Sin lugar a dudas, estos fondos son tan
impresionantes como la arquitectura y decoración del Palacio
Garnier y una vista no es suficiente para apreciar su inmenso valor.
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