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Miguel Fleta: la tenacidad unida a la inspiración
Por Joaquín Martín de Sagarmínaga
Infancia baturra
Miguel Fleta nació en un pueblecito aragonés de la margen izquierda del río Cinca, Albalate de Cinca, el 1 de diciembre de 1897. Hijo de Miguel Burro y de María Fleta, labradores que regentaban un modesto café, será labrador él también, obligado a ganarse duramente la vida desde los diez años. El padre era diestro en el manejo de algunos instrumentos (como el cornetín o la guitarra) y, además, no tenía mala voz para cantar, aunque todo ello lo hiciese de oído, por lo que era frecuente que en su café se cantaran jotas sin ninguna pretensión, a menudo secundadas por los parroquianos.
Miguel fue contratado como criado en casa de un labrador rico, llamado Ventura Morera, ocupándose en costosas faenas de labranza. El cura del pueblo, Mosén Cosme, le dio sus primeras lecciones de solfeo, y es un misterio cómo pudo sacar algo de tiempo libre para ocuparse de ellas. Miguel ganará los primeros duros dignos de ese nombre a partir de los dieciocho años, trabajando como labrador de granja en Cogullada, y vivirá en casa de su hermana Inés. Es esta una zona bañada por el río Gállego, zona huertana que viera nacer a otro cantante español injustamente olvidado: el barítono Marino Aineto (Murillo de Gállego, 1875-Milán, 1931).
Su cuñado le enseñó lo poco que todavía no sabía sobre los rudimentos de la labranza. Y mientras andaba con las mulas de un lado para otro cantaba la jota, al parecer ya prodigiosamente. A primera hora de la mañana llevaba al mercado los productos de la huerta, las frutas, las hortalizas. Y siempre, trabajando o en domingo de fiesta, entonaba la jota. Hasta que en 1917 llegó el primer éxito, bien modesto, cuando fue aplaudido en un baile de corral. Estimulado a cantar por la concurrencia, Miguelico -que es como era cariñosamente conocido-, derrotó a todos sus oponentes del barrio de las Delicias. Obsérvese, pues es importante para darse cuenta cuán lejos estaba Fleta de soñar posteriores triunfos, que apenas un par de años antes de su debut triestino el joven cantante se conformaba con estas ingenuas muestras de entusiasmo local.
Era entonces una época dorada para el arte jotero. Tras los pasos del pionero Royo del Rabal (que impuso su ley hasta más o menos 1893), destacaron nombres fundamentales como Juanito Prado o José Moreno de Andorra, que han dejado discos. También María Blasco, o Juan Antonio Gracia, de carrera y facultades longevas y, más cercanos a nuestro protagonista, Cecilio Navarro y Miguel Asso, el segundo de los cuales le dio al futuro gran tenor algunas enseñanzas de estilo que, por su premura, no pasaron quizá de ser mero barniz. Durante las fiestas del Pilar, instado por el propio Asso, Fleta decidió presentarse a un concurso de jotas celebrado en el Teatro Principal de Zaragoza. Contra el pronóstico de algunos no ganó ni los buenos días, evidenciándose en cualquier caso que el nivel del concurso fue muy alto. El primer premio fue para Domingo Martínez (alias "el tío Cacharrín"), quien realizó una espléndida carrera como jotero durante los años inmediatamente posteriores, el segundo para Romualdo Arana (alias "Sansón de Zuera") y el tercero se dividió entre María Asensio y Felipe Colman, quien andado el tiempo sería un buen profesor de jota. Pero Ruiz Castillo y Luis Torres, autores de la biografía fletiana aparecida dos años después de su muerte, en 1940, consideran justo el fallo, alegando el mayor dominio de los estilos por parte de otros concurrentes. Sin embargo, el fracaso durante este certamen le "liberó" de ser un jotero el resto de sus días, dando pie a que alguien comentara ya entonces que su voz podía ser más adecuada a los requerimientos del teatro.
