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España y la Ópera
Por Andrés Moreno Mengíbar
El ciclo medieval: moros y cristianos
Una treintena de títulos eligieron ambientar sus acciones en la Edad Media española. Es, con diferencia, la ubicación cronológica preferida por los compositores, posiblemente porque se trata del periodo histórico en el que nuestro país ofrece una mayor diferencia respecto a los otros países. La presencia durante siglos de los musulmanes y las relaciones ambivalentes entre éstos y los reinos cristianos daban mucho juego para la imaginación de los dramaturgos: amores cruzados entre cristianos y musulmanes, batallas, guerreros, traiciones, etc. Todo esto ya estaba presente en los romances castellanos, en los cantares de gesta y en las comedias del Siglo de Oro, fuentes de las que bebieron una y otra vez los libretistas. Si repasamos según la cronología histórica los sucesos más recurrentes en las óperas, tenemos en primer lugar el relativo a las hazañas del rey Don Pelayo, iniciador tradicional de la Reconquista y beneficiario del "milagro" de Covadonga; este personaje dio lugar a "Il Pelaggio", ópera de Gerli (1842) y a la homónima de Saverio Mercadante (1857); con ambas está íntimamente relacionada "Roderico ré dei Gotti", de Ponchielli (1863). En segundo lugar, un personaje de la enjundia dramática de El Cid no podía dejar de llamar poderosamente la atención de los compositores; en todos los casos el interés se centra no en las hazañas narradas por el "Cantar del Mío Cid", prácticamente desconocido, sino en los sucesos de la juventud del personaje, cuando se ve obligado a matar al conde Lozano, padre de su prometida Jimena. Esta trama, extraída de "Le Cid" de Corneille (quien, a su vez, la adaptó de "Las mocedades del Cid", de Guillén de Castro), está presente en "Il Cid" de Pacini (1856), "Le Cid" de Massenet (1885) y en "I Mori di Valenza" de Ponchielli (1914).
El Reino de Granada y, en concreto, la Alhambra, no podían dejar de estar presentes tras el éxito internacional de los "Cuentos de la Alhambra" de Washington Irving. Las luchas entre zegríes y abencerrajes, los amores fronterizos y el esplendor de la corte nazarí eran de por sí argumentos para muchas óperas, empezando tan lejos como en 1705, cuando Haendel estrenó en Hamburgo su "Almira". Meyerbeer también caería bajo el encanto alhambrista al que rendiría su "L'esule di Granata" (1822), pero es Donizetti quien frecuentará más a menudo los salones nazaríes con sus composiciones "Zoraide di Granata" (1822), "Alahor in Granata" (1826) y "Elvida" (1826).
Nuestra historia medieval está llena de personajes atrayentes. Pocos lo fueron como el rey Pedro I de Castilla, el Cruel o el Justiciero según quien lo recuerde: violento, pasional, aguerrido en el combate, enemigo de la injusticia contra el humilde y perseguidor de los todopoderosos nobles castellanos. Sería, sin embargo, su tortuosa vida amorosa la que más impactara en el mundo de la ópera. Ya en 1693 escribió Domenico David el libreto titulado "La forza del Virtú", puesto en música inicialmente por Carlo Pollarollo ese mismo año en Venecia y en los sucesivos por más de diez músicos (entre ellos, Alessandro Scarlatti). Se narraba la pasión del rey Pedro por su amante María de Padilla y las vejaciones a las que fue sometida su virtuosa esposa, con tal éxito que sucesivas adaptaciones subieron a la escena en Bolonia, Nápoles y hasta en Hamburgo. Esta misma trama sería la escogida por Donizetti en 1841 para su "Maria Padilla". Otras aventuras amorosas del monarca, todas extraídas de la comedia "La Estrella de Sevilla" de Lope de Vega, serían puestas en música por Schubert (Alfonso y Estrella, 1821-1822, de lejanas reminiscencias históricas), Balfe ("L'Etoile de Séville", 1842) y Federico Ricci ("Estella", 1846).
