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Donizetti, siglo y medio después
Por Andrés Ruiz Tarazona


Introducción
Una figura de especial significado en el mundo de la ópera es el compositor italiano Gaetano Donizetti (1797-1848), del que hace poco se celebró el bicentenario de su nacimiento y, sobre todo, el 150º aniversario de su fallecimiento.

Entre los aniversarios musicales más destacados, el Teatro Real de Madrid se hizo eco en el mes de mayo de 1998, ofreciendo una producción de L'Elisir d'amore dirigida por Paolo Olmi en lo musical y Stephen Lawless en lo escénico. El Festival de Otoño programó el espectáculo Una furtiva lacrima dirigido por Gustavo Tambascio y producido por Opera Premiere, con textos basados en cartas y correspondencia de Donizetti y en el que participan dos actores y seis cantantes.

Por otra parte, el Teatro Donizetti de Bérgamo, su ciudad natal, se volcó en la conmemoración, programando la primera ópera compuesta por Donizetti, Pigmalione y otras muy poco representadas, por decir poco en vez de nada, como Il furioso all´isola de San Domingo, (basada en un episodio del Quijote) Rita y Don Sebastián, rey de Portugal.

La bella y olvidada ópera Alahor in Granata, estrenada por el joven Donizetti en l826, pudo contemplarse en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, con Josep Pons al frente de la Orquesta Ciudad de Granada, en lo que constituye la primera representación de la obra en lo que va de siglo.

Fue sin duda el compositor de Bergamo el artista clave -junto a Bellini- para asentar el predominio italiano en el arte lírico e introducir en su país y en toda Europa, el gusto por el llamado "bel canto", al tiempo que los principios estéticos del movimiento romántico en la ópera.

Pese a la fama y reconocimiento logrados por Donizetti en vida, tras su inesperada desaparición fue apagándose su estrella. Fueron pronto olvidadas hasta sus obras más ambiciosas y apreciadas, entre ellas, por ejemplo, Lucia di Lammermoor , Ana Bolena y María Stuarda. Se le tachó de pobreza armónica y descuido, a causa de las prisas con que componía (hay óperas escritas en dos semanas), de mal orquestador, de copiar los defectos, pero no las virtudes, de Rossini, de utilizar pésimos libretos, etc.

En realidad, cierta ópera posterior a la de él - sobre todo la de Giuseppe Verdi- llegó a ser la peor enemiga del arte donizettiano. También lo era el hecho de que un componente esencial en las óperas del maestro lombardo, los cantantes, factor clave para el éxito de ciertas óperas, se fueron retirando con el transcurso del tiempo. No hay que olvidar que Donizetti escribía pensando en un determinado cantante, al que asignaba un personaje concreto de acuerdo a su voz y talante de actor, y eso no era fácil de encontrar. Con el paso de los años los nuevos cantantes se fueron acercando a la obra de Verdi, y luego a la de Puccini y los veristas -Cilea, Mascagni, Catalani, Zandonai, Giordano, Leoncavallo, etc-, dejando a un lado la difícil vocalidad donizettiana. El público también.

Pero en la segunda mitad del siglo XX el panorama cambió radicalmente, y la fascinación del "bel canto" ha retornado en voces señeras, las de María Callas, Alfredo Kraus, Montserrat Caballé, José Carreras, Joan Sutherland, Luciano Pavarotti, Mirella Freni, etc.

El resurgimiento, el retorno de Donizetti es imparable y a él han contribuido también los musicólogos de la talla de Guido Zavadini, Francesco Giorgi, Gugliemo Barblan, Federico Alborghetti y Michelangelo Galli, Julian Budden, Herbert Weinstock o William Ashbrook.

Este último estudioso estadounidense, vicepresidente honorario de la Donizetti Society of London, confiesa que su interés por Donizetti nació, sobre todo, de la constatación de que, entre todos los compositores importantes de su época, Donizetti gozaba de una crítica, en particular aquella de formación germana, inadecuada a su importancia real. Ashbrook trató de restablecer la fisonomía original del músico bergamasco.

Evidentemente, Donizetti sobresale entre los músicos europeos de su tiempo que se dedicaron principalmente a la ópera, si exceptuamos a Rossini y a Bellini, entre los italianos, y a Weber y Berlioz entre los extranjeros.

Digamos, por citar algunos nombres de operistas, que Donizetti fue contemporáneo de Gasparo Spontini, Saverio Mercadante, Giovanni Paccini, Nicola Vaccai, Francesco Morlacchi, Vincenzo Pucitta, Michele Carafa, Carlo Coccia, Valentino Fioravanti, Simon Mayr, Antonio Dolci, Nicola Zingarelli, Giuseppe Persiani, Alberto Mazzucato, Vittorio Trento, Federico Ricci, Plácido Mandanici, Giovanni Tadolini, Pietro Antonio Coppola ... etc, y entre los extranjeros, de Franz Lachner, Otto Nicolai, Ludwig Spohr, Adolphe Adam, Mikhail Glinka, Heinrich Marschner, Fromental Halevy, Esprit Auber, Franÿois Boildieu, Ramón Carnicer, Manuel García, Baltasar Saldoni, Hilarion Eslava, José Melchor Gomis, Giacomo Meyerbeer, Franz Berwald, etc,etc.

Los intérpretes que se han lanzado a grabar obras desconocidas de Donizetti también son elementos esenciales en su moderno resurgimiento. Los que han grabado oberturas raras, cuartetos de cuerda juveniles, obras grandes en el olvido, como el Miserere de la Biblioteca Apostólica del Vaticano, recuperado por István Máriássy; o el gran Requiem para Bellini registrado por Gerhard Facker, con Viorica Cortez, Pavarotti, Bruson y Paolo Washington...

Sin olvidar instituciones como el Museo Donizettiano di Bergamo, promotor del I Convegno di Studi Donizettiani en l975; Opera Rara, de Londres, etc.

Gracias a todos ellos, Donizetti ha vuelto a la actualidad con más fuerza que nunca y sus óperas más logradas se mantienen en el repertorio, mientras otras menos conocidas o desconocidas escalan, poco a poco, puestos en el gusto de los aficionados.

Frente a la impresionante belleza y el idealismo romántico del arte de Vicenzo Bellini, de tan definida y concentrada estética, Donizetti hace gala de una enorme capacidad para pasar de la tragedia histórica a la ópera semiseria, e incluso a la buffa.

Una de sus obras maestras es Don Pasquale, en la más pura tradición del género bufo italiano cuyas cumbres serian Cimarosa y Rossini, pero, a la vez, un modelo del belcantismo romántico, ya liberado del abrumador "canto fiorito" impuesto por el genio de Rossini. Por otra parte, en las grandes obras de su madurez María Padilla (l841, Caterina Cornaro (l842) y María de Rohan (l843), se aprecian ya una serie de componentes líricos y melódicos, una sustancia dramática que anticipa el estilo verdiano, e incluso parece superarlo en modernidad y concisión.

Es una lástima que su enfermedad y prematura muerte nos hayan privado de una evolución tan prometedora.

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