|
|
|
| |
| ESPECIALES |
 |
| |
Miguel Fleta: la tenacidad unida a la inspiración
Por Joaquín Martín de Sagarmínaga
La amarga decadencia
Hacia mediados de 1926 se producirá la ruptura definitiva entre Fleta y su antigua profesora. Apenas un año más tarde, el tenor aragonés contraerá matrimonio con Carmen Mirat, una dama de la buena sociedad salmantina. Por entonces empiezan ya a acecharle los temores sobre su garganta. Una laringitis aguda es el desencadenante de su miedo radical a perder la voz. En una gira de conciertos, efectuada a finales de los años que han constituido su década dorada, se hará acompañar por un laringólogo paisano suyo, el doctor Enrique Ager, en todo momento pendiente del cantante y de sus afecciones, ya fueran reales o imaginarias.
Fleta atraviesa momentos de depresión, unidos a problemas financieros que se insinúan en el horizonte, o a auténticos problemas legales, como el pleito con el Metropolitan de Nueva York por incumplimiento de contrato, sin duda también muy gravoso materialmente. Sigue cantando por toda España, en teatros, en plazas de toros, pero la seguridad de antaño parece haberle abandonado. Dirige entonces sus pasos hacia la zarzuela, género que sentía profundamente, y continúa recorriendo el país con sus actuaciones. La base de su nuevo repertorio la constituirán algunos de los títulos más populares de dicho género: "Marina", "Doña Francisquita" o "Luisa Fernanda".
De 1935 data su adscripción a Falange Española, tras su desencanto de la República. De entonces data su breve experiencia en el campo de la pedagogía, que pudo parecerle algo así como una suerte de jubilación anticipada. El tenor baturro fue nombrado profesor de canto del Real Conservatorio de Madrid en sustitución del destacado Eladio Chao. Su aula es visitada entonces por algunos aspirantes como los tenores Antonio Arenillas (que tenía debilidad por el aria de "La fanciulla del West") y Antonio Muñoz, o la contralto María Teresa Peyó. Pero quienes alcanzaron mayor nombradía fueron el futuro tenor de ópera Esteban Leoz, y otro tenor, Lorenzo Sánchez Cano, volcado principalmente en la zarzuela. Cierto día en que estaba dando clase, acompañado como siempre al piano por el viejo maestro Anglada, Fleta en persona cantó a sus alumnos "Nebbie", de Respighi. Esteban Leoz terció diciendo que le gustaba más la del disco, grabada unos años antes, en 1928. Fleta, bastante enfadado, le espetó: "¡Cántala tú!". Y como Leoz se pusiera a hacerlo, sin esperar a que se lo dijeran dos veces, en un momento en que paró Anglada, el tenor maño le cerró de golpe la tapa del piano y expulsó a Leoz de la clase.
Únicamente dos días más tarde le renovaría el permiso de vuelta, pues se encontró con él y le dijo:
-"Ven aquí, chiquito, ¡menudo carácter qué tienes!"
A lo que añadió:
-"¡Mira que yo también...!" -
Y se amigaron de nuevo.
Últimos días de una gran voz
Durante la Guerra Civil prestará servicios como voluntario, en favor del levantamiento de Franco, y realizará tareas de chófer en la base aérea de San Fernando. Todavía hará varias funciones de ópera en el Teatro Calderón de Madrid. Pero está cansado. En mayo de 1937 cantará la última ópera de su vida, "Carmen", en el Coliseu dos Recreios de Lisboa, junto a un Escamillo que tiempo después será moderadamente célebre: el barítono Frank Valentino. Es también el año en que fija su residencia familiar en La Coruña, donde antes había pasado breves temporadas de reposo. Sin previo aviso, un poco a traición, en pocos días una uremia consume su salud. Fallece el 29 de mayo de 1938 en dicha capital gallega. En una contienda civil hay poco tiempo para honrar a los muertos, mucho menos si su muerte se produce de forma natural. De todas formas, al morir el hombre Fleta nacerá, casi "ipso facto", el mito Fleta. Miguel Fleta se constituirá en reclamo emblemático para las nuevas generaciones de aficionados, que oirán contar sobre él maravillas.
