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"I MUSICI", medio siglo de apoteosis barroca
Por Marco Antonio Molín Ruiz
Como las flores en primavera, surgía la música un 30 de marzo de 1952. Y fue porque doce instrumentistas habían propuesto que la interpretación resultase no un mero cumplimiento de programas, horarios, etc., sino el modo de entender la vida. Al calor de este ideal, seis violines, dos violas, dos violonchelos, un contrabajo y un clavecín de la academia "Santa Cecilia" de Roma fundan "I musici", que significa en español "los músicos". Tan perogrullesco nombre entrañaba la esencia de su actividad, concebida bajo una óptica camerística en formato grande, o sea, el cuarteto de cuerda ensanchado.
Desde su estreno, el público se apercibe de que el arte por bandera es un hecho que, además, encandila a las figuras más reputadas, como, por ejemplo, Arturo Toscanini, quien tras escuchar un ensayo de la orquesta abrazó a todos sus miembros con las enardecidas palabras "¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡La música no muere!". Y no erraba el maestro en sus vítores cuando todos los auditorios del mundo recibían con los brazos abiertos a ese inconfundible estilo, que aúna brío y ortodoxia.
Así se familiarizó el oyente con el Barroco, y en particular con Vivaldi, cuyas obras más brillantes volvían entonces a la luz y ocupan hoy la fama: "Las cuatro estaciones", "L´ estro armonico", "Il favorito", "La notte" o el concierto para dos trompetas. A lo largo de estos cincuenta años, la Historia de "I musici" ha ido enriqueciéndose con firmas de un prestigio internacional. Debemos escoger a Heinz Holliger, Maurice André, Klaus Thunemann, Severino Gazzeloni y Pepe Romero, con alguno de los cuales se han grabado integrales concertísticas para aerófonos del compositor veneciano.
A propósito de discografía, "I musici" trabaja en exclusiva para Philips y puede llenar la estantería de un melómano con ciento cincuenta ejemplares, donde la cuarta parte aún no se ha trasvasado al compacto. Son excelentes su primera versión de "Los conciertos de Brandemburgo", el opus 6 de Corelli, el opus 5 de Albinoni, "El arte del violín" de Locatelli, el opus 6 de Händel, "Concerti grossi" de Geminiani y de Vivaldi, las siguientes: el opus 1, "La cetra", nueve "Sinfonías" (Carmirelli), el "Concierto para dos chelos" en la versión de Strano y Centurione, los "Conciertos para oboe" (con Holliger) y "Las cuatro estaciones" del 59 (por Ayo).
Hay seis versiones de dicha colección en la fonografía cuyas multinacionales han otorgado varios discos de oro y premios, como los "Edison Award", "Grand prix international du disque" o el "Deutsche Schallplattenpreis".
Análisis de cada etapa, determinadas por concertino
AYO
Tutti
Gran voluminosidad, la de una textura que no pone límites en su expansión; el registro agudo determina casi siempre el timbre de la orquesta, condensada de arriba abajo sin "deshilacharse" ningún instrumentista. Fraseo muy seguro, aunque no trasciende de lo rutinario de ese rigor escolástico, donde se ata la música al insípido dictado del método por el método. Control de la dinámica, bien mediante planos opuestos (fórmula recurrente en las repeticiones) bien usando reguladores crecientes y decrecientes (en frases largas y en los cambios de "tutti" a "solo", realizados con mucha sensibilidad).
Solo
Cálido y penetrante el Marino Capiccioni Rimini de 1956, que Félix Ayo colma de expresividad: su "adagio" es ferviente, entregado con dramatismo, que se logra básicamente gracias a un centro pastoso. A éste lo complementa muy bien el acabado de los graves, sin decolorar o perder masa. No obstante, el agudo resulta algo saturado de luz: aquí el ataque no mantiene la uniformidad del sonido, un tanto desfigurado por trazos agresivos, que ponen al metal al descubierto y rara vez alteran el lenguaje natural del discurso.
TAMPONI
Tutti
Una gruesa estratificación donde no se mezclan los sonidos de cada cuerda, que tiene un brillo cobrizo, más duro en los violines y ligeramente pálido en ambas violas, cuyo timbre gana en armónicos al dialogar violonchelos (mejor en lo polifónico que en lo homofónico). El bajo continuo adopta una posición intermedia: combina las facetas de mero acompañamiento con la ornamentación, muy dosificada esta última. "Tempo" lineal, que se moldea a veces en las coyunturas de los episodios.
Solo
Timbre claro a las puertas de lo fresco se entrevé en Franco Tamponi, a cuyo instrumento (un Gian Battista Grancino, de Ferrara, fechado en 1698) imprime un gusto hondo, nunca embravecido, de frases largas que se articulan sin artificio desde unas miras tendentes a lo clásico. Esto resulta más visible en los movimientos lentos, como si se dejasen caer por el propio peso que le confiere la música. Algo distinto el "allegro", de notas recortadas, justísimas, en una dialéctica donde parece que el concertino desea romper la barrera que separa lo impuesto de lo electo, o dicho de otra manera: lo profesional de lo artístico.
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