Barcelona le abre las puertas
El comentario llegó a oídos de su padre. Y como la familia tenía un hijo residente en Barcelona, que ejercía como guardia urbano, decidieron enviar un tiempo a Miguel a la Ciudad Condal a fin de que lo escuchara un reputado hombre de teatro. Se hospedaría, pues, en casa de su hermano, y allí trabajaría entre tanto ese tiempo como mozo en un almacén de mobiliario. Así las cosas, un día acudió al Conservatorio del Liceo acompañado por su hermano, a fin de que le escuchara el reputado maestro de sus ansias, que no era otro que Juan Lamote de Grignon. El juicio de la audición no fue del todo negativo, pero como ya no quedaban plazas gratuitas para alumnos masculinos en el centro, se instó al joven aspirante a que volviera a intentarlo durante el curso siguiente. Pero la curiosidad quiso que las alumnas de una profesora francesa, que estudiaban en un aula cercana, salieran a curiosear quién era el dueño de aquella espléndida voz, seguidas por su no menos sorprendida maestra, quien pronunció estas providenciales palabras: "en mi clase hay una vacante, si es que no tienen inconveniente en aceptar a un tenor". Su salvadora se llamaba Luisa Pierre-Clerc, conocida en el mundo del arte como la Pierrick, y no hace mucho todavía soprano especializada en las grandes óperas de Meyerbeer o Massenet. Estamos en 1918. Su matrimonio con el maestro Muné, violinista de la orquesta del Gran Teatro del Liceo, había eclipsado su carrera, obligándola a encauzar sus pasos hacia la pedagogía.
Luisa comenzó a instruirle en los secretos de la técnica vocal, que pronto irán acompañados por sensibles mejoras en el propio aspecto exterior de su algo rudo alumno. También lo instruirá en su manera de hablar, de escribir (sin descuidar la caligrafía ni la ortografía), e incluso de comportarse. La metamorfosis se completa con el cambio de nombre: Miguel Burro pasará primero a ser Miguel Buró y, más tarde, a adoptar definitivamente el apellido materno, Fleta. Cuando entre ambos surge un sentimiento que supera y desborda la simple admiración, Fleta se mudará de piso, abandonando el de su perplejo hermano Vicente.
La idea que iba perfilándose en la mente de Luisa Pierrick era que su alumno, prodigioso asimilador, que parecía haberlo aprendido todo en apenas dos años, debutase en Italia. El viaje a este país será ya un idilio en toda regla. Una vez allí Luisa, tendiendo redes a todos sus contactos de antaño, departiendo con agencias y representantes, logrando interesar al joven maestro Riccardo Zandonai, dispondrá las cosas para que este debut tenga lugar. En los ensayos les ayudará mucho, en calidad de maestro repetidor, el pianista Bettinelli. El debut aludido tuvo lugar el 14 de diciembre de 1919 en el Teatro Verdi de Trieste, con la ópera de Zandonai "Francesca da Rimini", en unión de una soprano completamente olvidada como es Tilde Milanesi. Después cantó "Aida" frente a nombres más conocidos, como son los de Tina Poli-Randaccio, Giuseppina Zinetti, Giorgio de Lanskoy, etc. En ambos casos verá su empresa coronada por el éxito. El 9 de febrero de 1920 el tenor será padre por primera vez. Al hijo lo llamarán Miguel.
Desembarco en el Teatro Real y el salto a las Américas.
En 1922, como convalidación de otros éxitos que Fleta ha obtenido lejos de su patria, en capitales como Viena o Roma, se anuncia su debut en el Teatro Real de Madrid, aguardado con impaciencia y preparado por parte del tenor con gran celo. Tendrá lugar el 22 de abril de dicho año con la que ya es su caballo de batalla: la "Carmen" de Bizet. Giacomo Lauri-Volpi, en su libro "El equívoco", dice "no haber presenciado jamás en teatro alguno un triunfo más emocionante", a la par que define a Fleta como el afortunado "dueño de una voz cálida, ancha, aterciopelada, extensa y dúctil, de aquellas que en la historia del arte lírico se cuentan con los dedos de una mano y se oyen con intervalos de varios lustros: una voz única por cantidad, calidad y emoción". Nunca se ha visto a Lauri-Volpi tan entregado como crítico. Muchos años después, el maestro de canto Luis de Arnedillo reafirmará el último de estos conceptos, diciendo: "era el ser más emotivo que había".