Fleta y su época
Es relativamente común el error de presentar a Fleta como un tenor aislado, sin contexto, como el mejor y el único de su época, acompañando su análisis de grandes ditirambos. Lo mismo ocurrió con Gayarre en España a finales del siglo pasado, con Lázaro entre los "lazaristas", con Caruso en Italia, con Thill en Francia, con Paoli en Puerto Rico, por ¡o que cada uno defiende apasionada y excluyentemente al tenor de su pueblo, de su país o de su facción. Recuérdese a este efecto, la apasionada defensa, no exenta de intereses nacionalistas, del tenor irlandés John O'Sullivan por parte de James Joyce. Pero Fleta pertenece, como es natural, a un tiempo muy especifico, y tuvo rivales demasiado importantes como para ignorarlos. La suya fue una época fertilísima en lo que a grandes tenores se refiere, y unos espectadores se decantaban por unos u otros, según sus propios intereses, entre lo mucho que había para elegir, ello sin contar con que a veces mudaran de afectos. Durante los años veinte -que constituyen la época dorada de la carrera fletiana-, y fallecido en 1921 Enrico Caruso -aún hoy un referente inexcusable-, todavía estaban en activo algunos de los grandes monstruos que habían sido protagonistas indiscutibles de la escena. Los veteranos Hermann Jadlowker, Leo Slezak, o Giovanni Zenatello cantaban aún durante aquella década, si bien el primero estaba virtualmente retirado a mediados de la misma y los otros dos iniciaron su declive. Entre aquéllos cuya presencia era constante en Italia, destacan Tito Schipa, Beniamino Gigli, Aureliano Pertile y Giacomo Lauri-Voipi (a quienes el estudioso Giorgio Gualerzi llama los "cuatro mosqueteros"). Schipa tenía mayor sentido de la medida que el aragonés, de sonoridades más viriles, pero ambos poseían la misma endiablada capacidad para sostener con desahogo tesituras escritas en la zona del "paso", Gigli, más impávido que Fleta, mucho más ahorrador de su propio caudal vocal, es parangonable a él por la inmaculada belleza del timbre. Pertile es el gran técnico del cuarteto itálico, primero entre pares, pues todos tenían una buena provisión de magna ciencia, en su caso a despecho de la menor cualidad del material de origen. Lauri-Volpi, en fin, es el reverso del baturro, artista culto, era un hábil propagandista de sí mismo a través de sus preciosas prosas, de gran valor documental, y como cantante parecía empeñado en recuperar una vocalidad pre-carusiana, la que une la poderosa autovía "ottocentista" que va desde Rubini a Stagno. Mientras, en EE.UU., tras un intento de Giulio Crimi de afianzarse en el Metropolitan de Nueva York, por otra parte de dudoso resultado, otro italiano luego bastante americanizado, como es Giovanni Martinelli, sí lograría su empeño, coronándose en el Met como legítimo heredero de Caruso, gracias a sus grandes méritos reales y también a un parecido con el ídolo napolitano buscado por él mismo. Pero como, y eso lo sabía muy bien el Mandala milenario, los enemigos más encarnizados están muchas veces en tu propia puerta, la rivalidad más poderosa se desencadenó frente al catalán Hipólito Lázaro y tuvo como principales marcos el Teatro Real de Madrid y el Liceo de Barcelona, aunque cabe pensar que, vistos con la suficiente perspectiva, es mucho más lo que lo une con Fleta que lo a ambos los separa (a través de sus escritos y cartas descubrimos en ellos a dos adorables niños grandes). Rivalidad que implicó también al valenciano Antonio Cortis, aunque no fue tan alentada por capillas, sino que se produjo de manera automática como imperativo del contexto histórico al que antes aludíamos, y que es aún menor en el caso de José Palet, ajeno al glorioso triunvirato por razones de consideración y edad, si bien cantara todavía durante toda la década de los veinte, Las aguas serpentean, se bifurcan y nos conducen hasta cantantes de oceánica importancia como son Heige Rosvaenge, Edward Johnson o Georges Thill; suma y sigue, Ello por no hablar de los innumerables ríos adyacentes de entonces, de afluentes y afluencias que hacían incontenible la marea fluvial. Piénsese en las jóvenes promesas de aquel tiempo, en otra legión de tenores que, sin ser rivales directos de Fleta, asumieron el protagonismo en primera persona durante las siguientes décadas: Ivan Kozlovsky, Sergei Lemeshev, Giorg Nelepp, Francesco Merli, Galliano Masini, Jean Peerce,...
No cabe comparar, les cuenten a Uds. lo que les cuenten (determinado muchas veces por intereses comerciales orientados a la venta de las "novedades de clásica"), estas listas abiertas con las que conforman el deshidratado panorama actual, pese a que estén todavía en activo algunos tenores de vitola legendaria. Si hoy resucitara el bueno de don Miguel volvería corriendo a su tumba, tras ver el panorama, igual que hacía en una de sus ficciones favoritas otro aragonés universal, don Luis Buñuel, después de comprar un fajo de periódicos en el quiosco de la esquina tras una escapadita de la tumba.
|
|