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España y la Ópera
Por Andrés Moreno Mengíbar
Il factotum de la citá
Transgresor a su modo, pero con una faceta subversiva más taimada y menos salvaje, es también el personaje de Fígaro, el inmortal barbero al servicio del voluble conde de Almaviva. Pierre Agustin Caron de Beaumarchais, padre de la criatura, comenzó su andadura de éxitos teatrales en 1775 con El barbero de Sevilla. El éxito del personaje le llevaría a dar vida a nuevas aventuras en 1784 (Las bodas de Fígaro) y, finalmente, en 1792 (La madre culpable), creando una trilogía en la que quizá desentone algo la última entrega, más centrada en el conflicto sentimental y moral (la Condesa había tenido con Cherubino algo más que inocentes mimos, fruto de lo cual es un hijo secreto) que en la denuncia de la decadencia de una aristocracia altanera. Las dos primeras comedias alcanzaron una resonancia internacional inmediata, precisamente por dar cuerpo a la creciente doctrina igualitaria prerrevolucionaria que recorría Europa en aquellos años de la Independencia de Estados Unidos y de la Ilustración. Para curarse en salud, Beaumarchais ambientó sus dos primeras obras en una lejana España, territorio prácticamente exótico e inocuo políticamente por aquel entonces. De todas formas sabía de lo que hablaba, pues había visitado en 1764 nuestro país para firmar algunos negocios y para apalabrar el matrimonio de su hermana con un español. Esto, junto a su conocimiento de la literatura española, hizo crecer en su mente el germen del personaje del sagaz barbero. El Fígaro de Beaumarchais es heredero directo de los criados astutos y embrolladores que tanto abundan en la comedia de nuestro Siglo de Oro, así como de esa creación tan netamente hispánica que es el pícaro (palabra de la que posiblemente deriva el propio nombre del barbero).
El atrevimiento de las situaciones dramáticas y el mensaje de crítica social tan claro en ambas obras (mucho más atenuado en La madre culpable, estrenada ya en plena Revolución Francesa) atrajo desde muy pronto la atención de empresarios y libretistas, siempre a la caza de novedades que ofrecer a su voraz público). El propio Beaumarchais puso música a El Barbero, iniciativa que fue pronto seguida. En 1782 estrenó Paisiello en San Petersburgo Il barbiere di Siviglia, sobre un texto de Petrosellini; supuso un apoteósico éxito europeo y en tan sólo unos meses era representada esta ópera en los mejores teatros continentales. Otros compositores aprovecharon el tirón de esta partitura y de este argumento; es el caso de La inútil precaución de Weigl, estrenada en Berlín en 1783. En 1786 Fígaro subiría por partida doble a los teatros líricos con Il Barbiere de Schulz y Le nozze di Figaro de Mozart. Esta última composición, con libreto de Da Ponte, tuvo que superar incontables obstáculos para puentear la censura imperial vienesa, para lo cual hubo que limar los pasajes más comprometidos políticamente. Se trata, sin duda, de una obra maestra, tanto por su libreto como, sobre todo, por su maravillosa música, de un refinamiento y belleza inalcanzables. Tres años más tarde el mismo argumento era musicado en Brno por Dittersdorff. Parece como si la cota alcanzada por Mozart hubiese desanimado en adelante a otros compositores de abordar la segunda de las aventuras de Fígaro, pues abundan mucho más las partituras sobre la primera de las comedias de Beaumarchais. Hasta llegar a la obra maestra de Rossini, encontramos óperas como Il nuovo Figaro, de Paër (1794), o Le barbier de Séville, de Issouard (1796). En 1816 se estrenarían casi a la vez (con menos de dos meses de diferencia) las versiones de El barbero de Morlacchi (Dresde) y Rossini (Roma). Como en la patria de Paisiello podía parecer un audaz atrevimiento el que un joven de veinticuatro años quisiese poner música al mismo texto que el viejo maestro, Rossini optó por encargar un nuevo libreto a Césare Sterbini y por titular su ópera L'inutil precauzione. Fue realmente una inútil precaución, porque los partidarios de Paisiello ocuparon el Teatro Argentina y se dedicaron a reventar toda la representación el día del estreno. Aún así, uno de los más sonados fracasos de la Historia de la Ópera acabaría al poco tiempo convirtiéndose en el mayor éxito de su autor y en una de las óperas más populares en todo el mundo ("Sobre todo, componga muchos Barberos", le dijo en Viena el viejo Beethoven a Rossini).
Las partituras de Mozart y de Rossini pusieron realmente muy alto listón para quienes quisiesen abordar los mismos argumentos, si bien son numerosas las óperas que tras ellos dieron nuevas alas al inmortal Fígaro: El Barbero de Charles Dibdin (1817), o el de Dall'Argine (1868); I due Figaro, de Caraffa (1820), de Mercadante (1835), de Sperzanza (1839), de Kreutzer (1840), de Aimon (1850); Il nuovo Figaro, de Luigi Ricci (1832), autor también de Le nozze di Figaro (1838); además de secuelas con nuevas aventuras como La figlia di Figaro, de Rossi (1846), o Il testamento di Figaro, de Cagnoni (1848). Ya en nuestro siglo, unas y otras peripecias merecieron la atención de Cassone (1922), Torazza (1924), Allen (1931), Klebe (1963), Milhaud (1965, a partir de La madre culpable) y Corigliano (1991).
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