Es rigurosamente cierta la incondicional entrega que el nuevo astro del Real suscitó tras el último acto de dicha "Carmen". El pasmo fue gradual, ya que al principio no se había cubierto más de media entrada. En su "Historia del Teatro Real" Joaquín Turina narra como durante el primer entreacto la gente se precipitaba a las cabinas telefónicas para informar a los amigos sobre la presencia de un cantante excepcional en el reparto. Todos quieren comprobarlo "in situ" y en el último acto ¡el teatro está lleno a rebosar! Al finalizar la obra, el público se alzaba una y otra vez de sus butacas y, después de gritar "vivas" estentóreos, se resistía a abandonar la sala. Más tarde, el divo firmaría un ventajoso contrato con el empresario Waler Mocchi, que le habría de llevar, durante los siguientes años, a realizar una serie de apretadas giras hispanoamericanas a fin de ser escuchado en Buenos Aires, México, La Habana, Montevideo, Río de Janeiro y otros lugares.
Entre los años 1923 y 1925 se exhibió asiduamente en el Metropolitan de Nueva York, compartiendo bien ganadas glorias con los cantantes más afamados de su tiempo. Cantará, entre otros títulos, "Amico Fritz", con Lucrecia Bori, "Carmen", con Florence Easton, "Aida", con Elisabeth Rethberg, Giuseppe Danise y José Mardones, o "Tosca", con Maria Jeritza y Antonio Scotti.
La Scala y la cima de su carrera
En La Scala debutó en 1924, como Duque de Mantua en "Rigoletto", en esa noche tan española en la que Gilda fue la soprano Mercedes Capsir y el bufón un hombre muy querido en nuestras tierras, el barítono Carlo Galeffi. Dirigió Toscanini, no sin tiras y aflojas con el tenor baturro, quien se empeñó en añadir una "cadenza" de su invención en la popular aria "La donna é mobile". Cantaría también, como no, su celebérrima "Carmen", en este caso junto a Gabriella Besanzoni, una de las más volcánicas "mezzos" de entonces.
Durante aquellos años, en sus frecuentes giras, Fleta inició la costumbre -sin duda abusiva para su salud vocal- de cantar canciones populares, sobre todo jotas, después de finalizar la ópera correspondiente, ante un público que no cesaba de aclamarle, resistiéndose tenazmente a abandonar sus butacas. Cuando regresó al Metropolitan -separado de Luisa, que había vuelto a su patria con objeto de dar nuevamente a luz-, el tenor, dueño de esa inesperada libertad, comenzó a tejer una larga cadena de devaneos sentimentales, peligrosamente incrustados a partir de entonces en sus hábitos de conducta (el peligro se refiere, entiéndase, a las exigencias de su vida artística). También Fleta tuvo su bebé en Nueva York, pero éste era una mujer: la "starlette" de Hollywood Bebé Daniels.
En aquellos momentos, Miguel parece decidido en su fuero interno a volar solo. Tantas separaciones físicas han acabado por separarle de Luisa también espiritualmente. Cuando el gran tenor se dirige a Milán para preparar el estreno de la "Turandot" pucciniana -que, desde nuestra perspectiva actual, contemplamos como el reto más importante de su carrera-, Luisa ya no estará con él. En la nueva producción de Puccini con destino a La Scala de Milán, producción póstuma e inconclusa, él será el príncipe Calaf. El maestro de Lucca prefería a otros tenores italianos, entre ellos Giovanni Martinelli (que luego sería también un Calaf de estatura colosal), pero finalmente se ha impuesto el criterio de su valedor Arturo Toscanini. El estreno solemne tendrá lugar el 26 de abril y destacadas figuras del mundo de la lírica, como Rosa Raisa (Turandot), Maria Zamboni (Liù) o Giacomo Rimini (Ping), compartirán el éxito con el baturro. Las críticas fueron muy buenas, destacando el juicio, repetido a menudo, del maestro Gianandrea Gavazzeni, un testigo que ha llegado hasta nuestros días. Sorprende, por tanto, que después de estas funciones, Fleta no volviera a ocuparse de "Turandot", ni tampoco, probablemente, se lo pidieran.
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