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Recuerdo vivo de Rafael Orozco
Por Juan Miguel Moreno Calderón


Declive y resurrección
Lamentablemente, tan rutilante carrera se tornará en un cierto declive en la década de los ochenta. Así, tras sus últimos discos de vinilo -grabados en 1981 y 1982, respectivamente-, uno para EMI, con los conciertos números 26 y 27 de Mozart, con Charles Dutoit y la English Chamber Orchestra; y el segundo, para Ricordi, con tres sonatas de Beethoven: el Op. 90, la Appassionata y la Claro de luna, asistiremos a un largo período de silencio discográfico. Alejamiento que él sabía peligroso para su carrera, pero que decidió mantener para garantizarse a sí mismo su integridad como intérprete: deseaba seguir teniendo la libertad y tranquilidad para concentrarse en sus recitales, y elegir y abordar sus registros según sus criterios y no en función de las imposiciones de la casa de discos de turno.

Por fortuna, su regreso discográfico con Auvidis nos devolvió al Orozco de siempre: primero fue un espléndido monográfico Liszt, en el que, junto a la Dante Sonata y los Sonetos del Petrarca, Orozco volvía con la monumental Sonata en si menor. Y luego, el que puede considerarse su mayor legado como intérprete: la Iberia albeniciana, la cual fue recibida clamorosamente por el público y la crítica mundiales -recibió el Gran Prix du Disque en Francia, en 1993-. A estos seguirían otros dedicados a Schubert, a Falla y uno titulado Encores favourites, en el que encontramos soberbias ejecuciones de páginas virtuosísticas como la Toccata de Schumann o Feux follets de Liszt, entre otras muchas piezas de concierto. Curiosamente, con la exitosa vuelta de Orozco al mercado discográfico, sus antiguas casas se apresuraron a lanzar en discos compactos las antiguas grabaciones del pianista.

Pero cuando volvía a estar de moda, cuando todo el mundo parecía haber descubierto al artista sublime, cuando le llovían las mejores ofertas y contratos como en sus mejores tiempos, una cruel enfermedad vendrá a anunciarle la proximidad del fin. Sus últimos conciertos, gravemente enfermo ya, fueron en Japón, con García Navarro y la Joven Orquesta Nacional de España tocando las Noches, y dos conciertos con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, en Valladolid, con la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninov. Y la que fue su última aparición en Córdoba, pocos meses antes de su muerte: el concierto inaugural de la cuarta temporada de la Orquesta de Córdoba, el 26 de octubre de 1995. Una Córdoba que lo había hecho Hijo Predilecto en 1986 y donde sus actuaciones tenían siempre carácter de gran acontecimiento. Y una Córdoba que lloró amargamente su muerte -Leo Brouwer compuso Lamento por Rafael Orozco- y que hoy perpetúa su memoria dándole a su Conservatorio Superior de Música el nombre de quien fuera su músico más universal: Rafael Orozco.

Con todo, hoy, desde la perspectiva que nos ofrece el tiempo transcurrido, el recuerdo vivo de Rafael Orozco lo tenemos, precisamente, en ese pianismo de altos vuelos venturosamente recogido en tantos discos. A través de ellos, sentimos esa fuerza titánica y la bravura de aquellas ejecuciones que nos hacían recordar a los grandes pianistas románticos del pasado. Pero también, el preciosismo y la transparencia de unas interpretaciones que tantas veces nos transportaron al mundo de los Lipatti, Schnabel, Haskil..., artistas a los que tanto admiró Rafael. De ahí que su refinada sensibilidad y un virtuosismo ennoblecido, artífices de unas interpretaciones con valor de auténtica revelación, hayan hecho de su pianismo un arte para siempre, como en alguna ocasión escribiera certeramente Enrique Franco.

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