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Recuerdo vivo de Rafael Orozco
Por Juan Miguel Moreno Calderón


Los años setenta: la década prodigiosa
Como es sabido, este primer premio obtenido en Leeds le catapultó a la primera fila del concertismo mundial. Presente en los principales festivales de Inglaterra, en los populares Proms y en las temporadas de las mejores orquestas británicas -las mejores agrupaciones londinenses y otras de igual prestigio, como la Hallé Orchestra de Manchester, la Nacional de Escocia y las de Liverpool, Birmingham, Bournemouth...-, Rafael Orozco inició una carrera llena de éxitos en las principales salas de concierto de Europa y América: Queen Elizabeth Hall, Royal Albert Hall, Barbican Centre y Royal Festival Hall de Londres, Musikverein de Viena, Concertgebouw de Amsterdam, Salle Gaveau, Salle Pleyel y Teatre du Chatelet de París, Scala de Milán, Carnegie Hall de Nueva York...

Igualmente, fue invitado por las principales orquestas europeas y americanas: Filarmónica de Berlín, Sinfónica de Viena, Filarmónica Checa, Orquesta de París, Filarmónica de Los Angeles, Orquesta de Cleveland, Sinfónica de Chicago, Nacional de Washington, Filarmónica de Filadelfia, Sinfónica de Montreal... Y ello, bajo las principales batutas del momento: Maazel, Previn, Abbado, Barenboim, Dutoit, Mutti, López Cobos, Chailly... Y de manera muy singular, Carlo Maria Giulini, quien tras dirigirle en el Festival de Edimburgo de 1969 un Primero de Brahms memorable con la New Philharmonia, le invitó a una espectacular gira americana con la Orquesta Sinfónica de Chicago, de la que el italiano era por entonces su principal director invitado. Ciertamente, este fue un acontecimiento trascendental para la proyección de Orozco: por un lado, en Estados Unidos, ya que, a partir de ese momento, fue invitado por numerosas orquestas estadounidenses. Y por otro, en Europa, donde hizo varios conciertos bajo la dirección del eminente director italiano -con la Orquesta de París y la Orquesta Sinfónica de Viena, sobre todo- en París, Londres, Viena, Madrid y Berlín. En verdad, el apoyo de Giulini al pianista cordobés fue decisivo para la carrera de éste.

Festivales y grabaciones
También los más reputados festivales internacionales nos hablan de la presencia de Rafael Orozco como timbre de gloria de la música española: Praga, Berlín, Santander, Granada, Bratislava, Cheltenham, Bath, Edimburgo, Aldeburgh, Leeds Triennal, Osaka (Japón), Adelaida (Australia), Ravinia (Chicago), el Robin Hood Dell de Filadelfia o el Mississippi River Festival, donde le dirigió nada menos que Aaron Copland. En verdad, Rafael Orozco alcanzó una extraordinaria proyección internacional en el panorama pianístico de los años setenta, decenio en el que, por lo demás, se sucedieron varias giras por Estados Unidos, Latinoamérica, Japón, Escandinavia, Australia y Nueva Zelanda.

En suma, una envidiable carrera que se vería acompañada de una interesante discografía bajo los sellos EMI y Philips. Así, con la primera grabó cuatro registros: un recital mixto compuesto por obras de Schumann, Chopin, Albéniz y Prokofiev; un bellísimo monográfico Brahms, que incluía las Piezas Op. 119 y la Sonata Op. 5 -cuya magistral interpretación en Leeds resultó decisiva- y, finalmente, dos dedicados a Chopin: uno con los Preludios, y el otro con los Estudios, éste un gran evento en el mundo musical. Así se refería a ello Alexis Weissenberg: "Orozco interpreta estos Estudios con el nervio de un gran pianista. Para él constituyen un recreo, una prueba de alegría. No tiene necesidad de probarse a nadie, y mucho menos a sí mismo. Los ejecuta porque puede hacerlo, porque sabe cómo dominarlos, y, por encima de todo, porque los ama. Y esto se percibe".

Luego, su paso a la firma holandesa, en 1971, nos brindará la Sonata en si menor de Liszt y la chopiniana Sonata Op. 35, conciertos de Chopin y Tchaikowsky, grandes obras de Schumann -Kreisleriana Op. 16 y Fantasía Op. 17-, los scherzi chopinianos; registros, todos éstos, ensombrecidos por la antológica versión que realizó de la integral de la obra para piano y orquesta de Rachmaninov -junto a la Royal Philharmonic londinense y Edo de Waart- con motivo del centenario del nacimiento del compositor ruso. Y hasta grabó una película biográfica de Tchaikowsky, La pasión de vivir, de Ken Rusell. En definitiva, una importante presencia que fue posible gracias, entre otras cosas, a su depuradísima técnica, comparada en su día a la de Horowitz, o a la de su maestro Weissenberg; impresionante técnica que habría de enriquecer sobremanera las posibilidades expresivas de su discurso musical, y que posibilitaba, además, la notoria amplitud y versatilidad de su arte pianístico.

Por cierto que, hablando de técnica, el asunto de su virtuosismo se antoja inevitable, dado que a menudo se le acusó de que le concedía excesiva importancia. ¡Como si no la tuviera! Y es que, si bien es verdad que en los albores de su carrera internacional, lo deslumbrante de esa técnica -que le permitía abordar con la mayor facilidad obras como la Hammerklavier beethoveniana, los Tres movimientos de Petrushka de Stravinsky, el diabólico Segundo Concierto de Prokofiev o la pintoresca Rapsodia española de Liszt- provocó que algunos quisieran ver en él sólo a un virtuoso -y no siempre, en el mejor sentido-, el Orozco posterior, más introspectivo y reflexivo, nos brindó, en un momento de plena madurez, versiones definitivas de lo mejor de la literatura pianística, como la Sonata D. 960 de Schubert, la Sonata en si menor de Liszt, la Fantasía en do mayor de Schumann o la Sonata Op. 58 de Chopin. En todo caso, es claro que lo difícil resultó siempre en él, sencillo y natural.

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