Por último, las figuras de los Reyes Católicos y de su entorno familar también atrajeron el interés de compositores como el valenciano Vicente Martín y Soler, quien estrenó en Viena en 1786, con un enorme éxito que impuso una "moda española" en los ambientes musicales vieneses, Una cosa rara, una de cuyas melodías es citada expresamente por Mozart en el "Don Giovanni". La figura trágica de Juana la Loca aparece también en "Giovanna la Pazza", de E. Muzzio (1851).
Existen otras muchas óperas ambientadas en el medievo peninsular fuera de los ciclos narrativos que hemos mencionado; entre ellas destacan los títulos donizettianos "Sancia di Castiglia" (1832, sobre el tema de la "condesa traidora") y "La Favorite" (1840, sobre la relación lícita entre Alfonso XI y Leonor de Guzmán), o los de Saverio Mercadante "Donna Caritea" (1826) y "La Solitaria delle Asturie" (1840), por no olvidar la archifamosa "Il trovatore", de Verdi (1853).
El ciclo americano: la Leyenda Negra en música
Por número de composiciones, el segundo ciclo de acontecimientos históricos hispánicos más transitado por los músicos es el relativo al descubrimiento y conquista de América, ya amplísimamente explotado por los escritores europeos durante siglos en lo que conocemos como la Leyenda Negra antiespañola. Con tales precedentes ideológicos, el teatro musical no podía dejar de hacer suyos unos acontecimientos y personajes tan sugestivos. Comenzando por la propia gesta colombina, encontramos óperas tan tempranas como "Il Colombo" de Pasquini (1691), seguida por "Colombo" de Morlacchi (1828), "Colón en Cuba" de Bottesini (estrenada en La Habana en español en 1848), "Cristoforo Colombo" de Franchetti (estrenada en Génova en 1892 para conmemorar el Cuarto Centenario) o el "Christophe Colombe" de Milhaud (1832). En segundo lugar, las espectaculares conquistas de México y de Perú, perfectamente exaltadas y conocidas en Europa desde el principio mediante las traducciones de los cronistas españoles, daban juego a situaciones dramáticas de efecto seguro entre los asistentes a los teatros europeos. Batallas, desfiles de indígenas, amores cruzados entre incas o aztecas y españoles, volcanes, terremotos, sacrificios humanos y mucho más pueden encontrarse en "The Indian Queen" de Purcell (1695), "Motezuma" de Vivaldi (1733), "Les Indes Galantes" de Rameau (1735), "Fernando Cortez" de Spontini (1809), "Alzira de Verdi" (1845), "Il Guarany" de Gomes (1870), "La Nuit triste" de Prodomides (1989) o la más reciente "Die Eroberung von Mexico" de Rihm (1992), por citar sólo a los autores más conocidos. Parcialmente relacionado con esta sustancia argumental está "La forza del destino" de Verdi (1862), puesto que el protagonista Don Álvaro es el último descendiente de la estirpe real incaica y ha de enfrentarse a los prejuicios antiindígenas del hidalgo padre de su amada Leonora.
El ciclo cervantino
Un tercer corpus narrativo, con más de una decena de composiciones, es el extraído de algunas de las obras de Cervantes, con el inmortal Don Quijote a la cabeza. Esta novela de novelas fue desde muy pronto traducida a casi todos los idiomas europeos, familiarizando a millones de lectores con las peripecias tragicómicas de Alonso Quijano. El libro está lleno de situaciones y narraciones perfectamente transportables al mundo musical, siendo las más frecuentadas las aventuras del caballero andante en la corte de los Duques de la segunda parte de la obra y el pasaje de las bodas de Camacho. Paisiello abre la lista con su "Don Chisciotte" (1769), seguido por Liszt con su "Don Sanche" (1825), Mendelssohn con "Die Hochzeit der Camacho" (1825), Mercadante con "Don Chisciotte alle nozze di Camaccio" (1829), Donizetti con "Il furioso all'isola di San Domingo" (1833), Massenet con "Don Quichotte" (1910) y Wesbrook con "Quichotte" (1989). De "La gitanilla", una de las "Novelas Ejemplares" cervantinas, proceden también "Preciosa" de Weber (1820), "La Zingara" de Donizetti (1822) y "The bohemian girl" de Balfe (1843). Por último, de "El viejo celoso" procede "Il Cordovano" de Petrassi (1949).
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